Cinco minutos más.
Arrugo mi rostro, reacia a abrir los ojos, saco la almohada que está debajo de mi cabeza y la tiro sobre mi cara. La claridad se junta con la calidez y tocan mi hombro para hacerme saber que ha amanecido. Por desgracia.
—A levantarse, bella durmiente— Me dice Ethan. O debería decir mi verdugo. No necesito verlo para saberlo, me basta escuchar el sonido de las persianas deslizándose para dejar entrar al sol y todo su calor.
—Es sába...— Me detengo y de un golpe aparto la almohada cuando siento que me impide respirar correctamente. Abro los ojos de golpe y los vuelvo a cerrar a causa de la repentina claridad —Es sábado...— Concluyo. Y ahora sí, abro los ojos con completa normalidad.
Buenos días, día.
Puedo apreciar al estoico hombre que está de pie frente a mi, con mirada acusadora pero sonrisa divertida. El sabe de mi predilección por dormir hasta tarde y yo sé de su manía por despertar temprano. Si nuestro amor ha sobrevivido a ello durante un año, sobrevivirá a lo que sea. Extiendo mis manos hacia él y se inclina hacia mi. Yo me deshago de las sabanas y me arrodillo sobre la cama para llegar hasta él y besarle.
—Buenos días— Susurra contra mis labios.
—Ahora si son buenos— Digo y me desplomo nuevamente sobre el colchón.
Extiendo mis brazos a cada lado y me estiro disfrutando la suavidad de las telas debajo de mi cuerpo.
Ethan retoma su posición y expresión previa y cruzándose los brazos sobre el pecho me cuestiona:
—¿Recuerdas que hoy es el anuncio de compromiso de tu hermana, verdad?
Jo, no lo recordaba.
Me espabilo por completo y vuelvo a sentarme de golpe. Entonces pienso en la absurda idea de Margaret de organizar una reunión para anunciar su compromiso. Qué se supone que va a anunciar si ya nos está avisando en la invitación del evento. Pongo mis ojos en blanco. Es que es absurdo.
—¿Podemos no ir?— Cuestiono sonriendo y mordiendo mi labio inferior a la espera de que me secunde pero todo lo que dice es:
—¿Y así pretendes acercarte a tu familia?
Ruedo mis ojos y derrotada cruzo mis brazos. El tiempo que estuve alejada de todos y de todos me di cuenta que pese a las diferencias y a las cosas sin sentido que pueden llegar a hacer o decir, quiero a mi familia. No estoy bromeando. Es verdad. Incluso llegué a extrañarlos, aunque fuese para pelear.
La buena noticia es que, aparentemente, ellos también me extrañaron. Varias veces ellos me llamaban a mi. Incluso mi mamá llegó a hacerlo, más veces de las que podía esperar.
Me juré a mi misma que haría mi mejor esfuerzo por llevar la fiesta en paz con ello. Que buscaría acercarme siempre y cuando ellos mostraran interés en mi. Pues resulta que hace un mes Margaret llegó Nueva York, al Upper East Side, y se trajo un novio austriaco con ella. Pintor, también. Por supuesto. No hay que desmejorar la r**a. Pero una de las razones de su visita es para hacer oficial su compromiso. Y Margaret me ha invitado. A mi y a Ethan, por supuesto. Y yo me comprometí en ir.
—Deberías trabajar como suplente de conciencias. Lo haces muy bien— A regañadientes salgo de la cama.
—Es un don que desarrollas cuando tienes una novia testaruda. A veces hay que hacerla entrar en razón— Le escucho decir mientras camino a él y me planto frente a frente.
—Apuesto a que tu novia es testaruda pero también muy guapa. Dale las gracias por compartir a su fabuloso novio conmigo— Bromeo. Guiño un ojo y me pongo de puntitas para darle un beso en la mejilla.
—No tienes una idea de lo guapa que es. Especialmente en las mañanas, justo después de despertar. Es mi versión favorita de ella.
—¿Es tu versión favorita?— Digo haciendo un gesto de desagrado —¿Cuando no se ha peinado ni tampoco se ha cepillado los dientes? Cuando va vestida con sudaderas gigantes que consigue a un dolar en tienda de remates.
—Acabas de describir a la mujer perfecta— Me dice. Luego suelta una risotada.
Yo me alzo nuevamente en mis pies para olfatear su cuello, como lo hacen los perritos. Extiendo mi mano y la paso por su cabello. Ladeo el rostro y trato de percibir un aroma externo: café.
Por su cabello húmedo y por el aroma de su jabón que destila su piel, Ethan me lleva una ventaja enorme.
—¿A qué hora es que es la cena con mi hermana?— Digo arrugando mi nariz.
—No es cena— Me corrige —Es una reunión. A secas. Y es a las dos. Aún tienes tiempo para arreglarte.
Dejo escapar un suspiro y desciendo un poco mis hombros. Tengo tiempo, sí, y el hecho de que sea temprano, es ventajoso. Podré librarme de ello pronto.
—Bueno, iré a ducharme.
—Bien. Yo recibiré a mi abogado dentro de un rato. Me ha dicho que hay algo delicado que necesito saber y mientras más pronto lo hablemos, mejor.
El tono de voz y su expresión cambia drásticamente. No luce temeroso pero, digamos, tampoco luce feliz.
—¿Te ha dicho de qué quiere hablar contigo?
Veo a Ethan negar.
—No, hablé con él ayer en la mañana para saber que necesitamos para la boda. Y anoche me escribió. Solo eso— Se encoge de hombros —Si es tan delicado como dice, prefiero reunirme con él hoy.
Yo asiento. Quisiera quedarme tranquila pero no lo estoy. Qué demonios quiere hablar ese señor con Ethan y justo después de nuestro matrimonio. Sacudo la cabeza. No hay espacio para el pesimismo. La idea de preocuparme la destierro tan pronto como florece en mi cabeza.
Tal como le informé a Ethan: fui directo a la ducha. Una larga, relajante y tibia ducha que terminó por adoptar todos mis sentidos.
Coincidimos de nuevo en la cocina. Mientras desayunamos, el da un vistazo a las noticias en su teléfono y yo apeovecho de hablar con mi querida amiga Nicole qué vaya bomba me ha lanzado. Está viviendo su propia novela romántica: tiene un novio con quién todo marcha muy bien pero ha conocido a otro hombre que “le ha puesto el mundo patas para arriba”; el problema aquí es que se trata de un profesor. Suelto una risita por lo bajo y niego cuando leo el mensaje:
“Te juro que uno es todo lo necesito pero el otro es todo lo que quiero”
Ethan alza la mirada y me observa confundido. Dirige una mirada a mi teléfono y luego me mira a mi:
—¿Está todo bien?
—Está todo perfecto, para mi. Para Nicole, no sé.
Alzo una mano antes de que pueda decir algo y abro el nuevo mensaje que ha llegado que viene con una fotografía adjunta.
“Es él quien me tiene maaaaaal”
Yo alzo una ceja y asiento como gesto de aprobación. Nicole tendrá malos ratos pero por lo visto, no tiene malos gustos. Su Señor Robinson* debería tener unos veinticinco años, cuando mucho, probablemente el mismo tiempo que lleva trabajando esos bíceps que parece que estallarán bajo su camisa.
—¿Está bien?— Me cuestiona frunciendo el ceño —¿Nicole?
—Oh, sí. Debe estar más que bien— Bromeo mientras veo la fotografía que procedo a borrar. No me gusta ocultarle cosas a Ethan pero tampoco me corresponde divulgar la vida sentimental de Nicole con alguien más.
Lastimosamente le digo que nuestra conversación quedará para después porque tengo un compromiso al cual asistir y para el que me debo arreglar.
De vuelta a la habitación, abro las puertas del armario que es casi tan grande como la habitación misma. Poso mi atención en el lado izquierdo, donde reposan mis cosas y tomo un vestido de corte recto, color ciruela. Lo traigo conmigo y lo dejo en la cama.
Tomo asiento frente al tocador y abro la gaveta donde reposa mi maquillaje. Coloco un gancho para apartar mi flequillo y empiezo a hacer mi trabajo. Aplico un poco de base traslúcida porque es verano, y no quiero parecer un bombillo tras pasar un par de horas bajo el sol. Delineo mis ojos con calma, tratando de mantener un buen pulso para conseguir el mejor acabado y por último pinto mis labios de mi rojo favorito.
Cuando me dispongo a soltar mi cabello, Ethan llama a la puerta dos veces antes de abrir. Yo me giro para mirarle y sonriendo con amplitud pero mi expresión se desvanece cuando me percato de la que trae él. Ethan se ve... Tenso. Serio. No es él.
—Chrys ¿puedes venir un instante?
—¿Pasa algo?— Cuestiono.
—¿Puedes venir?— Insiste.
Asiento, sin necesidad de verbalizar mi respuesta, me pongo de pie y lo sigo a través del pasillo que nos conduce a su estudio. Antes de entrar acomodo el amarre de mi bata para no dejar nada al descubierto.
Cuando entro, hay un hombre de pie junto al escritorio. Sostiene una carpeta entre sus manos y trae una mirada... Rara. Incluso creo haberlo visto negar al verme. Como si estuviese juzgándome.
—Toma asiento— Me indica Ethan mientras él continua hasta su puesto —Chrys, él en Harris Coleman, mi abogado. A quién le he pedido que aliste todo para la boda— Yo asiento levemente mientras miro al hombre con cara de pocos amigos —Ha venido hoy porque aparentemente nuestro matrimonio no puede llevarse a cabo. No por ahora.
Confundida miro a a Ethan.
—¿De qué hablas?— Suelto.
—Chrys ¿por qué no me dijiste que estás casada con Henry?
QUÉ YO QUÉ.