ALESSANDRO Encendí un habano sin prisa, apoyando los pies sobre el escritorio de roble. Las luces tenues iluminaban apenas la habitación, y el aroma a cuero viejo y humo caro me envolvía como una puta amante fiel. La noche aún me sabía a Elena. A su cuello, a su cuerpo. A sus uñas marcadas en mi espalda. Pero también… a algo más. A esa sensación de que alguien está jugando en mi maldito tablero sin permiso. Marcello entró sin anunciarse. Como siempre. El muy cabrón no tocaba puertas. Y yo se lo permitía. —¿Y tú desde cuándo trabajas para mí, eh? —solté con una media sonrisa, mientras le ofrecía un trago de whisky. Marcello soltó una risa seca y agarró la copa. —Vaffanculo (vete al carajo), bastardo. Solo cuando tus pendejadas me salpican. —Ah, entonces siempre. —brindé en el aire

