LAS GOLONDRINAS

1260 Words
Bianca ocupó la cabeza de Alexander la mayor parte del tiempo, desde ese miércoles, partiendo desde la ruta en Cerrillos, hasta este domingo pasando por el mismo lugar en donde estuvieron anclados días atrás esperando la llevada del primer coche. Alexander aprovechó el cansancio extremo de Roi y la cara de perro del chofer del camión para atravesar este viaje largo y extenuante de más de mil kilómetros y volver a su realidad, a embelesarse con los diferentes paisajes que el viaje iba mostrando en su andar, y a transitar despacio por aquellos dos días en que Bianca apareció en su vida, con su brazo apoyado en la puerta del vehículo y su mirada enclavada en la magia de la naturaleza. El enorme cartel que rezaba “Bienvenidos a Cerrillo”, y que cruzaba la ruta como una inmensa mano saludando, los recibía bajo una noche estrellada y helada llegando la medianoche. La ciudad brillaba por su movimiento y su jolgorio todavía latente amén del frío reinante. Las calles permanecían en su impecable iluminación, los bares y lugares frecuentes expelían su aroma festivo y divertido, y la gente aprovechaba los últimos instantes de regocijo antes de internarse en sus guaridas a esperar el maldito lunes.  Alexander y Roi se despidieron en la esquina que los dejaba a ambos a la misma distancia de sus casas, y cada uno tomó su dirección con sus mochilas a la rastra y un agotamiento de más perceptible. Nora zurcía unas medias deshilachadas de su marido cuando oyó que la puerta se abrió despacio y la luz permaneció apagada. Hizo la mueca leve de querer intentar levantarse, pero de inmediato se dio cuenta de que era su hijo el que acababa de llegar. “Hola y chau”, dijo Alexander asomándose y desapareciendo al mismo tiempo, bajo señales de una dura y evidente fatiga. Nunca escuchó si su madre le devolvió el saludo porque su cabeza sin control alguno no se lo hubiese permitido. Entró a su habitación y la cama parecía una mujer bella y desnuda abierta a su encuentro, esperándolo para meterlo entre sus piernas y amarlo toda la noche. Por la mañana, desarmado todavía, disfrutaba de su desayuno y recordaba que le había prometido a Bianca darle una visita ni bien llegara de Los Arcos, quedando ella contenta y ansiosa por esa cortesía de su parte, además de haberle pedido que no rompiera su promesa. Trepando el reloj a las cinco de la tarde, Alexander se preparó como pocas veces en su vida lo había hecho, y partió hacia el trabajo de Bianca. Desde afuera, desde la silla que ocupaba Alexander en un bar justo en frente La Comarca, él podía observar los últimos titubeos de ella antes de pasar su tarjeta de finalización laboral por el lector. Evidentemente, Bianca también esperaba por él, y Alexander llegó a esa conclusión al verla en una actitud de desesperación buscando a alguien notoriamente. Él hizo su último sorbo, apoyó el dinero bajo la taza, cogió su abrigo (el que le compró a ella) y salió del bar para encontrarla. En su andar cansino Bianca finalmente hizo foco en él y su gesto de incredulidad, ansiedad y deslumbramiento, como si estuviese parada frente al Dios de sus sueños, la dejó expuesta a las puertas de un beso que no llegó. - Hola, Bianca – abrió Alexander con esa alegría contenida de no ver a alguien desde hace décadas. - ¿Sos vos, ¿no? – dijo Bianca segura de saber frente a quién estaba. - Sí, creo que soy yo – respondió Alexander y una mezcla de carcajadas se selló con un abrazo inocente entre ellos que consumó el encuentro. - ¿Cómo estás? ¿cómo te fue en tu evento? – preguntó Bianca notoriamente invadida por el frío. - Nos metamos en algún lugar y te cuento todo - respondió Alexander mientras ofrecía gentilmente su abrigo y cubría a Bianca caballerosamente. Cuando Bianca levantó su mirada y, accidentalmente, hizo foco en el reloj colgante del bar, descubriendo que eran las once y media de la noche, un alarido mudo, revestido de una risa picaresca que hacía alusión a un descontrol de su parte y a tener que armarse de artilugios en su casa para evitar sospechas y cuestionamientos, la asaltó sobremanera y dejó perplejo a Alexander. Fueron cinco horas que supieron a días interminables, en donde las vidas de cada uno de ellos fueron puestas sobre la mesa como si se tratara de un pacto de muerte, haciendo que la noche pase sin pedir permiso, cautivada también por las historias y caminos recorridos entre Bianca y Alexander. Finalmente, cerca de la medianoche, él la acompañó hasta la calle De los Fundadores, la arteria principal del centro de Cerrillo. Un taxi algo destartalado, pero nunca mejor puesto en el lugar, frenó para subirla a ella. Abriendo la puerta, sus miradas volvieron a cruzarse, y ese deseo letal de sentir los labios del otro, terminó por hacerse realidad, mientras el taxista esbozaba una mueca grácil y desviaba su atención hacia otro lugar. Los días finales de julio y el mes de agosto enteramente, sirvieron para terminar de afianzar la relación. Bianca tenía veintisiete años, Alexander, diecisiete. La distancia era visible y notoria en todos los aspectos, pero el amor y la pasión los sorprendieron gratamente a pesar de todas las diferencias manifiestas y evidentes que podían verse en ellos y que, a cada uno, de desigual manera, parecía afectarles, pero no ser puntualmente decisivas. Bianca, días atrás, le había prometido a Alexander una cena romántica en un restaurante en las afueras de Cerrillo, y ese viernes por la noche se concretó después de haberlo planificado detalladamente en el correr de la semana. “Las Golondrinas” era un lugar cálido y romántico que estaba enclavado sobre la ruta nacional, más cerca de Misioneros que de Cerrillo, un restaurante con una típica y extraña arquitectura que realzaba el vacío y el desierto que vivían por la zona, haciendo que los viajantes y los pobladores vecinos, lo transformaran en su necesidad de pasar una velada inigualable en un sitio exquisito, formidable, calmo y de buen comer. El menú fue el mismo para los dos: un solomillo de cerdo relleno de manzanas al horno con unas increíbles papas a la crema y un espumante y dulce cabernet. La noche se fue yendo entre anécdotas de ambos y en la prosecución lógica y necesaria de seguirse conociendo. - Brindo por esta noche espectacular e inolvidable que la vida me ha regalado aquí, junto a vos, dijo Bianca estirando su brazo y elevando su copa - - Quisiera chocar mi copa con la tuya por el mismo motivo, agradecido a la vida por darnos esta hermosa noche, inolvidable, por cierto, y por la dicha de que una mujer como vos deje lo más preciado que tiene, que es su familia, para venir a compartir algo semejante conmigo, expresó adultamente Alexander al tiempo que sus copas se unían arriba en el festejo - - Alexander, necesito que aprovechemos esta noche majestuosa que estamos teniendo, condecorando de algún modo nuestro noviazgo, para tener una conversación total y absolutamente necesaria - dijo Bianca entrando en un comportamiento y en un estado de ánimo, diametralmente opuesto al de segundos atrás. - Sí, te escucho Bianca, ¿qué será eso tan importante que necesitás que hablemos? – dijo Alexander oliendo sin querer hacerlo algo quisquilloso en el fondo de las palabras de Bianca. - El próximo 14 de septiembre me caso con Felipe -
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