CARA A CARA

1326 Words
Desde la cocina, y mientras tomaba su desayuno, Alexander podía observar a su padre haciendo su trabajo de todos los días en el cuartito que éste tenía en el fondo del patio, junto al rincón izquierdo del mismo. Era un cuarto pequeño y poco confortable, el lugar en el mundo de Basilio a pesar de no caracterizarse por ser un hombre pulcro, limpio y ordenado en lo que a trabajo propiamente dicho se refería, pero su laberinto era suyo y de nadie más y su caos, inentendible y a veces reprochable, era su matemática perfecta. Alexander jamás entraba ahí, no sólo porque no le interesaba el mundo laboral de su padre, sino, porque Basilio nunca le permitió el ingreso al oler que a su hijo no le llamaba la atención el mundo de las herramientas de trabajo, por lo cual se desprendía aquel primer desinterés. Pero esa mañana tuvo la fuerte necesidad de acercarse al menos y de tener, por una vez, una buena charla entre padre e hijo. - ¿Se puede, o me vas a seguir poniendo límites para entrar? – asestó de lleno Alexander para no dejarle lugar a réplica a su padre. - ¿Qué es esta vez? Dinero, permiso, porque, si no, vos acá no pisás -  retrucó Basilio para no quedarse atrás. - No seas caradura – dijo serio Alexander: - ¿Tenés cinco minutos para tu hijo, o los cristales van a seguir siendo siempre más importantes? - - Sentate – respondió su padre señalándole una silla destartalada y mugrienta que descansaba en un rincón. - Estoy pasando por un momento que por primera vez en mi vida me está tocando atravesar – abrió Alexander con cierta timidez en su discurso. - Contame, ¿en qué puedo ayudarte? – contestó Basilio con ceño de seriedad y preocupación. - Te parecerá una estupidez, pero me he enamorado, papá – - Enamorarse no es ninguna estupidez, hijo – - ¿Pero enamorarse de una mujer diez años mayor que está a punto de casarse y que te lo informa cinco días antes de ese compromiso?... Basilio acusó el cimbrón y su hijo se percató de ese movimiento compulsivo en las estructuras de su padre. - Me vas a tener que explicar detalladamente todo desde un principio para poderte, no sólo entender, sino, ayudar – Alexander, como era su metodología, adentró a Basilio en la corta pero rica historia entre él y Bianca, lo hizo pasear por todos los rincones de su relación y le pintó pormenorizadamente cada uno de los aspectos de la situación. - ¿Amás a esa mujer? – preguntó su padre luego del relato preciso y contundente de su hijo. - Como nunca pensé que se podía amar, papá. - Quizás este punto último que ella te planteó en la cena sea muy importante, de hecho, lo es. Pero lo que a mí me preocupa aún más, hijo mío, es tu edad más que la diferencia de la misma entre vos y ella y su situación a futuro – dijo Basilio dentro de una faceta poco potable en él. Y continuó: - No existe una ley, una imposición a cerca de los años que uno debe tener para entablar una relación, casarse o divorciarse. Eso se da solo, sale, nace, se impone, más allá de sentarse después a pensarlo, digerirlo y aplicarlo. Vos, hijo, aún tenés un mundo inimaginable por delante: aventuras, estudios, golpes, caídas, lágrimas, sufrimientos, éxitos, fracasos… Yo no te veo todavía con uña de guitarrero, al contrario, te observo y hasta me indigno por eso, pero estás muy verde, Alexander. Y está bien que con diecisiete años estés atravesando por una etapa semejante, amén de que ya deberías cambiar un poco tu perspectiva con respecto a tu prosecución en la vida como te lo señalé esa noche de tu borrachera ¿Ves, hijo? ¿Creés que un joven de tu edad, con las tonterías que ustedes hacen, son merecedores de una mujer que está pisando los treinta años, asentada ya, con planes a futuro y toda una seguridad a su alrededor? A mí me parece que no, pero cuidado, no estoy desmereciéndote ni tirándote a la basura como seguramente estarás pensando: Sólo estoy siendo realista. Tu vida está, no a sólo diez años de la de ella, sino que está a una eternidad en materia de vivencias, experiencias y realidades – - ¿Entonces qué vio en mí? – preguntó Alexander. - Nada, hijo, no vio nada que en un muchacho de tu edad pueda ver. Ella sólo necesita escapar de las redes en las que su madre la metió, y encontró en vos el cómplice perfecto para ayudarla en su huida, y te lo está devolviendo con eso que ustedes creen que se llama amor. Bianca está muy golpeada por todo esto que le está sucediendo desde hace cinco años y ahora pareciera querer despertar de esa pesadilla impuesta dando manotazos de ahogado. Pero pronto, hijo, muy pronto, cuando huela la libertad definitivamente y se encuentre cara a cara con la realidad, caerá en la cuenta de que a tu lado no puede seguir creciendo ni haciéndose en la vida, no porque vos no sirvas, sino, porque hay un abismo incalculable entre ustedes, abismo que nunca les va a permitir tocarse la punta de los dedos si quiera. - ¿Entonces tu consejo es que me olvide de ella para siempre? – - Es lo que yo haría, hijo mío. Yo no soy muy amigo de andar por la vida dando consejos, porque al final de cuentas, el aconsejado termina haciendo lo que su corazón le dicta, y sé que vos no vas a ser la excepción de la regla. No quisiera que el día de mañana la brecha abierta que existe entre nosotros desde hace mucho tiempo, se haga más grande aún y termines señalándome con el dedo por haberte instigado a hacer algo de lo cual te arrepentiste. Prefiero verte sufrir y decirme ‘Gracias, papá, vos me lo advertiste’, a tener que soportar una carga abismal sobre mis hombros por haberte aconsejado algo que destituyó los verdaderos consejos que vienen desde muy adentro tuyo – - Yo la amo, viejo – dijo Alexander con sus hombros caídos y sensiblemente perturbado. Él siguió: - Lo siento en lo más profundo de mi ser y de mi cuerpo, y es una sensación que no tuve jamás para nadie. Yo entiendo todo tu discurso y lo acepto. Tenés toda la razón del mundo: soy un chiquilín todavía, medio tonto y con el comportamiento lógico de mi edad, pero ¿por qué no intentarlo? ¿acaso no puedo mirarme al espejo y plantearme la idea de ser mejor cada día y de hacer que ella se sienta orgullosa de mí? ¿eso es imposible, papá? – terminó por decir Alexander presa de un llanto a flor de piel. - ¿Ves, hijo, por qué los consejeros deberían permanecer en silencio? – dijo Basilio cacheteando el hombro de su hijo. Y continuó: - Nosotros, los padres, tenemos el deber de guiar a nuestros hijos a lo largo de sus vidas. Pero no es para siempre, y aparecen instancias como éstas, en donde, más allá de una palabra de aliento o una buena conversación como la que estamos teniendo, los padres debemos dejar que sus hijos se echen a volar y se hagan a la vida, sabiendo perfectamente que ese vuelo puede ser magistral o una verdadera catástrofe. Lanzate, hijo, andá. Ahí tenés puestas tus alas. Hacelo. Animate. Tenés vía libre para emprenderlo, ¿sabés por qué? Porque si no dejo que lo intentes te van a costar abordar otros vuelos tan importantes como este. Si triunfás, corré a mis brazos y choquemos una copa en el aire; si, por el contrario, el fracaso te sorprende, yo te voy a estar esperando de la misma forma, para consolar tu dolor y juntos enfrentar lo que sea. 
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