—Anton, buenas tardes —escuchó en su móvil la voz de Samuel, el abogado de sus padres, y albacea de los bienes que estos dejaron. —Samuel, ¿Cómo estás? —preguntó con fastidio, la situación en la que vive lo lleva a ver todo con amargura. —Bien, Anton, bien —respondió formal—. Sé que tu tiempo es limitado, solo te llamo para decirte que debes estar en mi despacho en tres días en horas de la mañana, mientras mas temprano mejor, porque después de lo que te voy a comunicar debo hacer una serie de trámites —le informó el letrado. —Pero, lo que sea bien puedes decírmelo por aquí —respondió apático. —No puedo, debe ser personalmente, así que te espero en tres días, saca un tiempo de tu apretada agenda, es algo de tu entero y exclusivo interés —le dijo el hombre—. Te dejo debo atender asunto

