[“Defino conexión como la energía que existe entre las personas cuando se sienten vistas, escuchadas y valoradas; cuando pueden dar y recibir sin juzgar; y cuando obtienen sustento y fuerza de una relación.” - Brené Brown]
Las sombras de los chicos, danzando al ritmo de sus pasos, apenas perturbaban la tenue luz del pasillo, que se extendía como un manto suave.
Una vez que cruzaron las enormes puertas, Emiliano se percató de que la lluvia había dejado su rastro en los peldaños, un recordatorio brillante de la tormenta pasada y, con una preocupación apenas perceptible reflejada en su mirada, se detuvo al pie de las escaleras.
—¿Te ayudo para bajar? —preguntó, revelando más que una simple cortesía.
Ese gesto era el reflejo de un deseo de proteger y cuidar. Sin pensarlo, su mano encontró la de ella, que estaba libre del bastón, en un acto que hablaba de una conexión más allá de las palabras.
Alba, con la confianza de quien ha aprendido a navegar en un mundo que no puede ver, sonrió ampliamente y aceptó la cálida mano de Emiliano.
—Gracias, ya estoy acostumbrada a estas escaleras —dijo, pero no rechazó el gesto—. Aunque debo admitir que la compañía hace el camino más seguro.
Juntos descendieron las escaleras y cruzaron el amplio patio. La brisa nocturna les trajo el aroma de la tierra mojada, un perfume que evocaba renovación y comienzos frescos.
—Amo el petricor —dijo, tras una inhalación y un suspiro.
—¿Petri qué? —indagó Emiliano.
—Petricor, el olor de la lluvia cuando cae sobre tierra seca —explicó—. ¿No te parece que es un aroma bien particular?
Emiliano no podía dejar de mirar a Alba; estaba perdido en sus gestos, en su voz y en el hermoso rostro de la chica.
—Sí —respondió, apenas audible, a la vez que carraspeó y continuó—: no conocía el término.
—¡Ah! Es que me gusta conocer palabras raras, tan raras como hermosas.
La imagen de Alba, sumergida en el silencio de una biblioteca, pasando las páginas de una enciclopedia en busca de “palabras raras”, cruzó la mente de Emiliano. Se la imaginó con su dedo deslizándose por el papel, deteniéndose en términos que desafiaban la cotidianidad, cada uno como un pequeño tesoro esperando a ser descubierto. Sin embargo, la realidad de su ceguera lo golpeó como una ola fría, y se sintió ridículo por su fantasía fugaz.
Avergonzado por tal tontería, Emiliano buscó las palabras adecuadas, pero Alba, con la gallardía de quien ha aprendido a bailar con la vida siguiendo sus propias reglas, llenó el espacio entre ellos con una risa que disipaba cualquier atisbo de incomodidad.
—Las palabras son como la música —dijo Alba, su voz era clara en aquella noche tranquila—. Algunas son como esas melodías familiares que todos conocemos, y otras son como esas notas raras que, cuando las encontrás, te hacen sentir que descubriste un nuevo mundo. —Emiliano sonrió, encontrando consuelo en su perspectiva.
—Entonces, gracias por compartir ese mundo conmigo —respondió, y su voz era más firme ahora—. Petricor… es una palabra rara y hermosa, y ahora tiene un significado especial.
Caminaron en silencio, la luz de las farolas bañaba el camino hacia su destino. La llegada al ala de los dormitorios estudiantiles marcó el inicio de una nueva etapa en la velada. Alba, con un hambre declarado que contrastaba con la delicadeza de sus formas, se dirigió con paso seguro hacia la cocina.
—Tengo que contar nueve pasos hacia el frente, desde acá hasta la heladera —explicó, y su voz resonaba en el espacio vacío.
Emiliano la seguía, observando con admiración cómo ella se movía con una confianza que él no era capaz de entender.
Alba abrió la heladera, tocó y contó hasta llegar al tercer estante. Sus dedos recorrieron las superficies frías hasta encontrar la tapa de un tupper y el Braille le confirmó que era el suyo.
—Este es —dijo con una sonrisa en su voz, girándose hacia Emiliano como si pudiera ver su expresión—. Ahora, seis pasos a la derecha y estoy frente al microondas.
Sin vacilar, abrió la puerta del aparato, colocó el tupper en su interior y presionó repetidamente el botón para calentar su comida.
—Cuatro veces para dos minutos —comentó, como si compartiera un secreto.
Ella explicó todo el proceso con seguridad, y su voz impregnó la cocina con una melodía de cotidianidad y vida diaria, libre de pesar.
Emiliano, apoyado en la mesada de acero inoxidable que reflejaba las luces, observaba fascinado. Su seguridad lo dejaba sin palabras.
—Es impresionante cómo te manejás —dijo finalmente. Su voz revelaba la profunda impresión que la chica le había causado.
Ella se giró hacia él, y su rostro estaba iluminado lateralmente por la luz del microondas.
—Cuando no podés confiar en tus ojos, aprendés a confiar en tus otros sentidos —respondió—. Y cada día es una oportunidad para aprender algo nuevo, incluso si es tan simple como calentar la cena —admitió con un gesto gracioso.
El microondas emitió un pitido, anunciando que la comida estaba lista. Al abrir la puerta y retirar el tupper con cuidado, la fragancia de la comida caliente se esparció por la cocina y prometiendo una cena tan reconfortante como la compañía.
—Siete pasos hacia la derecha hasta la alacena —anunció, y su voz sonaba con la misma precisión que sus dedos al tocar el piano. Emiliano la observaba, cada paso era un testimonio de su independencia y fortaleza—. Primer cajón: acá están los cubiertos —dijo con certeza, encontrando lo que buscaba con una facilidad envidiable—. Y ahora, los vasos. —Dejó el tupper sobre la mesada de la alacena y se estiró para tomar dos vasos del estante que estaba inmediatamente arriba del cajón de los cubiertos—. Cuatro pasos hacia el frente hasta la mesa —explicó con los utensilios en la mano, Alba contó en voz alta.
Emiliano seguía su recorrido, incapaz de dejar de admirar cómo ella transformaba un acto cotidiano en una danza de autonomía y gracia. Al llegar a la mesa, Alba colocó con cuidado los cubiertos y los vasos. Iba a regresar por el tupper, pero Emiliano la detuvo.
—Sentate, yo te lo alcanzo. —Alba plegó y apoyó su bastón en la mesa y se sentó.
—¿Necesitás un plato? —preguntó cuando apoyó el tupper sobre la mesa.
—Naaa, no es necesario. ¿Para qué ensuciar?
Él la observó desde su altura y sonrió ante el comentario de la joven. Acto seguido, ella hizo un gesto para que tomara asiento.
—Vení, sentate conmigo —dijo con voz cálida y acogedora. Emiliano se acercó y tomó asiento frente a ella—. Gracias por acompañarme esta noche —agregó. Su sonrisa se dibujaba con cada palabra.
—Gracias a vos. Esta noche está siendo… —respondió sin terminar la frase, conmovido por la experiencia compartida.
La luz suave de la cocina envolvía la escena, creando un espacio íntimo para la conversación. Alba, con una sonrisa aún en los labios, se dispuso a compartir su cena con Emiliano. Sin embargo, el ambiente se tornó reflexivo cuando él rompió el silencio con una pregunta que llevaba peso.
—¿Por qué estás sola en una fecha como hoy? —preguntó. Su curiosidad estaba teñida de una suave preocupación.
Alba dejó reposar su tenedor junto al tupper y suspiró ligeramente.
—Mis padres están de viaje y soy una persona más bien solitaria, así que decidí quedarme en lugar de volver a casa; además, la música siempre fue mi refugio, mi compañía —compartió, a la vez que subía sus hombros, indicando que no importaba, aunque su voz revelaba un matiz de melancolía que antes no estaba presente. Emiliano asintió, comprendiendo más de lo que las palabras podían decir—. ¿Y vos?
—Hace unos meses decidí cambiar de carrera. Mis padres son… difíciles, bastante estrictos y exigentes… y no lo tomaron bien… en realidad, nada bien —suspiró y continuó—. Se supone que debería poder recibirme de economista a fin de este año, pero acá estoy… y bueno, después de una pelea, ni siquiera me llamaron para la habitual cena familiar —confesó, con la tristeza filtrándose en su tono.
Alba extendió su mano sobre la mesa en busca de la de él, y al encontrarla, la tomó entre las suyas con cariño. Emiliano, al ver sus manos entrelazadas, sintió calidez en su corazón.
—A veces, las familias no entienden nuestros sueños o nuestras necesidades de cambio —dijo suavemente—. Ya se les va a pasar.
Ella no había vivido esa experiencia; sus padres siempre le habían permitido seguir el camino que ella sentía correcto. Sin embargo, conocía a personas cuyos destinos habían sido meticulosamente trazados por sus mayores.
—Es cierto —apretó su mano, agradecido por el consuelo que ofrecía ese contacto—. Pero no todo es tan terrible, ¿no? Si hubiera ido a cenar con ellos, no te habría conocido; esta noche fue toda una sorpresa.
La melancolía que había comenzado a asomarse en Alba se disipó ligeramente ante sus palabras.
—La vida tiene maneras de sorprendernos, ¿verdad? Cuando menos lo esperamos, nos regala momentos que se sienten como una tibieza…
Emiliano sonrió, y sus ojos brillantes, casi vidriosos, se fijaron en las manos unidas.
Con un movimiento suave y casi relajante, permitieron que sus manos se separaran. No hubo congoja en ese gesto, solo la dulce aceptación de que cada momento compartido tiene su propio final.
Alba, con una sonrisa que apenas se insinuaba en sus labios, tomó el tenedor entre sus dedos y lo cargó con una generosa porción de pasta boloñesa. Con la delicadeza de quien ofrece un regalo precioso, lo acercó a Emiliano, cuyos ojos reflejaban una mezcla de sorpresa y gratitud. Él, sin vacilar, aceptó el bocado, y al saborear la rica mezcla de sabores, sintió cómo su estómago despertaba a una nueva sensación de hambre. Era un hambre no solo de comida, sino de vida, de risas y de pequeños placeres que, como esa pasta boloñesa de Alba, era inesperadamente reconfortante.
—Delicioso —expresó sinceramente.
—Menos mal que le atiné y no terminaste con un ojo lleno de salsa —rio relajada—. Andá, traé un plato, que no voy a darte de comer en la boca como a un bebé —dijo y a continuación volvió a reír.
Mientras compartían su cena, ambos sabían que, a pesar de la soledad que podían sentir en otros aspectos de sus vidas, en ese momento, no estaban solos.
Emiliano se levantó con un gesto de determinación y caminó hacia el dispensador de agua; la luz sobre la mesa de la cocina comunal reflejaba su silueta. Con cuidado, llenó dos vasos, el sonido del líquido cayendo era casi musical en la quietud del lugar. Regresó a la mesa con una sonrisa, ofreciendo uno de los vasos a Alba.
Al tiempo que bebían, Emiliano rompió el silencio con una pregunta que parecía haber estado en su mente por un tiempo.
—¿No te molesta que las cosas desaparezcan o las cambien de lugar? Los estudiantes no siempre son… —carraspeó— somos… considerados.
Alba suspiró y respondió con una mezcla de resignación y aceptación en su voz.
—Es frustrante, obvio. Pero aprendí a adaptarme. A veces, incluso me ayuda a recordar que nada es realmente mío y que todo es temporal.
La respuesta de Alba reveló una profundidad que Emiliano no esperaba, y esto incrementó su admiración hacia ella.
La conversación fluyó naturalmente hacia otros temas hasta que Emiliano, al observar el reloj y notar que se acercaba la medianoche, decidió hacer una propuesta.
—¿Tenés planes para después? —Hizo una breve pausa y se animó a continuar—. Podríamos dar un paseo, si tenés ganas —miró por la ventana y vio que ya no llovía—, la noche mejoró mucho.
—Me encantaría —dijo con su voz llena de entusiasmo—. Un paseo suena perfecto.
La cena había concluido y, con un gesto de caballerosidad, Emiliano insistió en encargarse de los utensilios.
—Dejame lavar esto —dijo con una sonrisa. Alba asintió, quedándose sentada, escuchando el chapoteo del agua y el tintineo de los objetos mientras Emiliano lavaba.
—Listo, podemos irnos cuando quieras —anunció, secando sus manos una vez terminada la tarea.
Alba tomó y desplegó su bastón y, juntos, abandonaron la cocina. Sus pasos resonaban en el pasillo que los llevaba de vuelta al amplio patio situado entre los edificios estudiantiles y académicos.