Las desilusiones y los sinsabores habían sido una constante en la vida de Alexander, desde un padre desapasionado por los logros de su hijo, hasta una madre justificadora de los castigos aberrantes de su esposo, desde una hermana siempre privilegiada hasta una familia demasiado particular “¿Cuántos golpes más? ¿Cuántas decepciones seguirán siendo mis fantasmas detractores? ¿Hasta cuándo los desengaños y los desencantos me seguirán persiguiendo como si yo les estuviese debiendo favores?” Esos eran los pensamientos recurrentes de Alexander cada cinco pasos que daba, reflexiones permanentes que lo hacían buscar denodadamente una respuesta mísera al menos, como para intentar entender este proceso de su vida en donde – por una cosa o por otra – caía inexorablemente en situaciones de frustración. Y ésta no podía quedar fuera del contexto en el que él se movía.
- Necesito explicarte todo desde el principio de las cosas – retomó Bianca tomando imperceptiblemente las manos de Alexander.
- ¿Qué vas a explicarme? ¿Qué va a cambiar? ¿Hasta dónde te has propuesto hoy clavarme y molerme la carne con tus confesiones? – preguntó Alexander al borde de una explosión emocional.
- Dame la oportunidad de hacerlo, y si considerás que esto tan hermoso que nos está sucediendo debe indefectiblemente acabar, te dejo el camino libre para que tomes la resolución que desees tomar, sentenció Bianca presa de una seguridad y una firmeza envidiable en sus palabras.
- Te escucho…
- En el setenta y nueve, un año antes de comenzar mi relación con Felipe, mi padre, un buen día, desapareció del hogar y nunca más supimos nada de él. Evidentemente, mi padre y mi madre, venían arrastrando una crisis importante que mi hermano y yo no supimos ver hasta ese día en que, desesperada y sin consuelo, mi madre nos anotició de la falta de papá. De inmediato, con mi hermano, quisimos dar parte a la policía a cerca de lo que estaba sucediendo, pero mamá nos sentó en la cocina y nos dijo que de nada valdría la denuncia porque ella sabía que esto había sido una decisión planificada detalladamente por mi padre y no un secuestro o algo similar. Recién ahí nos enteramos de todos esos años de infierno constante que entre ellos estaban soportando, bajo la férrea y permanente amenaza de papá de irse para no regresar jamás. Y así lo cumplió ese día. Unos meses más tarde, accidentalmente, sin buscarlo, nos desayunamos con el tendal de deudas que papá nos había dejado, una lista interminable de cuentas impagas y de acreedores azotando la puerta de casa día tras día deseosos como los tiburones de alimentarse de la sangre derramada. Y no se trataba de timadores ni de estafadores: eran personas desesperadas por cobrar de una buena vez los montos desproporcionados que este mal nacido había acumulado con ellos con la idea acabada de no hacerle frente a semejantes deudas. Un tiempo después, en el casamiento de una prima política a la que no veía desde niña, conocí a Felipe. Él llegaba a esa fiesta invitado por el esposo de mi prima que era y sigue siendo su mejor amigo. No me quitó los ojos de encima en toda la velada, y mamá, vieja zorra, ya se había enterado de que Felipe pertenecía a una familia acaudalada, dueña de grandes estancias en Villa Encantada. Ahí fue cuando me tomó de un brazo, me sacó al patio trasero del salón y me dijo: “Ese muchacho es nuestra salvación, no me decepciones”. Yo sólo tenía veinte años, y la insistencia abrumadora y secuencial de mi madre, sus lágrimas hirientes, sus manipulaciones, a veces inocentes y otras malignas, y la necesidad imperiosa y desesperada por quitarse ese peso asfixiante de encima, me llevaron a cometer el peor error de mi vida pergeñado, urdido y maquinado por mi madre. Felipe es un tipazo, un hombre decente, respetuoso, buen hijo y vestido de una nobleza y una ingenuidad que pocos hombres tienen. Pero yo no lo amo, jamás lo amé, jamás pude. Lo intenté, pero después descubrí que el amor no se compra ni se vende, sólo se siente en el centro del pecho como una hermosa angustia que vive con vos día tras día. Y el papel de mujer enamorada y de novia deseosa de llegar al altar, lo fui componiendo conforme el tiempo pasó, siguiendo los consejos de mamá, las posturas que ella me enseñaba, las miradas que debía utilizar, lo entregada a él que debía ser, lo devota y fervorosa, para terminar de convencerlo de que no tenía mejor opción en esta vida que contraer matrimonio con una mujer íntegra y dedicada como yo. Y el objetivo se logró. A principios de este año, veraneando en Las Tejanas, a su manera y fiel a su estilo, me propuso casamiento en una noche cálida bajo la luz de una luna llena. No tenía permiso ni espacio para dudarlo y menos para deliberarlo. Mi respuesta debía ser un ‘sí’ grande como esa luna ante un caballero arrodillado como Felipe se encontraba esa noche en Las Tejanas. Mamá se encargó concienzudamente de lavarme el cerebro para que, incluso yo, me termine creyendo esta historia de amor, bajo promesas de armar toda una estrategia de divorcio ni bien esas deudas, que la estaban ahorcando, caduquen y dejen de ser una pesadilla en su vida. Y aquí estoy, presa de mis propias decisiones, empujadas por el manejo inescrupuloso y desmedido de mi madre para lograr su propia salvación, libertad que obtendrá a costa de mi infelicidad y de mi sacrificio. Pero ni ella ni yo contamos con que un buen día de invierno la vida me estaría tocando el hombro para decirme que no todo estaba perdido, que nadie puede erigirse en mandamás de la vida de nadie y que no tengo porqué ser yo el conejillo de indias de mi madre. Cuando te vi parado en el salón y te acercaste a mí, algo dentro mío me hizo vibrar, como una alarma que me despertó de esta congoja que vengo arrastrando desde hace cinco años y que me invadió el cuerpo diciéndome al oído que vos venías a salvarme de todo este infierno. Y no es el mismo salvataje que yo le he propinado a mi madre: este es real, fidedigno, natural, porque siento que el amor ha llegado a mi vida como nunca antes lo había experimentado, porque todo este tiempo al lado tuyo me ha hecho entender que un día llegaría esto tan soñado y tan deseado, porque Dios es grande y es justo y no podía seguir permitiendo que yo continúe desechando mi vida y usando la de él para los fines de mi madre. Alexander, hoy puedo decirlo con toda mi voz y a los cuatro vientos: Te amo. Pero ver a mi madre hundida en la desesperanza y ahogada en las deudas de este hijo de puta, sin hacer absolutamente nada y sin intentarlo al menos, me causaría una culpa de tal magnitud, que me costaría proseguir y recuperarme. Necesito hacerlo y quiero tomarlo como la misión de mi vida, salvar a mi madre, y después, retomar lo perdido, tomarnos de las manos y correr hacia nuestra felicidad, hacia esa prosperidad que nos está esperando en algún lugar. Te amo, Alexander, y la edad y las lenguas bífidas, me importan un comino -