Anton había pasado parte de la noche en vela, en ocasiones se sorprendía a sí mismo mirando el sobre que contenía la carta. Era de un color marrón envejecido, sus bordes estaban desgastados como si el contenido dentro hubiera viajado por más tiempo del que debería. No había nombre ni dirección visible, solo una letra cursiva y fluida que, aunque anónima, parecía tener la intensidad de una amenaza latente. Después de leerla, durante un largo rato, se debatió entre la tentación de ir a buscar a Alondra de inmediato o dejarlo pasar. Reconoció que el impulso lo había marcado demasiado en los últimos días. La ira, el deseo y el dolor se entrelazaban con cada pensamiento, y sentía cómo se desbordaban por su pecho, como si el control que siempre había ejercido sobre sus emociones se estuviera de

