- Síndrome de ovario poliquístico, Bianca – arrojó el médico sobre el escritorio como resultado de una serie de estudios que a los que se venía sometiendo desde hacía un tiempo a esta parte. El doctor continuó: - Esa es la principal causa por la que no quedás embarazada, teniendo libremente tus relaciones y escapándole a los cuidados – Bianca era enemiga de los métodos anticonceptivos y a lo largo de su vida s****l, aprendió a hacerle frente a los riesgos hasta darse cuenta de que, por descuidos o por olvidos, y hasta en sus días más fértiles, su organismo parecía rechazar futuras gestaciones. Esa alarma la llevó a tomar recaudos y a someterse a controles estrictos, incluso, mucho antes de cruzar su vida con Alexander. Felipe nunca supo nada. Ella no quería ni deseaba hacerlo partícipe de estos problemas que sólo quería reservarlos para ella, inclusive, a riesgo de perder esta batalla que su madre le había impuesto. Pero Alexander sí lo supo, y ella descansó en él como si se tratase de su verdadero quien la acompañaría a sus revisiones y estudios periódicos y a los turnos que le correspondiera según las indicaciones médicas.
- Doctor, ¿esto tiene cura? – preguntó abrumada en cierta forma Bianca.
- Los síntomas de este síndrome pueden ser normalmente tratados. No existe una cura real y definitiva, y está comprobado, mi querida Bianca, que el efectivo deseo de quedar embarazada, incentiva la posibilidad de que se concrete finalmente. Vamos a seguir intentándolo, pero gran parte del éxito para esto a lo que te estás sometiendo, está en tu cabeza y en tu deseo genuino de gestar –
El tiempo pasó. Los días, las semanas, los meses y los años afianzaban cada vez más una relación que sólo necesitaba la firma de ambos y una bendición sagrada para terminar de concretarse. Tres años después, Bianca parecía haberse acostumbrado a ser la visita permanente en su propia casa, incluso, ya habiendo concluido con aquellas deudas que su madre afrontó y que canceló estoicamente. Felipe, entre otras cosas, logró – munido de su control sádico y obsesivo – que ella perdiera su independencia económica y su estructura social, remitiéndola a una simple ama de casa por el sólo hecho de vivir bajo su pulgar. A Alexander los recursos se le agotaron, y cada camino que proponía para hallar una escapatoria y formalizar las cosas como correspondían, resultaba ser un peligro latente sabiendo que Felipe monitoreaba todos y cada uno de los pasos dado por ella. En definitiva, aquel romance que nació en un invierno crudo y que creció y maduró en menos de dos meses, signado por un amor estruendoso e incondicional, hoy aparecía degradado a una relación de amantes de ocasión, a citas esporádicas que sólo terminaban en una cama cada vez más salvaje y desesperada, a un par de horas en el bar de sus sueños perseguidos por la tiranía del tiempo y por los ojos acechantes de Felipe.
Exactamente, tres años más tarde, y en un julio acosado ferozmente por el invierno descomunal, Alexander tomó cartas en el asunto y resolvió ponerle fin a esta historia de amor, agotado y notoriamente abatido por haber perdido cada batalla que osó enfrentar para darle el destino que él pretendía a su idilio con Bianca. El bar de sus sueños debía ser el testigo por excelencia, y Bianca supo de inmediato que no iba a ser una cita más.
- Que raro es esto de encontrarnos un martes – dijo Bianca mientras acomodaban sus abrigos en los respaldares de sus sillas aterciopeladas. Ella siguió: - Estoy tan acostumbrada a los viernes que me resulta hasta incómodo – terminó diciendo al tiempo que adornaba sus dichos con una sonrisa impuesta.
- He decidido terminar con todo este sufrimiento y este sacrificio, Bianca – abrió Alexander sin dejar de remover el azúcar de su café- Él prosiguió: - Mi alma no puede más, es demasiado, es un martirio de proporciones lo que mi corazón y mi vida toda están soportando y creo no ser merecedor de tanto padecimiento. Sé que en muchos aspectos no estoy a la altura de las circunstancias, pero a lo largo de estos años, creo haber hecho pasos verdaderamente importantes para erigirme en una persona de bien, respetada y tenida en cuenta, y la única que parece no haber caído en esa conclusión, fuiste vos…
- Alex… -él la frenó en seco.
- Bianca, no he venido hasta acá hoy para tener un diálogo con vos: he venido a pedirte que te sientes frente a mí, me escuches y que cada uno tome el rumbo que le corresponda, porque el agotamiento que me han provocado las eternas sesiones de diálogos, que no han impactado en ningún lugar y que no han producido nada en vos, ha sido lacerante e indigno para mí, por lo tanto, no deseo perder mi tiempo ni el tuyo en diálogos que van a seguir cayendo en sacos sin fondo – Bianca lloraba desconsolada con sus manos sobre la mesa como buscando un impulso que le diera el coraje de hacer algo para evitar el final que Alexander venía decidido a buscar. Pero él continuó: - Nunca, ni en mis peores pesadillas, imaginé que este momento se podía presentar. Nunca lo quise, siempre cerraba mis ojos y me desviaba hacia otro asunto con tal de no ser presa de este pensamiento. Pero las llagas de mi alma y las heridas permanentes en mi corazón, me rogaban un apaciguamiento, del mismo modo en que yo te rogaba a vos darle un giro a esta locura. Y hoy debo decir que, al final de cuentas, todo se te terminó dando como mejor se te acomodaba en tu proceder: Sin necesidad de hacerlo, le diste una solución a tu madre; a pesar de tu infidelidad y de tus procederes, terminaste casada con él y no sólo eso, sino, que tuviste vía libre, a sabiendas de Felipe, para continuar con nuestra relación; me mantuviste en un compás de espera por tres años, manipulando mis sentimientos, manejando cada tiempo con tus encantos ¿Hasta cuándo sería todo esto? ¿Tenías un límite, o era hasta un momento como este en que el pobre infeliz se debería denigrar a decirte todo lo que yo te estoy diciendo? ¿Cuánto tiempo más, Bianca? – Sólo la música suave que envolvía el bar de sus sueños era audible dentro del silencio largo que se formó entre ellos. Bianca lloraba sin hallar un consuelo verdadero; Alexander le daba los últimos sorbos a un café que se volvió helado esperando por el final del discurso de aquel. Sólo faltaba la tormenta acechando el cielo de Cerrillo, una tormenta que parecía dar señales de vida sólo en los momentos de calidez que ellos solían vivir.
- No me abandones, Alexander, no me dejes por favor – rogaba calladamente Bianca buscando no ser el centro de atención. Ella siguió: - Dame la chance de poder enfrentarlo y decidirlo, de sacar agallas de donde no tengo y de pararme ante él para acabar con todo esto.
- ¿Necesitabas que tengamos esta conversación para valerte de lo que sea y enfrentarlo decididamente? ¿Por qué no usaste tu experiencia de mujer diez años mayor y lo aplicaste cuando era debido? ¿Por qué me hiciste padecer tres años cuando podrías haberte valido de ese coraje antes? No, Bianca, ya no tiene peso para mí, y este ruego desesperado tuyo prometiéndome disfrazarte de una heroína de película, sólo te pone en un lugar de incredulidad, porque no sólo parece una burla hacia mí, sino, una falta de respeto y de consideración hacia un hombre que te amó de veras y del que te burlaste por solucionarle a tu madre algo que no te correspondía ni debiste haber hecho jamás – Alexander, todavía sentado, giró para tomar su abrigo. Bianca lo habló.
- ¿Puedo pedirte un último favor? – preguntó con su suavidad singular Bianca.
- Te escucho…
- Regalame esta noche, es lo único que te pido. Quiero llevar adentro de mi cuerpo por siempre el recuerdo de tu paso por mi vida. Sólo eso te pido, sólo eso te ruego.