En el altar y una noche de bodas

2062 Words
Alessandro Ella me mira como si le acabara de escupir en la cara. Ese brillo en sus ojos, ese destello entre odio y orgullo, me provoca una punzada en la boca del estómago... no de culpa. No. De maldita satisfacción. —Qué triste —susurro con sorna, mientras el sacerdote balbucea algo sobre la unión sagrada, que me importa una mierda—. Que se enteraras que la niñita tenía a un mafioso enterrado en el coño antes que un anillo en el dedo. La veo apretar los labios, su nariz se contrae apenas. Está a un segundo de escupirme una respuesta. Me da placer saber que cada palabra la enciende... pero no de la forma romántica que todos esperan. —¿Te crees tan macho solo porque me cogiste una vez en un hotel de mierda? —murmura ella, con los labios apenas moviéndose, sin dejar de sonreír para los invitados—. No me hiciste nada que no haya superado con dos dedos y una ducha caliente. Ah, qué jodida perra. Me río. Bajo. Rasposa. Le dejo ver la sonrisa torcida que arrastro cuando algo me divierte en serio. —¿Dos dedos? —me inclino un poco, mis labios casi rozan su oreja—. Eso explica por qué te lo metí entero y aún así me rogabas que no parara. ¿Quieres que te recuerde cómo gemías? Porque yo sí me acuerdo. Te corriste en mi boca, en mis manos... y cuando te la metí, gritaste como si te estuviera partiendo en dos. Y lo estaba. Ella se queda helada un segundo. Sus pupilas se dilatan, y no es solo por rabia. La recuerdo jadeando, empapada, aferrándose a mis hombros mientras me pedía que no me detuviera... que la hiciera mía. Pero no me dejo llevar. No es el momento. No con quinientas personas mirando. No con su hermano observándonos como un halcón. No con mi familia de por medio. —Qué lástima que tengas que quedarte con el recuerdo —dispara, bajando la mirada por un instante a mi entrepierna y luego volviendo a mis ojos—. Porque eso es todo lo que tendrás. Tu v***a puede tener a todas las putas que quieras, pero no volverá a tenerme a mí. —¿Crees que quiero repetir contigo? —me burlo sin piedad—. Una noche fue suficiente. Eres una niña malcriada con cara bonita y el ego por los cielos. Follar contigo fue como domar una yegua rabiosa. Divertido, sí... pero agotador. Y tengo opciones más dóciles, más limpias... y que no lloran después de venirse. Su mandíbula se tensa. Lo sé. La golpeé en el orgullo. Porque Elena puede odiarme, pero sabe que lo que tuvimos fue salvaje, sucio, de esos polvos que no se olvidan. Y se lo restrego con gusto. —¿Sabes qué es más triste que tus putas baratas? —responde ella, con una sonrisa helada—. Que vas a irte a follarte a una rubia sin nombre, mientras tu esposa... tu flamante esposa... va a estar con su amante esta misma noche. Porque si tú no me vas a tocar, no voy a dormir sola. Y ahí está. El golpe bajo. Me lo suelta como si me importara. Como si esa declaración me removiera algo más que el estómago. —Haz lo que quieras, muñeca. —La miro de arriba abajo, lento, descarado—. Solo no vayas a romperte intentando que te la metan igual de profundo que yo. Porque Rupert, tu príncipe, jamás te hizo gemir como lo hiciste en ese jodido hotel. Ni con anillo, ni con corona. —¡Bastardo! —susurra entre dientes, con los ojos fulminantes. —¿Y tú qué eres? ¿La santa virgen María? —me burlo—. No olvides quién abrió esas piernas primero. No fue Rupert. Fui yo. Con la camisa abierta, las manos sucias de sangre, y la boca entre tus muslos. Ella contiene la respiración. Yo también. Por un instante, todo lo demás se disuelve. No hay ceremonia, no hay invitados, no hay sacerdotes ni familia. Solo nosotros dos... enfrentados. A punto de estallar. —Esto no es un matrimonio, Alessandro. —Me lo escupe con los dientes apretados—. Es una sentencia. —Una que tú firmaste con tu coño —respondo sin pudor, burlón, encendiéndome en la provocación—. Te gustaba tanto jugar con fuego que ahora te estás quemando. Pero no me mires a mí como si fuera tu verdugo. Te metiste en mi cama solita. Consciente. Mojada. Ella lanza una carcajada seca, cínica. —Dime una cosa... ¿La rubia esa... sabe que vas a dormir con tu esposa esta noche? —¿Dormir? —Me río—. Yo no duermo con putas que me odian. Me voy a ir directo a mojar la cama de otra. Al menos esa sí se corre y agradece. Ella me da una sonrisa venenosa. —¿Y crees que esa rubia no va a correr a contarle a alguien que te cogió el mismo día que te casaste? —Y si lo hace... más fama para mí. A diferencia de ti, no me avergüenzo de lo que soy. Mafioso, sí. Pero también un cabrón que sabe dar placer. ¿Tú puedes decir lo mismo? —Yo no necesito probar nada, Alessandro. —Se inclina un poco hacia mí, sus labios apenas rozan mi barbilla—. Tú ya sabes que fui lo mejor que tu cama ha probado. La furia me sube a la garganta. Esa arrogancia... esa jodida arrogancia me calienta tanto como me saca de quicio. No la toco. Pero quiero hacerlo. Quiero agarrarla de la cintura, apretarla contra mí y volver a dejarla sin aliento. Y justo cuando el sacerdote dice el bendito "puedes besar a la novia", me le acerco con una sonrisa tan falsa como las joyas que lleva en el cuello. —Prepárate —le susurro—. Porque esto va a doler más que cuando te la metí sin pedir permiso. La tomo del mentón con fuerza, la obligo a alzar la cara, y la beso. No un beso dulce, no uno de esos que emocionan a las abuelas. Un beso cruel. De dominio. La muerdo un poco. No lo suficiente para dejar marca... pero sí para dejarle claro quién manda. Ella me responde. No con pasión. Con rabia. Me araña el labio, me muerde apenas la lengua. Y cuando nos separamos, ambos jadeamos como si hubiéramos corrido una maldita maratón. El público aplaude. Nosotros nos odiamos. Y así empieza el infierno. (...) El auto se detiene frente a la casa como si nos depositara en una jodida tumba compartida. Elena no dice una mierda desde que salimos de la iglesia. Solo se ha limitado a cruzar las piernas y mirar por la ventana con ese aire de princesa ultrajada que me dan ganas de estrellar contra el vidrio. Yo fumo. Un cigarro tras otro. Porque si no lo hago, la voy a tocar. Y no para besarla precisamente. —¿Vas a seguir fumando como si no te importara una mierda todo esto? —espeta al fin, mientras baja del auto. —¿Y no es así? —le respondo, sin mirarla, aplastando la colilla con la suela. Entramos juntos a la casa. Grande, fría, lujosa... vacía. Como nosotros. Como este matrimonio de mierda. —¿Esta es tu idea de un hogar? —pregunta mientras mira los muebles de piel negra y las luces tenues—. Está tan muerto como tú. —¿Y tú qué esperabas? ¿Flores? ¿Cortinas rosas? ¿Una canasta con gatitos? Esto no es un hogar. Es un acuerdo. No confundas las cosas. Ella se cruza de brazos. Su vestido blanco ya no parece de novia. Parece un disfraz. Una burla. —Ni siquiera tienes la decencia de pretenderlo. Eres tan miserable, Alessandro, que no eres capaz de fingir por cinco minutos que esto te importa. —¿Y tú sí lo haces? ¿Acaso te casaste conmigo por amor? No jodas. No finjas. Tú viniste a este altar con las piernas cerradas, pero la lengua afilada. Y con eso me basta. Elena se acerca y me empuja con ambas manos. —¡Eres un cerdo! Me río. Bajo. Crudo. —Un cerdo que te hizo gritar como nunca. Un cerdo que te tuvo de rodillas, con el maquillaje corrido y la lengua fuera. No te olvides, princesa, quién te hizo temblar. Ella me abofetea. No fuerte. Pero sí lo suficiente para que la sonrisa me crezca. —¿Te crees invencible, verdad? —No. Me sé inolvidable. —Doy un paso hacia ella—. ¿O quieres que te lo recuerde otra vez? Esta vez sobre la mesa. —No me vas a tocar. Prefiero morir. —Tranquila —respondo, con una carcajada áspera—. No me interesan las muñecas rotas. Me voy a coger a una puta. Una que sí sepa agradecer un buen polvo y no ladre como perra rabiosa. Ella me mira, herida. Lo sé. Pero no me voy a disculpar. Me lanza un "vete al infierno" con los ojos. —Ya estás ahí, mi amor —le digo antes de girar sobre mis talones y salir. No voy a cogerme a nadie. No esta noche. No cuando mi mente aún vibra con el jodido eco de su voz. Necesito aire. Y necesito ver a alguien que me recuerde que no todo en mi vida es una guerra constante. Manejo sin pensar. Termino en el viejo camino que lleva a la casa de Amelia. La mamá de Faby. No me detengo a pensarlo dos veces. Sigo con el traje. El maldito traje de bodas. El nudo de la corbata me asfixia, pero no me lo quito. Cuando Amelia abre la puerta, su expresión es de sorpresa. Pero no dice nada. Me deja pasar. Sabe cuándo hablar y cuándo quedarse callada. —¿Está despierta? Asiente. Y señala el pasillo con una sonrisa suave. Camino con paso silencioso. Toco la puerta apenas. Y la escucho. —¿Quién es? —El príncipe oscuro —respondo con voz grave, como hago cuando jugamos. La puerta se abre de golpe y Faby se lanza a mis brazos. Tiene un vestido de tul morado y una corona de plástico. Su sonrisa es más grande que todo el puto día. —¡Te ves guapo así! —dice, tocando mi saco—. ¿Vas a las bodas también? —Fui a una. Pero no era de cuento. Ella me mira, confundida. Yo la cargo y la llevo a su habitación. Todo es rosa, lleno de muñecas. Me deja sentarme en su pequeña silla de té mientras ella se acomoda frente a mí. —¿Quieres jugar? —Siempre. —Yo soy la princesa prisionera —dice, acomodando su corona—. Y tú el príncipe que me rescata del dragón. —¿Y el dragón quién es? —Mamá dijo que los dragones a veces son las cosas feas que la gente grande siente. Como cuando uno se enoja mucho. La miro. Esa jodida sabiduría infantil me desarma. ¿Qué hago aquí? ¿Qué carajo estoy haciendo con mi vida? Juego con ella. Espada invisible. Luchamos contra el dragón, que según ella está hecho de humo. Al final, la cargo como si la salvara de una torre imaginaria y la lanzo a la cama entre risas. Me abraza fuerte. Se queda quieta. Me susurra: —Yo sé que tú sí eres bueno. Me quedo helado. —¿Quién te dijo que no lo soy? —Nadie. Pero cuando me abrazas, se siente como si todo estuviera bien. Y eso solo pasa con los buenos. No digo nada. La arropo. Le dejo un beso en la frente. —Duerme, princesa. Salgo de la habitación sin mirar atrás. Amelia me espera con una taza de café. Me la ofrece sin palabras. —¿Te quedas? Asiento. —Solo esta noche. Mañana... el infierno sigue. Ella no pregunta. Solo asiente. Me siento en el sillón viejo, el único lugar donde he sentido paz en años. Cierro los ojos. Y por un instante... solo un instante... dejo de pensar en Elena. Pero sé que cuando amanezca, volveré a ese matrimonio maldito. Y la guerra continuará. 
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD