Boda arreglada

1248 Words
HADLEY Todo el finde me lo pasé metida en la computadora, escarbando el pasado. Quería saber de dónde venía, qué pasó con mi familia biológica. Y bueno, bastó un par de clics para toparme con todo el rollo: nombres, fechas, noticias... hasta mi propio secuestro estaba ahí, al alcance de cualquiera. Casi diez años buscando a una niña perdida, y aunque la prensa ya se había olvidado, mi familia claramente no. Lo que más me pegó fue enterarme de la rivalidad brutal entre dos empresas: La de Alaric Whitcarver y Patrick Hollister. Algo se quebró entre ellos, y la amistad se transformó en pura competencia tóxica. Y ahí estaba yo, en el medio. Me pareció rarísimo que la empresa de Jaxon me hubiera dado los estudios, me diera una mano para salir adelante, y justo después, aparece Whitcarver rescatándome de las garras de Jaxon. ¿Coincidencia? Difícil. Yo ya no creo en casualidades. Pero la verdad era una sola: el ADN no miente, y las fotos que me mostró Alaric eran un espejo. Mismo gesto, misma mirada. Negarlo sería hacerme la ciega. Lo que sí me sacó de quicio fue ver al tal señor Hollister afuera, parado como si nada, diciendo eso que aun no entiendo bien: un supuesto acuerdo de matrimonio entre Jaxon y la nieta de Alaric. ¿Qué? ¿Cómo que la nieta? Que yo supiera, esa era yo. Y con esa sola frase me explotó la cabeza. —¿Matrimonio? ¿Contrato? —le solté a Alaric, con una mezcla de rabia e incredulidad que no me cabía en el pecho. Quería que me dijera que era un mal chiste, pero su cara decía otra cosa. Estaba tenso, asustado, enojado. Nunca lo había visto así. —Patrick, te doy tres segundos para largarte de mi propiedad —le dijo, firme, por el micrófono. —El contrato, Alaric. Tiene nuestras firmas —respondió el otro con esa voz de tipo que se cree dueño del mundo. —Acabo de encontrarme con mi nieta. Déjanos en paz —le gruñó Alaric. Ya no se aguantaba más. —Tienes estos dias nada mas para darme la cara. Hasta el fin de semana tienes para contestarme —siguió Patrick, con una sonrisa burlona que me daban ganas de borrarle de una cachetada. —¿Cómo supiste de mí? —le preguntó Alaric. —Mi nieto me avisó que Alaric Whitcarver vino a romper el contrato de un empleado carísimo. Me puse a investigar... y bueno, terminé llegando a la verdad. No era lo que esperaba, pero, wow, esto es mejor —dijo, soltando una risa que me dio escalofríos. —Largate, Patrick —le espetó Alaric. —Nos vemos pronto, Hadley —dijo el viejo, saludando a la cámara antes de desaparecer. Alaric mandó al guardia a cerrarle la puerta, pero el daño ya estaba hecho. Entonces lo miré. Ya no con curiosidad, sino con enojo. —¿Qué contrato? ¿Por qué ese tipo mete mi nombre en un asunto de matrimonio? —Ay, mi amor... —empezó Alaric. —No me digas mi amor, Ryker —le solté. La ansiedad me apretaba el pecho. Todo lo que Patrick había dicho tenía sabor a traición. —Siento que esto haya ensuciado nuestro reencuentro, Hadley —dijo, y por un segundo pareció sincero. Pero eso no bastaba. No después de lo que acababa de oír. —Dime la verdad o me voy. Y esta vez, no me vas a volver a ver —le dije. Me temblaban las piernas, pero me planté firme. —Por favor, entremos, hablémoslo tranquilos —sugirió, pero yo me quedé en el lugar, tiesa, con la correa del bolso bien agarrada, lista para dar media vuelta. —Dímelo acá. Suspiró hondo. —Hace muchos años, Patrick y yo éramos como hermanos. Fundamos nuestras empresas juntos, éramos socios, amigos, todo. Pero las cosas cambiaron. Y sí... firmamos un contrato —soltó al fin. Cuando pregunté qué tipo de contrato era, mi voz apenas salió. Tenía esa sensación de que lo que venía no me iba a gustar nada. —Un contrato que decía que cualquier hijo o hija de los Whitcarver y los Hollister, nacidos con no más de ocho años de diferencia, tenían que casarse—soltó Alaric. Y ahí estaba: la estupidez que llevaba días presintiendo. —Como los dos tuvimos hijos, dimos por hecho que se aplicaría a la siguiente generación—añadió, encogiéndose de hombros. —Con el tiempo, las familias terminaron por traiciones y rencores. Pero el contrato quedó firme. Y bueno… tú y el más joven de los Hollister nacieron justo en esa epoca—. Me miró como si dijera ni modo, y yo solo pensé en lo jodida que estaba mi suerte. —Esto no tiene validez legal. Nadie puede obligarnos—dije, tratando de encontrar alguna salida. Pero mi padre no tardó en clavarme el puñal añadiendo. —Sí que la tiene. Nos aseguramos con abogados. Tiene nuestras firmas. —Intenté anular esa porquería de contrato. Pero no hubo caso. El precio para romperlo era ridículo—Alaric dejó caer ese dato. —Romper el contrato le daría a la otra familia la mitad de la empresa—explicó mi papá. Sentí como si el aire se me escapaba de los pulmones. —No puede ser que no haya una salida…—balbuceé. —La hay, pero no te va a gustar—dijo él, bajando la voz. —Si uno se niega a casarse, tiene que renunciar a esa mitad. Solo se puede reclamar en un divorcio, y solo si se prueba infidelidad. Nada más. Miré a todos los presentes. Silencio absoluto. Y ahí lo entendi todo: nadie da sin pedir algo a cambio. Algo había detrás de todo esto. —¿Es por eso que me encontraste? ¿Para sacarle la mitad a su empresa?—lo solté con la rabia subiendo. —¡No, Hadley! Jamás haría eso—respondió Alaric, dolido,—Cuando te vi… solo pensé en ti. En todo lo que nos perdimos—suspiró, dando un paso hacia mí, con la mano extendida. Por un segundo, vi al viejito amable del café de siempre y al hombre que decía ser mi abuelo. Y me dio miedo. Miedo de que fueran la misma persona y de que eso me robara la única parte tranquila de mi vida. Entonces, la mujer dio un paso adelante. Su mirada se me clavó. Ojos color miel, temblor en los labios. —¿Podemos olvidarnos del contrato por un momento? Esperé varios años para abrazarte. No creo aguantar mucho más. Me quedé helada. Era ella. Lorena Whitcarver. Mi mamá. Siempre supe que existía, pero tenerla ahí, llorando por mí, fue otra cosa. Pensé que estaba lista. Que lo tenía asumido. No sabía cómo reaccionar. Ella no solo me había dado la vida, sino que cada 30 de mayo, mi verdadera fecha de nacimiento, no la mentira del 22 de diciembre, organizaba eventos benéficos, hacía donaciones… todo por mí. Se acercó con cuidado y me abrazó. Yo inhalé profundo, tratando de calmar los latidos en mi pecho. Su olor era a canela. Me sentí culpable. No era solo mi historia. A ella le habían quitado a su hija. El embarazo fue riesgoso, lo leí muchas veces. Aun así, eligió traerme al mundo… para que se lo arrebataran. Con las manos temblorosas, le devolví el abrazo. Y ahí, en ese momento, todo se me vino encima.
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