[“La música expresa aquello que no puede decirse con palabras, pero que no puede permanecer en silencio.” - Víctor Hugo]
Avanzaban en una calma confortable cuando Alba interrumpió la tranquilidad con sus palabras.
—¿Qué instrumento tocás, Emi?
“Emi”, pensó el chico y la sonrisa casi pudo escucharse.
—Toco el saxofón, aunque mi madre siempre dice que es un instrumento de seducción, nada elegante ni refinado como el violín, por ejemplo. —Su tono era ligero, pero Alba podía percibir un dejo de incomprensión—. Creo que, si les hubiera dicho que iba a convertirme en violinista o chelista, su reacción habría sido diferente… —reflexionó en voz alta—. ¿Siempre quisiste ser pianista, Alba? —preguntó con una curiosidad genuina.
La chica se tomó un momento antes de responder, como si estuviera recogiendo los hilos de sus recuerdos más preciados.
—No, no siempre —empezó, hablando con voz suave pero firme—. Hubo un tiempo en que la música era simplemente un refugio, un lugar donde podía ser yo misma sin temor ni inhibiciones. Con el paso del tiempo, se convirtió en mi voz, en mi manera de expresar todo lo que no podía decir con palabras. Fue un período complicado en mi vida… —Hubo un silencio que Emiliano prefirió no interrumpir y luego siguió diciendo—: en definitiva, es más que una pasión; es una parte esencial de quien soy.
Su respuesta resonó en el aire tranquilo de la noche, y Emiliano asintió, comprendiendo la profundidad de su conexión con la música.
Tras un breve silencio, miró hacia la sala de música en la que habían estado antes.
—La pieza que estabas tocando antes, es hermosa.
El rostro de Alba se iluminó, y una chispa de entusiasmo vibró en su voz.
—Es ‘Idea 10’ de Alcocer. Un compositor mexicano muy joven. Resulta que él quería ser diseñador gráfico, pero la universidad era demasiado cara, así que decidió monetizar sus composiciones para poder pagar la uni y todo eso con un piano eléctrico desde la comodidad de su dormitorio, fue todo un boom este Gibrán Alcocer… —Alba percibió confusión en Emiliano y se rio—. ¿Te esperabas un maestro del siglo dieciocho o del Clasicismo musical?
—La verdad… ¡me sorprendiste! Una vez más… —dijo lo último bajando la voz.
—La escuché en t****k y pjjj —hizo el gesto que acompañaba a la onomatopeya, haciendo que Emiliano riera—, me voló la cabeza, posta. Es una pieza que explora la dualidad de la luz y la oscuridad, la lucha interna que todos enfrentamos. Pero eso es lo que yo interpreto, vaya uno a saber lo que él sentía al componerla, Alcocer es un maestro en transmitir emociones complejas a través de las teclas, y esta melodía… es como si cada nota fuera un paso más en un viaje hacia la comprensión de uno mismo.
Emiliano escuchaba, fascinado por la pasión que Alba ponía en cada palabra. Era evidente que, para ella, la música no era solo la secuencia ordenada de notas, ni sonidos armoniosos, sino narrativas vivas que contaban historias más allá de lo evidente.
Con la conversación fluyendo entre ellos, se sentaron en una banca del patio, rodeados por la quietud de la noche y el suave murmullo de los árboles. La luna colgaba alta en el cielo. Alba colocó su bastón cuidadosamente entre ellos, un puente silencioso que marcaba tanto la cercanía como el espacio personal. Luego, con un movimiento fluido, giró su cuerpo hacia Emiliano, doblando una pierna sobre la banca y enfrentándolo directamente. Sus manos se movían hacia los puños de su polerón verde lima, estirándolos en un gesto que denotaba una mezcla de timidez y determinación, como si se preparara para compartir algo importante.
Emiliano, cautivado, observaba cada detalle de su rostro, intentando capturar cada detalle de Alba en su memoria. La luz del patio apenas delineaba sus rasgos, se percató de que sus ojos tenían una turbidez misteriosa que hacía imposible descifrar su color original. ¿Eran verdes? ¿Marrones? La piel de Alba, de un blanco lechoso, estaba salpicada de pecas que hablaban de su herencia pelirroja. Su nariz, de contornos delicados, complementaba sus labios carnosos, que llevaban un tono rojizo con matices anaranjados. Emiliano los miraba con un deseo velado y una admiración que iba más allá de lo físico.
Cuando Alba sonrió, su dentadura perfecta y brillante parecía iluminar todo a su alrededor, haciendo que el mundo en torno a él fuera un lugar más cálido y acogedor. Tan absorto estaba en la contemplación de su rostro, que casi no se percató de la pregunta que Alba le había formulado, una pregunta que flotaba en el aire, esperando ser respondida en la tranquila noche que compartían.
—Emi… —Lo llamó, su era voz clara, pero la falta de respuesta la había dejado en suspenso, preguntándose si él no había escuchado o si había elegido no responder.
—Perdón, estaba… perdido en mis pensamientos —se disculpó, sacudiéndose de su ensimismamiento y reprendiéndose por su descuido, consciente de que había dejado a Alba esperando.
—¿No tenés curiosidad sobre mi ceguera? —Repitió su pregunta. Su tono era suave, sin rastro de reproche, invitando a una conversación honesta.
Emiliano asintió, su expresión era seria.
—Claro que sí, pero no quería parecer indiscreto. Es solo que… no creo que eso te defina, te veo moverte con tanta independencia y seguridad… —las palabras quedaron colgadas, e inmediatamente volvió a intervenir—. Aunque sí me pregunto cómo es para vos, qué sentís, cómo lo manejás cada día…
Alba sonrió, apreciando su consideración.
—No siempre fue así, ahora es parte de mí, como la música lo es para vos, o para mí. Aprendí a ver el mundo de una manera diferente, a través de los sonidos, los olores, las texturas… —dijo e hizo una pausa evaluando si decir lo que quería, tras unos segundos, continuó—: por ejemplo, en la sala de música, percibí tu aroma, diferente al del profesor Augusto. Y sí, a veces es un desafío, pero también me enseñó a apreciar las cosas de una forma que nunca imaginé.
—Entiendo —dijo Emiliano, asintiendo con una mezcla de respeto y una nueva comprensión—. Puedo preguntar cómo pasó. ¿Cómo fue que perdiste la vista?
Alba tomó una respiración profunda, como si se preparara para sumergirse en las aguas profundas de sus recuerdos.
—Fue un accidente en el colegio, algo tan rápido como inesperado —comenzó Alba, su voz era serena pero cargada de la intensidad del momento que describiría—. Estaba en el laboratorio de química, en una clase práctica y algo salió mal, una reacción que no calculamos y hubo una explosión. La irresponsabilidad o la boludez propia de creerse vivo, supongo —tragó con dificultad—. No usé lentes de seguridad y los fragmentos de vidrio del matraz volaron por todas partes y algunos de ellos… algunos golpearon mis ojos.
Él escuchaba atentamente, absorto en la historia de Alba. Su expresión era un reflejo de asombro y preocupación.
—¡Por Dios!, eso debe haber sido terrible… —respondió Emiliano, conmocionado y sin poder imaginar la angustia y el dolor que había sufrido Alba, su voz fue tan baja que apenas fue audible.
—Lo fue… los médicos dijeron que era un leucoma traumático —admitió y enseguida trató de buscar la forma de explicarlo sencillamente—: es que, por las heridas de los vidrios, en mi caso en ambos ojos y justo en las pupilas, las córneas se pusieron opacas. A pesar de los esfuerzos de los oftalmólogos, la opacidad se volvió permanente y perdí la vista. A los catorce años, el mundo tal como lo conocía se desvaneció.
—¿Cómo lo enfrentaste? —preguntó Emiliano, tomándola de la mano. Su curiosidad estaba teñida de admiración.
—Bueee... al principio fui un desastre, pero de verdad, un desastre horrible. Estaba enojada con el mundo, aunque en realidad estaba enojada conmigo misma. Con el apoyo de mi familia, fui llevándola. Nunca fui de tener muchos amigos y los pocos que tenía, entre mi depresión y que es una edad complicada, los fui perdiendo, pero no los culpo... realmente era una persona espantosa en ese momento —dijo sin un atisbo de resentimiento—. Y luego estaba la música, que se convirtió en mi salvación —confesó con entusiasmo—, mi forma de conectar con el mundo. A través de ella, aprendí a ver de nuevo, pero de una manera diferente.
Reflexionando sobre sus palabras, Emiliano se sintió impresionado por su fortaleza y su habilidad para encontrar luz en la oscuridad.
—Sos increíble, Alba —enfatizó con voz suave—. No puedo ni imaginar lo que pasaste. Perder la vista, enfrentar todo eso... pero tenés esa pasión que es como una luz que te guía. No solo te ayudó a superar ese momento horrible, sino que también te hizo más fuerte. Es como si cada nota que tocás fuera un grito de resistencia contra la oscuridad. Tu historia... es inspiradora. —Alba sonrió con expresión serena.
—Todos tenemos nuestras historias, Emi. Esta es solo la mía.
La conversación se profundizó en un intercambio reflexivo, compartiendo experiencias y perspectivas. A medida que la noche avanzaba, ambos encontraron un lugar de comprensión y respeto mutuo, unidos por la sinceridad y la empatía.