ALESSANDRO Al día siguiente, temprano, Samuel me interceptó en la cocina mientras preparaba café. —Tenemos algo —dijo sin rodeos—. Un testigo en el club del puerto vio a uno de nuestros guardias reunirse con un extranjero. No sabemos quién es aún, pero no parece cliente habitual. —¿Extranjero de dónde? —pregunté. —No habló mucho, pero parecía del medio oriente… o de Europa del Este. No tenemos imágenes claras. Pero el guardia salió sin pasar el control, se fue por la salida trasera. Fruncí el ceño. Una corazonada maldita empezó a arderme dentro. No dije nada, solo asentí. Minutos después, marqué a Vladimir. —¿Qué carajo quieres, Vannicelli? —contestó con voz dormida. —Atacaron mi casa, Vlad. Entraron armados, hirieron a Elena. Un silencio largo. Después, la furia explotó al otro

