—Supongo que podemos hacerlo— gruñó el hombre—. Pero no crea que se la va a llevar a casa. La retendremos aquí hasta que el Duque reconozca nuestros derechos. —¡Oh, haga que papá acceda!— murmuró Aline en voz baja, dirigiéndose a Marisa. —Estoy segura de que el Duque responderá a sus demandas si son razonables— dijo Marisa—, ¡Claro que son razonables! Dijeron a la vez los dos hombres. —Tengo la impresión— continuó Marisa—, de que su señoría no tiene la menor idea de las dificultades por las que atraviesan ustedes. Es posible que no sepa siquiera que están en huelga. —El señor Nicholson lo sabe perfectamente— dijo el anciano. —El señor Nicholson no es el Duque— replicó Marisa—, y ustedes saben tan bien como yo que cuando los mensajes pasan a través de otra persona, es fácil que se dis

