El aire de la madrugada estaba cargado de humedad y desesperanza. La luz mortecina de los faroles callejeros proyectaba sombras alargadas sobre el pavimento, creando figuras distorsionadas que parecían acechar en cada rincón. La quietud de la noche no traía calma, sino una sensación de opresión que se filtraba por cada rendija de su alma. Alondra miraba por la ventana de la habitación que ocupaba en la casa de los padres de Lisa. Sus ojos, enrojecidos por el cansancio y la desesperación, recorrían el vacío de la calle como si esperara encontrar respuestas en la oscuridad. Sus noches se habían vuelto interminables, más largas que el día, atrapadas en un insomnio tortuoso que no le daba tregua. La angustia la consumía por dentro, era un peso constante que oprimía su pecho y no la dejaba res

