Tal como se lo informó el agente a Alondra, pasada una hora, ella fue llamada a una sala fría y estéril, iluminada por una tenue luz azulada que proyectaba sombras fantasmales en las paredes. El aire tenía un leve olor a electricidad y plástico quemado, como si la tecnología allí dentro hubiera estado en constante uso durante demasiado tiempo. Las paredes estaban cubiertas de pantallas que reproducían una tras otra distintas imágenes en un bucle incesante, como un rompecabezas interminable de rostros desconocidos. El zumbido casi imperceptible de los monitores llenaba el silencio tenso de la habitación, envolviéndola en un aire de expectación sofocante. La atmósfera era opresiva, cargada de ansiedad y un miedo latente que parecía vibrar en cada pulso de las imágenes proyectadas. Alondra a

