Me niego a casarme

1228 Words
JAXON Solté un suspiro largo y dejé el café sobre el portavasos, mientras me daba media vuelta en la silla para mirar por la ventana. Los fines de semana eran sagrados para mí. Pero claro… todo ese equilibrio se fue al carajo ayer cuando Hadley llamó diciendo que estaba enferma. Y sí, todo su maldito trabajo cayó en mis manos porque ni me pasó por la cabeza buscarle reemplazo. Ahora me tocaba sacrificar mi sábado para cubrir lo que no era mío. Aunque… esa excusa de enfermedad me olía raro. Desde la cena que tuvimos, no dejo de pensar en ella. Tenía ese vestido que no solo le quedaba bien. Se le ceñía al cuerpo de una manera que hacía difícil mirar para otro lado. Era imposible no seguirla con la mirada. En el coche no fue diferente. Me tenía hipnotizado. Se tocaba el pelo y yo le robaba miradas mientras se pintaba los labios con ese rojo tan... provocador. Me sentía como un idiota, peleando con mis propios pensamientos mientras ella, sin saberlo o tal vez sí, me reventaba la cabeza. Pero ya basta, tenía que concentrarme. Me aclaré la garganta y traté de poner la mente en blanco. Apenas iba a arrancar con el informe cuando tocan la puerta. Golpes secos. Insistentes. Ni me dio chance de responder, la puerta se abrió de golpe. Y ahí estaba: Alaric Whitcarver. El viejo zorro de la competencia. Rival y enemigo de mi abuelo. Entre ellos, siempre fue una guerra fría. —¿Se congeló el infierno? —solté sin pensar, canalizando el sarcasmo puro del abuelo Patrick. —¿Por qué no vas y lo averiguas tu mismo en su casa? —me tiró, con una sonrisa torcida. Iba a contestar, pero entonces la vi. Alice, la recepcionista, estaba detrás de él. Confundida, incómoda. —Alice, ¿qué hace este acá? —le pregunté directo, sin rodeos. Esperaba más de ella. —No puedes dejar entrar a un Whitcarver así como así. —Dijo que tenía una reunión con usted, señor… —respondió bajito, sin mirarme a los ojos. No era el momento de regañarla, así que lo dejé pasar. Aunque me quedó claro que esto no era una simple visita. —Alice, hablamos después —le dije, y ella salió. —Qué grosero —bufó Alaric, con ese tono de superioridad. Esperé a que cerrara la puerta. Me recosté en la silla, sin quitarle la vista de encima. —Dime qué quieres, Whitcarver. —Eh, nada serio. Solo vine a ver a una de tus empleadas —me dijo. —Sé más claro. Y entonces, me soltó el nombre: Hadley Ellery. Se acercó, dejó una carpeta sobre el escritorio y me la empujó. —Acá están los papeles de la renuncia. Todo firmado. Traje hasta el pago —dijo, con esa tranquilidad. No entendía nada. —¿Cómo que renuncia? —pregunté, intentando no perder el control. —Simple, niño. No quiere trabajar para un idiota —respondió, encogiéndose de hombros. —Por ley, lo tienes que aceptar. Y así fue. No podía hacer un carajo. Firmé, recibí el cheque y lo vi salir como si hubiera ganado una batalla. Y tal vez sí lo hizo. Me quedé ahí, tragándome la rabia. ¿Quién mierda era Hadley en realidad? ¿Cómo carajos se metió así en nuestras filas? ¿Nos infiltraron y ni nos dimos cuenta? Esa pregunta me taladró el cerebro durante la siguiente hora. Cuando supe que Hadley ya no trabajaba para mí, sentí un alivio raro. No porque me molestara, al contrario. Había algo en ella que me jalaba, pero no solo por cómo se veía. Era otra cosa, más profunda. Algo que no tenía nombre. Aunque tampoco me hago el iluso... yo no creo en eso del “amor”. No salgo con nadie porque me parece una pérdida de tiempo. ¿Para qué? ¿Para que te quiten el enfoque? Y sin embargo, toda la bendita mañana me la pasé con ella en la cabeza: Hadley Ellery. Conocida de un Whitcarver. Tremenda combinación. Estaba en ese tormento mental cuando la puerta de mi oficina se abrió sin aviso. Vi a mi abuelo con una bolsa en la mano y sonreí. Viejo zorro. Almuerzo sorpresa: nuestra tradición. Siempre caía en el día menos esperado. —¿Abuelo? —fruncí el ceño, pero el gesto se me rompió al ver la comida—. No fallas nunca, ¿eh? Respiré hondo. Tenía que soltarlo. Lo de Alaric. Lo de Hadley. Guardármelo solo iba a hacer todo más enredado. Así que lo dije. —No vas a creer quién vino a verme hoy... Le solté todo: que Alaric se apareció sin invitación, que Hadley ya no estaba en nómina. Que apenas sabía de su vida, más allá de que era huérfana. Mientras hablaba, vi cómo se le tensaba la mandíbula. Ese tic que tiene cuando algo no le cuadra. —¿Quién contrató a esta Hadley Ellery? —me soltó, directo. —Papá —respondí con cuidado, midiendo el tono. No porque dudara de la decisión, sino porque el abuelo y papá tienen historia... y no del tipo bonito. Pero yo también había revisado el archivo. Yo también la habría escogido. —Déjamelo a mí. tu concentrate en lo tuyo, Jaxon —me dijo con esa sonrisa de siempre. Pasamos un rato más juntos, y antes de irse, dejamos pactada la cena familiar del domingo. * El domingo llegué puntual, como buen nieto. Traje los acompañamientos y me sumé al resto mientras el abuelo hacía carne en la parrilla. Mis hermanos estaban. Y aunque a veces cansan, me alegró verlos bien. —Bueno, Claxon, ¿cómo te va? —me tiró Ronny, el mayor de los gemelos, con esa burla de siempre. —Ya vas a... —empecé, pero papá me cortó en seco. —¿Y eso que escuché de que buscas nueva secretaria? ¿Otra que se te va? —me disparó con ese tonito que usa para molestarme—. ¿Te las estás follando o qué? —¡Peter! —saltó mi mamá, indignada. El abuelo no se aguantó más. —Ya basta. Fue tu decisión dejar que la nieta de Alaric entrara a nuestra empresa —le dijo a papá, como si lo estuviera acusando de algo mucho más serio. —¿Quién? —saltó Jhonny, sin entender nada. —Hadley Ellery. Es su nieta. Lo confirmé. ADN incluido —soltó el abuelo, así nomás, girando las pinzas de la parrilla. Mi madre frunció el ceño. —Pero... la nieta fue secuestrada. ¿Cómo...? —El destino, parece. Además, se parece mucho a Giada —remató el abuelo. —Entonces el contrato… —dijo papá de pronto. —Exacto. El contrato —repitió el abuelo, y en ese momento me di cuenta de que ellos estaban jugando otro juego. —¿Qué contrato? —pregunté, sintiendo que algo se me escapaba. Y ahí me cayó como un balde de agua helada: había un contrato viejo, entre el abuelo y Alaric. Uno que, de alguna forma retorcida, podía obligarme a casarme con Hadley. Mi papá soltó: —Esta es tu oportunidad de probar quién eres. Pero lo ignoré. Me levanté, con el estómago revuelto y la cabeza hecha un nudo. Solo podía pensar en una cosa: mi matrimonio con Hadley.
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