VESTIGIOS DE UNA CONFESIÓN

1246 Words
La lluvia era intensa entrando en la madrugada fría. Fue repentina, inesperada, después de una jornada gélida pero soleada, y de una noche decorada con un bellísimo manto de estrellas. Nadie lo imaginó, pero de pronto, todo el mundo le escapaba al chubasco enloquecido, transformándose la calle De los fundadores, no sólo en un mar embravecido de agua, sino, en un loco correr de gente escapándole a una muerte inminente. Pero, así como vino, así se fue, como si una mano gigante tomara el cielo encapotado, lo hiciera trizas dentro de ella y lo arrojara al bote de la basura permitiéndole nuevamente a las estrellas continuar con su brillo y su esplendor y a la ciudad regresar a la calma previa a la tormenta. Fue una dura pesadilla que tuvo en vilo a la gente durante media hora, y dentro del restaurante, se vivió de una manera diferente, como si se tratara de un espectáculo armado para la distracción de la clientela. Fueron treinta minutos en donde a Alexander y a Bianca no sólo se les atravesó la imagen destemplada de la lluvia demoníaca, sino, todas las otras, aquellas que habían engalanado sus vidas desde aquella mañana La Comarca. Sus miradas no dejaron un segundo de estar ligadas entre sí, metidas la una en la otra, inundadas de un agua diferente a la que azotaba Cerrillo en esa noche invernal. Pero llegada la calma, ya en la calle De los fundadores, ambos tuvieron que armarse de paciencia y aguardar a que el desastre regrese a su normalidad anterior y a que los taxis salgan de sus guaridas temerosos de una pedrea que les destruya los coches o a quedarse varados en las trampas de agua que la tempestad formaba. Un hombre mayor con su dial clavado en una emisora de tangos frenó y Bianca se subió. En todo este tiempo, desde que ella concluyó con su exposición hasta que se fue soltando de él mientras abordaba el taxi, las palabras fueron grandes ausentes que prefirieron permanecer guardadas para otra oportunidad, dejando a las miradas y a las caricias como reemplazantes de su protagonismo. El coche fue desapareciendo lentamente en la noche fría dejando su estela de agua, sus huellas sobre el asfalto y la mano cálida y delicada de Bianca limpiando el vidrio para brindarle un saludo sentido a Alexander que sonó a despedida. Recién ahí, un torrente enloquecido se hizo amo y señor de los sentimientos de Bianca, no permitiéndole contener la estampida que le hacía estallar los ojos y temblar el cuerpo, mientras el hombre la observaba por el espejo retrovisor sin quitarle la mirada de encima y bajándole el volumen a un tango triste y desolador. Caballerosamente estiró hacia atrás su mano derecha y le ofreció a Bianca un pañuelo que extrajo de su guantera. “Gracias, es usted muy amable”, sólo pudo decir ella haciendo un esfuerzo sideral para que su agradecimiento brotara lo mejor posible. Y recién ahí la cabeza de Alexander cayó irremediablemente y dejó sin más escapar sus lágrimas cortantes, mientras un aguacero nuevo parecía querer invadir de nuevo la ciudad. Un relámpago poderoso y lumínico hizo desviar la atención de Alexander, pero no la posición de su cuerpo. Algunos empezaban a imprimirle velocidad a sus pasos, otros corrían desalmadamente y otros tantos buscaban un refugio para cubrirse de esta tormenta inminente. - ¡Ay, hija!, qué triste es ver la angustia en alguien – dijo el chofer del taxi mientras aguardaba por la luz verde. Él prosiguió: - Hoy, con setenta y cinco años, aquí estoy solo con mi taxi. Mis hijos, gracias a Dios, pudieron hacer sus vidas lejos de este país con sus esposas y con mis nietos a los que, por ahora, desde hace un tiempo ya, no puedo ver. Mi esposa falleció hace quince años y yo morí junto a ella, el mismo día en que cerró sus ojos. Nos amamos toda la vida con un amor que, fuera de toda vanidad, nunca hemos visto, ni en nuestros matrimonios amigos ni en nadie más. Éramos el uno para el otro, siempre fue así y decidimos, con el corazón más que con las palabras, manejarlo de esa forma hasta el fin de nuestros días. Y ese día llegó, y llegó para ella, no para mí. Fue un día que nosotros veíamos muy lejos, pero la vida pasa y pareciera que no nos damos cuenta. Hoy no me arrepiento de no haber vivido la vida como corresponde al lado de ella porque te mentiría: hoy la lloro a ella, lloro su compañía, añoro su sonrisa, su bien de mujer, sus alegrías, sus locuras y desventuras, su entrega, su sacrificio y esa devoción desmedida que tenía por sus hijos. Eso era Catalina, une mujer que no voy a encontrar en ningún rincón del mundo, sólo en una de esas nubes blancas que surcan los cielos azules el día que deba partir para allá – Las primeras gotas gordas eran un anuncio de lo que estaba por venir y Alexander continuaba parado a centímetros del cordón de la vereda, ciertamente despreocupado de la estampida que podía sentirse en la carne misma del cielo. La desbandada era un ruido sordo en él, y sólo la mirada de Bianca y aquellos minutos largos de confesión, pasaron a ser la tromba feroz inundándole la cabeza y ahogándole los sentidos. Y sus lágrimas sólo le traían aquellos recuerdos del día en que la vio parada frente a él desarmándole los esquemas por completo, además de todos los momentos vividos que le pesaban como años sobre sus hombros. Él sabía que la amaba con todo su poderío y sabía que ella lo amaba como nunca amó jamás en su vida, pero ¿cómo hacer con esta revelación de Bianca? ¿qué debía hacer Alexander ante tamaña declaración? ¿por qué tirarlo todo a la basura cuando el amor está metido en el medio? Alexander no podía escapar de los lazos que lo tenían aprisionado en esas preguntas con respuestas lógicas, pero sin réplicas al mismo tiempo. - No dejes escapar lo que siente tu corazón - sentenció el taxista después de una breve pausa. Él prosiguió: - En esta vida estamos acostumbrados a hacer lo que nos dicen y no lo que nos ordena nuestro corazón, y esa actitud es el error más grande que uno pueda cometer: No hacer lo que uno siente. Puedo oir a tu pecho sufrir por amor, por el amor de ese muchachito que te despidió hace unos minutos. Puedo darme cuenta de que esas lágrimas derramadas son por el amor que no podés concretar con él porque la razón está metida en el medio de tu vida y de tu decisión. Lo que te hace sufrir y llorar, padecer y sentir ese dolor extremo que ahora estás experimentando, es no hacer lo que tu corazón te dicta, porque mientras él sufre dentro de sus latidos solitarios, tu razón, los mandatos impartidos y las estructuras impuestas, se están relamiendo como leones frente a la presa, impidiendo que tu corazón infle su pecho, abra sus ojos y actúe en consecuencia. Hija, no quiero que me escuches a mí: escuchalo a él, a tu corazoncito, escuchá sus latidos como te ruegan para que tomes la decisión correcta, escucha sus llantos, sus penas, escuchalo bien porque él te está diciendo que lo único que te va a otorgar verdadera felicidad es tomarle sus manos y caminar a su lado. 
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