ALESSANDRO La madrugada me encontró en el estudio, con un café frío y el mapa de Malta extendido frente a mí. Las luces tenues no molestaban mis ojos; ya llevaba horas en la oscuridad, dejando que mi mente tejiera los hilos de una guerra que aún no estallaba… pero que ya estaba marcando cadáveres. Rupert. Maldito bastardo con cara de aristócrata y alma de rata. Todo empezaba a encajar. Sus movimientos silenciosos. Su ascenso repentino. Las conexiones con los árabes. El puto acento británico que uno de los hombres mencionó durante un interrogatorio. No era una corazonada. Era un patrón. Y yo no creía en las coincidencias. No después de ver a Elena sangrando. No después de enterrar a Amelia. Rupert había cruzado una línea que no se borra. Con Marcello organizamos la parte logística pa

