Mi nueva familia

1328 Words
HADLEY Entré a la casa de Alaric. Todo brillaba: los cuadros familiares bien puestos, las alfombras sin una mancha, y ese aire cálido que uno no espera en una mansión. Se sentía vivida. Me costaba creer que yo, justo yo, encajara en ese retrato. ¿Qué hacía ahí? ¿Y si me habían metido en la historia equivocada? Uno de los hermanos, el rubio, habló: —Mira, sé que estás con la duda del contrato. Solo danos hasta el fin de semana, ¿sí? Yo soy Charles, pero tambien puedes decirme Charlie, o como quieras. Soy tu hermano mayor. El otro apareció con una sonrisa pintada en la cara. —Maxwell, el otro hermano mayor... y el más guapo, obvio —me dijo mientras me daba la mano. Tenía mis ojos. Esos ojos gris azul que no ves todos los días. Venían de papá, decían. Después miré a la mujer que me había abrazado hacía un rato. No me quitaba la vista de encima. —Hadley... qué nombre tan hermoso. Yo soy Lorena. Me gustaba su nombre, no voy a mentir. Pero no podía evitar pensar qué otro nombre me habrían puesto si las cosas hubieran sido distintas. —Ibas a llamarte Giada, como ella —dijo papá, señalando una foto. La mujer de la foto... era yo. O bueno, la versión de mí que nunca fui. —Tu abuela —aclaró Alaric. —Y yo soy Xavier, tu padre. Mucho gusto. Parecía que todos en esta familia tenían nombres extraños. —Ay, Hadley, cuánto te hemos perdido —Lorena no aguantó y otra vez se le humedecieron los ojos—. Perdón por no encontrarte antes, mi cielo —me abrazó otra vez. —Contratamos más investigadores que un gobierno entero —agregó Xavier—. Mantuvimos vivo medio país con eso. —Cuentanos todo —pidió Lorena—. Si tienes fotos, mejor. Vi a Alaric, que miraba desde un rincón, tranquilo. Él ya sabía más de lo que decía. Pero antes de que pudiera soltar palabra, él habló: —Ahora que sabemos quién eres y de dónde vienes, podríamos averiguar quién te secuestró. Pero quiero saber si te sientes lista. Le dije que sí, sin pensarlo. Claro que quería respuestas. No era solo por mí, era por todos. Y entonces se vino el interrogatorio. No me dejaron respirar. Me preguntaron hasta qué cereal me gustaba. Raro, estar rodeada de gente que quería saber todo de mí. Lo único que me incomodaba era la lástima en sus caras cuando contaba algo feo. Así que empecé a preguntarles yo, aunque ya tenía algunos datos gracias a Ryker. Cuando se hizo tarde, tocó volver a mi departamento. Discutieron entre ellos quién me llevaba, pero terminaron viniendo Alaric, Lorena y Maxwell. Apenas vieron dónde vivía, se les cayó la mandibula. No lo dijeron, pero se notaba. Para ellos, eso no era vida. Maxwell no tardó en bajarse del coche. —Te acompaño —me soltó, ya decidido. Justo entonces apareció Bernie, el portero medio preocupado: —Señorita Ellery, hubo una fuga de gas. Ya está todo controlado, pero le recomendaría quedarse en otro lado unos días. Le agradecí, y le dije que no se preocupara, pero Maxwell no se quedó tranquilo. —No te vas a quedar acá, Hadley —me dijo, firme, con una mano en el hombro. Le dije que no tenía dónde ir, pero él ya estaba marcando algo en su teléfono. —Eso dejámelo a mí. Y bueno, después de discutir un rato, terminé otra vez en el coche. Con dos valijas llenas hasta reventar. Me llevaron a uno de sus departamentos de lujo. Parecían desesperados por consentirme, como si quisieran compensar todo el tiempo perdido de golpe. Apenas crucé la puerta del departamento, me dio de lleno ese olorcito a limón recién rociado. Todo brillaba. Piso de mármol, ventanales enormes que dejaban ver media ciudad. Todo se sentía lujoso... menos yo. Yo me sentía como metida en un lugar que no me tocaba. Me quejé, claro. Pero nadie lo notó, así que ni modo: me acomodé. A la mañana siguiente, desperté como entre nubes. Esa cama era otra cosa. No tenía nada urgente que hacer, pero igual me levanté con la excusa de que después podía volverme a echar un sueñito. Salí de la ducha envuelta en vapor. Qué delicia de regadera, no miento, fue la mejor ducha de mi vida. Estaba en las nubes cuando sonó el timbre. Fruncí el ceño, extrañada, pero vi la camarita de seguridad. Fui a abrir. —Buen día, Hadley —me dijeron mis papás, sonrientes. —¿Buen día? —respondí, desconcertada total. Mi mamá, Lorena, se adelantó a explicar: —Perdón por la caída sorpresa. Tu papá quería hablar contigo y no queríamos dejar pasar la oportunidad. Ya estaban dentro cuando reaccioné. —Justo iba a hacer desayuno. ¿Quieren algo? —pregunté, llevándolos hacia la cocina. —Trajimos tus favoritos —dijo Xavier, dejando una bolsa en la barra. —Gracias... de verdad —respondí, sintiendo una mezcla rara entre ternura y gratitud. —Y bueno, gracias también por dejarme estar aquí. Apenas Bernie diga que sí, me voy. —Mi niña —dijo Xavier, suave—, este lugar ya es tuyo. Si necesitas algo, solo dilo. Y, por cierto, tengo una propuesta para ti. Pero eres libre de decir que no. Fruncí el ceño, hasta que vi el papel que dejó en la barra. Era una oferta de trabajo. Analista en negocios internacionales, en una de sus nuevas oficinas. Justo el tipo de trabajo por el que había estado cruzando los dedos. —¿Esto es en serio? —pregunté, con un nudo en la garganta. —Sí, mi amor. Habrá viajes a todo el mundo, pero por ahora, empezarías en la oficina de Los angeles. Firmé sin dudar. Desayunamos juntos y pasé el resto del día entre sonrisas, bailes y una felicidad que me salía por los poros. Lo único que faltaba era contarle a Presley y luego a Kiara quién era en realidad. Quedé con Presley al día siguiente para almorzar. Ella siempre me había apoyado y sabía que entendería. O eso creía. * Presley me abrazó fuerte apenas me vio. —¡Hace mucho que no nos vemos! —exclamó. Nos sentamos y empezamos a ponernos al día mientras comíamos. Me contó que había tenido una cita, lo que me sorprendió, porque había jurado que no saldría con nadie más. Yo estaba por soltarle mi bomba personal, pero en eso mi celular empezó a vibrar. Notificaciones por todos lados: seguimientos, mensajes, solicitudes. Abrí el navegador con el corazón en la garganta. Los titulares eran puñal tras puñal: ¿La heredera Whitcarver es una farsante? El engaño del siglo. ¿Quién es realmente Hadley? Todo lo que Alaric había planeado con tanto cuidado, alguien lo había tirado por la borda. Alcé la vista. Presley me miraba preocupada. —¿Estás bien? —preguntó, de verdad preocupada. Pero yo... yo no podía quedarme ahí. Me iba a romper en pedazos frente a ella si no salía ya. —Lo siento, tengo que irme —dije, dejando dinero en la mesa. Me fui sin darle chance a seguirme. Cuando llegué al departamento, cerré de un portazo. Terminé sentada en el suelo de la cocina, comiendo cereales directo de la caja. Más tarde me acurruqué frente a la tele, con cobijas encima, viendo cualquier comedia romántica que me hiciera olvidar por un rato el caos. Ignoré el teléfono todo el día. Eran casi las siete cuando sonó el timbre. Me limpié las lágrimas, respiré profundo y abrí. Eran mis hermanos. Charles traía helado de chocolate con trocitos. Maxwell, una tarta de cerezas, mi favorita. La habían descubierto hace poco, pero ya sabían que me encantaba. —Pensamos que te vendría bien un poco de cariño —dijo Maxwell. No era el plan que tenía para esa noche, pero justo eso era lo que necesitaba.
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