Bajo un estado de angustia, Alondra se encaminó hacia la delegación. Sus pasos eran torpes, impulsados más por la desesperación que por la fuerza. No tenía a nadie más a quien recurrir. Se sentía como una náufraga en medio de un mar de incertidumbre, atrapada en una pesadilla de la que no podía despertar. El único rostro conocido y que sabía tenía poder, aunque no como en su país, era el de Anton. Pero él, de manera inexplicable, se había empeñado en darle la espalda, en ignorar sus súplicas y en acusarla de cosas que hasta ese momento ella no lograba comprender. La sensación de traición la quemaba por dentro, pero tampoco pensaba molestarse en entenderlo ni detenerse a elucubrar. No tenía tiempo para eso. Su vida, la vida de Iramil y de Lisa, eran lo único que importaba. Nada más. No pod

