Capítulo 01: Propuesta aceptada

1103 Words
Dos días antes. De la mesa redonda que nos separa a Ethan y a mi, tomo la carta de menú. Hago un mohín como gesto de aprobación cuando me percato que la pequeña funda que contiene la carta es de gamuza negra, ribeteada en dorado ¿Muy innecesario? Sí. ¿Bastante elegante? También. Pero tiene que estar acorde con el lugar, el restaurante favorito de Ethan. Si me preguntan a mi, yo me conformo con unos buenos tacos en algún food truck en la Avenida Madison. Pero mi lujoso y quisquilloso novio, prefiere algo más. Prefiere esto. Prefiere un enorme salón con música instrumental de fondo. Prefiere paredes de cristal que revelan la majestuosa vista de Nueva York a nuestro alrededor. Prefiere vajilla china y cubiertos de plata. Prefiere candelabros colgantes y centros de mesa de cristal. Yo no me opongo, por supuesto, me puede gustar mucho un buen taco callejero pero tampoco rechazo un platillo de cien dólares y un vino de dos mil. —Debería viajar más seguido, para que esto se haga costumbre— Digo después de darle un sorbo al vino que está en mi copa. En todo este tiempo, Ethan y yo lo hemos hecho muy bien. Tal como estaba planeado, estuve un año en África recorriendo pequeñas ciudades ricas en culturas, costumbres y sitios de interés. Viajé desde lugares silvestres hasta sitios desérticos. Puedo decir que finalmente conseguí el trabajo de mis sueños. En mis ratos libres, cuando tenía una conexión a Internet decente solía llamar a mi hermano, a mis padres y, en un par de ocasiones a Margaret; y, por supuesto, a Ethan. Él pasaba sus días bajo el sol de Santorini, supervisando de cerca la construcción de su hotel, el cual inauguró once meses más tarde. Y tal como lo prometimos, cuando el tiempo de espera terminó, él estuvo allí para mi y yo para él. Nos reencontramos, volvimos a Nueva York y yo me fui a vivir con él. Desde entonces ha transcurrido otro año más. Ethan suele viajar a Grecia cada tres meses, en dos ocasiones viajé con él; también ha viajado a España, donde planea abrir un nuevo hotel. Yo aún tengo que viajar por trabajo, pero no suelo estar más de diez días fuera de casa en un mes; cuando regreso, él suele invitarme a cenar a este lugar, es un ritual de bienvenida. —Podríamos venir todos los días si así lo deseas. Mastico mi bocado de comida y después de limpiar la comisura de mis labios, digo: —No, no me perdonaría que gastases esta fortuna todos los días. Mejor...— Me detengo para dar un largo sorbo al vino hasta acabarlo todo y continúo —...Secuestramos a al chef. Nos saldría más barato— Suelto una risita por lo bajo. Ethan, con una expresión divertida, niega fingiendo un gesto de reprensión. —¿No sería más fácil contratarlo? ¿Debería tener miedo de esos instintos violentos?— Dice entrecerrando los ojos. Yo suelto una carcajada sonora que retumba y dejo la servilleta de tela sobre la mesa. Siento algunas miradas en mi después de eso. Me da igual. No creo que sea la primera vez que escuchan a una mujer reír en público. Sorpresivamente, y teniendo en cuenta las porciones microscópicas que sirven en estos restaurantes de alta alcurnia, me siento llena. —Ethan— Expreso después que el calor de mis mejillas desciende. Había planeado hablar de ello en algún momento y mejor hacerlo ahora que nunca —¿Recuerdas de lo que hablamos antes de mi viaje a Costa Rica?— Lo veo asentir —Creo que deberíamos hacerlo. Acepto casarme contigo. La comisura de los labios de Ethan se elevan revelando una sonrisa jactante. Me toma de la mano y acariciando esta con su dedo pulgar me dice: —¿Estás segura? ¿No tiene nada que ver lo de tu hermana? Primero asiento con un gesto de la cabeza y luego niego. —Estoy segura y no, nada tiene que ver con el compromiso de Margaret. Ethan alza mi mano y la besa. Es un gesto caballero, y un poco un gesto de agradecimiento también. Pero en realidad soy yo quien tiene que agradecerle a él. En poco más de dos años Ethan ha aprendido a conocerme mejor que nadie. Me conoce tan bien que no me propuso matrimonio en un evento público, rodeados de nuestras familias, cosa que habría odiado con todas mis fuerzas y me habría generado muchísima ansiedad; lo hizo en casa, en nuestra cama, después de hacer el amor. No hubo un anillo, tampoco una respuesta rotunda porque, una vez más, él sabe lo difícil que es para mi decir sí después de lo que viví con Henry. Pero ya no hay dudas, ninguna, Ethan es el hombre de mi vida y no hay nada que me impida estar con él. —No sabes cuánto deseaba escuchar eso— Me confiesa y automáticamente sonrío. —No puedo seguir esperando, muero por ser Chrysantemus Bowell Langford— Bromeo. Pero es verdad —¿Sabes qué no renunciaré a mi apellido, verdad? —Lo sé— Alza los brazos como si estuviera dándose por vencido —No podía esperar menos— Bromea. Yo tomo la botella de vino que está en medio de la mesa y maldigo mentalmente cuando sólo lleno la mitad de la copa con lo que quedaba en la botella. Pude haber quedado llena, pero mi estómago siempre hará espacio para un poco más de vino. —¿Tambien sabes que no quiero una boda con trescientos invitados? —Chrys, lo sé— Dice en un tono paciente —De hecho, había pensado en una boda elopement*. Tu, yo y la autoridad que se encargue de formalizar la unión. En Alaska, tal vez... —Ethan— Le interrumpo y mi voz suena genuinamente conmovida porque lo estoy —Acabas de describir mi idea de boda perfecta ¿Cómo no voy a querer casarme contigo? Es la verdad. Si hay novios, hay boda. Todo lo demás sobra. Así que él y yo somos todo lo que necesitamos para casarnos, literalmente. No un listado infinito de invitados. Y mejor si es en Alaska donde surgió nuestro amor. —¿Cuando querrías casarte?— Me cuestiona. —Cuanto antes, mejor. Primero salgamos de mi hermana, luego nos enfocamos en lo nuestro. Ethan asiente. —Podría hablar con mis abogados, ir alistando los papeles y todo eso. Y en cuanto tengamos una oportunidad... —¡Nos casamos!— Exclamo emocionada, interrumpiéndole —Nos casamos— Repito soltando una carcajada de pura emoción.
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