Sintiéndose destruida, el mismo día que debía entregar el departamento, Alondra acudió al registro de propiedades con la esperanza de que todo fuera un malentendido. Cada paso que daba hacia el edificio gubernamental se sentía pesado, como si una sombra de incertidumbre se cerniera sobre ella. El aire frío de la mañana le helaba las manos, pero el verdadero estremecimiento provenía del miedo que se alojaba en su pecho. Tomó un número y esperó su turno en una fila interminable, sintiendo cómo la ansiedad le carcomía el estómago. Cuando finalmente recibió la documentación, sus ojos recorrieron las hojas con desesperación, buscando su nombre, cualquier indicio de que todo seguía en orden. Pero no lo encontró. O mejor dicho, sí lo vio, pero en el acto de transferencia. En su lugar, vio con as

