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La heredera que vino a destruirlo.

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intro-logo
Blurb

Hace diez años, Elara Veyne lo perdió todo.

Su familia la expulsó, su nombre fue convertido en una vergüenza y el hombre que alguna vez creyó que podía protegerla desapareció de su vida.

Ahora ha regresado.

Pero Elara ya no es la joven que salió de aquella casa con las manos vacías. Es una mujer poderosa, rica y decidida a recuperar lo que le pertenece.

Su objetivo es simple: **destruir el imperio Veyne desde dentro.**

Lo que no esperaba era encontrarse con Cassian Rook.

Frío. Implacable. Peligrosamente poderoso.

El hombre al que ha culpado durante diez años por su ruina.

Cassian no intenta detenerla.

Al contrario.

Le ofrece su ayuda.

—¿Por qué me estás ayudando? —pregunta Elara.

Él la mira en silencio antes de responder:

—Porque llevas diez años odiando al hombre equivocado.

Elara no le cree.

No piensa confiar en él.

Y mucho menos enamorarse.

Pero mientras la guerra empresarial se intensifica, empiezan a aparecer secretos que podrían destruir todo lo que creía saber sobre aquella noche.

Su madre dejó pistas.

Su padre ocultó una verdad.

Y Cassian lleva diez años guardando un secreto que podría cambiarlo todo.

Porque Elara no regresó únicamente para recuperar su herencia.

Regresó para descubrir **quién la traicionó**.

Y cuando finalmente conozca la verdad, tendrá que elegir entre la venganza que la trajo de vuelta…

y el hombre que quizá nunca fue su enemigo.

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La heredera regresó
La primera vez que Elara Veyne volvió a pisar el edificio de Veyne Holdings, nadie la reconoció. Y eso era exactamente lo que quería. Las puertas de cristal se abrieron frente a ella con un susurro mecánico. Detrás del vestíbulo, el mármol n***o brillaba bajo las lámparas doradas y el enorme emblema de la familia Veyne dominaba la pared principal. Durante diez años, aquel lugar había sido su pesadilla. Ahora sería el escenario de su venganza. Elara avanzó con paso firme, vestida con un traje n***o perfectamente cortado. No llevaba joyas familiares. No llevaba el apellido de su padre en ninguna de sus tarjetas. Solo llevaba una carpeta bajo el brazo. Y dentro de ella estaba la primera pieza de su guerra. —Señorita, ¿tiene una cita? —preguntó la recepcionista. Elara se detuvo. —No. La joven frunció el ceño. —Entonces no puedo dejarla pasar. Elara sacó una tarjeta y la dejó sobre el mostrador. —Llame al consejo. La recepcionista miró la tarjeta. Su expresión cambió. —¿Elara... Veyne? Elara sonrió apenas. —La misma. El silencio que siguió fue casi satisfactorio. —Pero... —la mujer tragó saliva—. Creíamos que usted... —¿Muerta? La recepcionista palideció. —Yo no dije eso. —No hacía falta. Elara tomó nuevamente su tarjeta. —Dígales que la heredera regresó. Cinco minutos después, las puertas de la sala de juntas se abrieron. Las conversaciones murieron. Doce personas sentadas alrededor de una mesa de nogal levantaron la mirada. Al fondo, junto a la ventana, estaba Octavian Veyne. Su padre. Diez años. Eso era lo que había pasado desde la última vez que lo vio. Diez años desde aquella noche. Diez años desde que la habían acusado de fraude, traición y robo. Diez años desde que su propio padre había firmado los documentos que la expulsaron de la familia. Octavian no se levantó. Solo la observó. —Elara. Ella cerró la puerta detrás de sí. —Padre. Nadie respiró. Octavian fue el primero en recuperar la compostura. —Esta reunión es privada. —Lo sé. Elara caminó hasta la cabecera de la mesa. —Por eso estoy aquí. Uno de los directores soltó una risa nerviosa. —Esto es absurdo. Usted perdió todos sus derechos sobre Veyne Holdings hace diez años. —No. Elara dejó la carpeta sobre la mesa. —Me hicieron creer que los había perdido. Abrió la carpeta. —Pero nunca los perdí. Los documentos cayeron sobre la mesa uno tras otro. Acciones. Certificados. Registros notariales. Transferencias. El rostro de varios miembros del consejo cambió. Octavian permaneció inmóvil. —¿Quién te ayudó? Elara sostuvo su mirada. —No importa. —Importa mucho. —Entonces deberías estar preocupado. Un murmullo recorrió la sala. Elara apoyó ambas manos sobre la mesa. —Poseo el diecisiete por ciento de las acciones de Veyne Holdings. Uno de los abogados se levantó. —Eso es imposible. —Veintitrés por ciento, en realidad. El hombre palideció. Elara sacó otro documento. —Las acciones que mi padre intentó transferir hace nueve años nunca fueron vendidas legalmente. Octavian apretó la mandíbula. —¿Qué quieres? Elara lo miró. Por primera vez desde que entró, dejó de sonreír. —Lo que es mío. —Tu apellido ya no te pertenece. —No he venido por mi apellido. Su voz bajó. —He venido por tu imperio. El silencio fue absoluto. Octavian se puso lentamente de pie. —No sabes con quién estás jugando. —Sí lo sé. Elara tomó su bolso. —Con el hombre que destruyó a su propia hija para salvar su empresa. La mirada de Octavian se endureció. —Ten cuidado. —Lo tuve durante diez años. Se volvió hacia la puerta. —Ahora me toca ser peligrosa. Pero antes de que pudiera abrirla, una voz masculina habló desde el extremo de la sala. —Todavía no. Elara se detuvo. No había notado al hombre sentado en la sombra. Un traje n***o. Una mano descansando sobre el brazo del sillón. La otra sostenía una carpeta delgada. Cassian Rook. El nombre no necesitaba presentación. CEO de Rook Capital. Uno de los hombres más poderosos de la ciudad. Y, según los rumores, uno de los pocos capaces de enfrentarse financieramente a los Veyne. Elara lo conocía. O, al menos, conocía su reputación. Frío. Calculador. Implacable. Pero había algo en su mirada que le provocó una sensación extraña. Como si él no estuviera sorprendido de verla. Como si hubiera estado esperándola. Cassian se levantó. —Señorita Veyne. —Señor Rook. Él caminó hacia ella. Cada paso parecía calculado. Cuando estuvo frente a Elara, dejó la carpeta sobre la mesa. —Olvidaste algo. Elara miró el documento. —No he olvidado nada. —Sí. Cassian abrió la carpeta. Dentro había una sola hoja. Elara la reconoció inmediatamente. Su sangre se heló. Era el documento que había terminado con su vida diez años atrás. Su renuncia. La misma firma. La misma fecha. La misma declaración que había permitido a su familia expulsarla de Veyne Holdings. Elara levantó la mirada. —¿De dónde sacaste esto? Cassian no respondió. —Ese documento desapareció hace diez años. —Lo sé. —Entonces, ¿cómo...? Él deslizó la hoja hacia ella. —Porque esta no es la copia que viste. Elara sintió que el corazón le golpeaba contra las costillas. —¿Qué quieres decir? Cassian abrió la última página. Había una segunda firma. Una anotación manuscrita. Y una cláusula que ella jamás había visto. Elara la leyó una vez. Después otra. Su rostro perdió el color. Cassian inclinó ligeramente la cabeza. —Tu renuncia no fue válida. Elara levantó lentamente los ojos. —¿Por qué? La expresión de Cassian permaneció fría. Pero su siguiente frase hizo que todo el aire abandonara sus pulmones. —Porque alguien falsificó la parte más importante del documento. Cassian cerró la carpeta. —Y yo tengo el original. Elara había regresado pensando que venía a destruir a su familia. No sabía que acababa de descubrir que, diez años atrás, alguien había destruido su vida deliberadamente. Y esa persona todavía estaba dentro de Veyne Holdings.

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