La puta soledad de una esposa sin esposo

2459 Words
Elena Hijo de puta. La puerta ni siquiera alcanzó a cerrarse cuando la copa de champán voló contra la pared. El cristal se hizo mierda contra los azulejos blancos, y el líquido bajó como sangre, lenta y pegajosa. Hermosa manera de inaugurar la puta "noche de bodas". El eco de sus pasos aún estaba en el aire. Alessandro se había largado. Me dijo que se iba con una puta, así, sin filtros. "Me espera una rubia con las piernas abiertas", con esa sonrisa torcida, como si fuera un chiste interno entre demonios. Y yo me quedé aquí, sola, vestida de blanco, oliendo a flores falsas y promesas rotas. No lloré. No le iba a dar ese gusto. Pero me hervía la sangre. No solo por lo que hizo esta noche. No solo porque prefirió la entrepierna de una cualquiera a la cama donde, se suponía, me iba a coger como su esposa. ¡No! Me ardía porque, aunque me repugna admitirlo, ese cabrón me tocó de una forma que nadie más había hecho. El recuerdo del hotel me golpeó como una cachetada. Siete meses atrás. La puta cama crujía como si estuviéramos rompiendo las leyes del universo. Sus manos me sujetaban fuerte de las caderas, con rabia, con hambre. Me tenía contra el espejo, viéndome gemir como una perra en celo. Me dijo que no fingiera, y no fingí. Me corrí con sus dedos adentro, con su boca, con su v***a empujándome tan profundo que creí que me iba a romper por dentro. Y lo peor... es que lo disfruté. Maldito sea, lo disfruté como nunca. Sentí que dejaba de ser Elena para convertirme en fuego. Y sí, me odio por eso. Me odio porque, por una noche de sexo salvaje, perdí a Rupert, perdí mi vida planeada, mi cuento de hadas. Y ahora, estoy aquí. Sentada en un sillón que no elegí, en una casa que no es mía, vestida de esposa, sintiéndome como una puta abandonada. Agarro el celular. Desbloqueo por inercia. Nada me interesa. i********: está lleno de fotos falsas. Sonrisas de familia, champagne caro, y el beso. Ese maldito beso en el altar. Alessandro tomándome como si me perteneciera. Como si fuera suya. La notificación llega justo cuando pienso en él. Ironías de la vida. Rupert 🦁 Mi estómago se hace un nudo. No lo he bloqueado. No he podido. No he querido. El mensaje aparece, primero como un golpe seco: "No sé cómo pudiste." "¿Fue por venganza? ¿Por nuestra discusión?" "Esa foto... Elena, era necesario humillarme así?" Cierro los ojos. La puta foto. En el hotel. Mis piernas rodeándolo. Sus dedos marcados en mi piel. Mi cara perdida de placer. Y sí, Rupert, me corrí. Varias veces. Lo sabés, porque lo viste. Porque todos lo vieron. Alessandro me hizo gritar, sudar, gemir. Me hizo rogarle que no parara. Lo odio. "Lo siento. No debí escribirte así." "Te sigo queriendo, Elena." "Esa debió ser nuestra boda." No puedo respirar. Me aprieto el pecho. ¡Maldita sea! Rupert era mi futuro. Me había elegido, a pesar de todo. Estuvimos juntos un año. Y cuando lo mandé a la mierda por una pelea estúpida, Alessandro se metió en mi vida como un veneno dulce. Y sí. Lo busqué. Lo provoqué. Termina conmigo Rupert, y a los tres días estoy en una suite de hotel con el hombre más detestable del sur de Italia. Un mafioso. Un criminal. Un semental con los ojos más fríos y la v***a más dura que he probado. Mi celular vibra otra vez. "¿Estás bien? Vi la foto del altar. Se ven... felices." Lo siento. En el pecho. Como un puñal lento. No me atrevo a contestar, pero mis dedos se mueven solos. "No lo estoy." Espero. No hay respuesta inmediata. Pienso en borrar el mensaje. Pero ya es tarde. La burbuja aparece: "Él no te merece." "Yo hubiera dado todo por ti, Elena." "Lo sabés, ¿no?" Y lo sé. Maldita sea, lo sé. Rupert era bueno. Era firme, serio, correcto. Me respetaba. Me quería. Yo lo arruiné. "Fui una idiota." "No. Fuiste herida. Te empujé sin querer. Pero aún te amo." Las palabras me abruman. Siento un nudo en la garganta. Me odio por las decisiones que tomé. Por lo que sentí. Por lo que pasó con Alessandro, que no fue solo sexo. Fue guerra. Fuego. Y ahora estoy quemada. Me levanto. El vestido me estorba. Me lo arranco con rabia. Me arrastro al baño. Me miro en el espejo. No soy la princesa que imaginé. Soy otra cosa. Algo sucio, algo roto. Y me duele... porque sé que si Alessandro entrara por esa puerta ahora mismo, con esa sonrisa de mierda, y su voz rasposa diciéndome "estás preciosa cuando estás furiosa", volvería a dejar que me tomara contra la pared. Y eso me enferma. Me enferma querer al que me humilla. Al que me dejó sola. Al que se fue con una puta mientras yo me ahogo en mi vestido de novia. Otra notificación. Rupert otra vez. "¿Podemos hablar? Quiero verte. Aunque sea solo para despedirme bien." El nudo en mi estómago se hace más fuerte. ¡No debería! Pero quiero. Necesito. Necesito algo que no me haga sentir usada. "No esta noche. Pero pronto." "Estaré esperando. Por ti. Siempre." Cierro el chat. Me dejo caer sobre la cama enorme y fría. Huele a sábanas nuevas y desdicha. Me tapo el rostro con las manos. Soy una esposa sin esposo. Una puta sin orgasmo. Una mujer rota entre dos hombres. Y esta noche, me odio más de lo que jamás odié a nadie. Trago saliva. Me arde la garganta. Me arde todo. Y es una mierda. Porque una parte de mí quiere creer que todo esto fue un error. Que puedo devolver el tiempo. Que puedo volver a estar en su departamento en Londres, enredada en sus brazos, entre sábanas blancas, escuchando su acento suave mientras me llama "mi amor". Me tapo la cara con las manos. Maldigo. Me maldigo a mí misma por ser una estúpida. Por haber terminado en esa maldita cama de hotel hace siete meses. Por haber gemido el nombre de un mafioso italiano con los dientes apretados, las piernas abiertas y el alma hecha trizas. Y porque lo peor de todo... es que me encantó. Rupert era cariño. Alessandro fue guerra. Rupert me acariciaba como si tuviera miedo de romperme. Alessandro me tomó como si el mundo se fuera a acabar esa noche y necesitara destruirme antes. Y me encantó. Maldita sea, lo disfruté. Los dedos me tiemblan. Bajo la sabana, aprieto los muslos. Intento pensar en Rupert. En cómo me besaba despacio, en cómo me decía que me amaba, en cómo me hacía el amor con paciencia… Pero la imagen se desvanece tan pronto mi cuerpo empieza a reaccionar. No. No es Rupert el que me viene a la cabeza. Es Alessandro. Es su voz sucia en mi oído. Es su boca salvaje entre mis piernas. Es su mano sujetándome del cuello mientras me hacía gemir tan fuerte que la habitación entera debió retumbar. Es su maldita risa cuando me corrí y me miró con esos ojos de hielo como si supiera que jamás podría olvidarlo. —Mierda... —susurro, frustrada, soltando el aire con fuerza. Saco mi mano de mi entrepierna de inmediato. Me odio. ¿De verdad estoy pensando en él? ¿Después de cómo me humilló? ¿Después de decirme que se iba a revolcar con otra en nuestra noche de bodas? Me arrastro fuera de la cama como si me quemara. Camino directo al baño, me despojo de todo y abro la regadera en lo más frío. Me meto sin pensarlo. El agua helada me golpea los pechos, el estómago, la espalda. Me hace estremecer. Pero me ayuda. Me ayuda a borrar su voz, su olor, su cuerpo. Me ayuda a sentir asco de todo. Incluyéndome. Cuando salgo, tiritando, me doy cuenta de que aún no han traído mi ropa. Ni un maldito pijama. Obvio. Porque esto no es un matrimonio de verdad. Nadie esperaba que durara más que un par de semanas antes de que yo me fugara o Alessandro terminara muerto en una zanja. Envuelta en la toalla, camino por la casa sin hacer ruido. Aún no conozco bien el lugar. Es enorme, sobrio, elegante. Pero frío. Muy masculino. Como si nadie viviera aquí realmente. Como si no fuera más que una fachada. Llego al vestidor de Alessandro. Abro la puerta y de inmediato siento como si me invadiera su presencia. Todo está perfectamente alineado. Camisas por color, trajes impecables, los zapatos brillando en fila. Casi me da miedo mover algo. —Maldito enfermo del orden... —murmuro, aunque algo dentro de mí se ríe. Es tan ridículo que hasta eso lo controle. Como si controlar el mundo fuera suficiente para no desmoronarse. Abro uno de los cajones. Me pierdo entre sus cosas. Huele a él. A su perfume caro y a cigarro caro y a pecado. Agarro una de sus camisetas negras, grande, suave. Y un short de chándal gris, de esos que probablemente solo usa para entrenar. Me los pongo. Me quedan enormes. Pero me cubren. Y huelen… Huelen a él. Camino de regreso a la habitación con los pies fríos. Me tiro en la cama, todavía medio mojada, abrazándome las piernas. No quiero llorar. No lo haré. Esta no es la noche que soñé. No hay música. No hay baile. No hay besos dulces. Hay una cama vacía. Y un hueco en el pecho. Y Alessandro. Ese imbécil que se fue con una puta. Y me dejó con el recuerdo de su lengua sucia y sus manos fuertes. Con la certeza de que no me va a tocar nunca más… pero que no me va a soltar jamás. —Esto va a ser un puto infierno... —susurro al techo, dejando que el nudo en el estómago se haga cada vez más pesado. Porque lo sé. Porque él y yo vamos a destruirnos. Y lo peor… Es que no puedo esperar. Hasta que el sueño me vence, agradezco en silencio, para dejar de pensar. ALESSANDRO Un peso pequeño, cálido, me aplasta el pecho. Parpadeo con lentitud. Todavía me duele la cabeza del maldito estrés y el sillón donde dormí me dejó más jodido que cualquier madrugón con los de Palermo. Siento unos deditos enredados en mi camisa. Luego un bostezo, seguido de una vocecita que me susurra pegada al cuello: —Papá… ¿ya es de día? Miro el reloj con los ojos entrecerrados. 4:07 a.m. —No, topolina (ratoncito)… —le acaricio el cabello—. Aún es de noche. ¿Qué haces despierta? —Soñé que me dejabas otra vez… El estómago me da una patada seca. Joder. Esa culpa no se va nunca. —No me fui —miento, porque técnicamente estoy aquí, pero sí, me fui. Me fui de su vida, de su infancia, de su primer diente y de su primer día de escuela. La abrazo fuerte. Se acomoda sobre mi pecho, como si no hubiera pasado el tiempo. Como si aún tuviéramos nuestras noches de cuentos. —¿Me cuentas uno? El de la princesa que escapa del dragón… —¿Y si ahora el dragón es bueno? —pregunto con una sonrisa. —Mmm… solo si el dragón no se va. —Su vocecita se apaga despacio. Y entonces lo hago. Le invento un cuento sobre una princesa testaruda que grita mucho, pero que el dragón igual la quiere. Ella se ríe, me acaricia la cara con sus dedos tibios… y se queda dormida ahí, sobre mi corazón. La cargo despacio. Está tan ligera que me siento peor por no haber estado para verla crecer. La llevo a su cuarto, le acomodo las cobijas, y le doy un beso en la frente. Luego bajo sin hacer ruido. En la cocina, busco un papel y escribo con mi letra de la mierda: "Me fui. Gracias por todo, Amelia. Avisa si pasa algo con la enana. A." Salgo de ahí sin hacer más ruido. Subo al auto y manejo con el aire en la cara para no pensar. Pero claro que pienso. En lo que dejé. En lo que tengo ahora. En que me casé. "¿Y si está con su amante?" La idea aparece sin permiso. No me dolería. No debería. Pero joder… sí pica. Una parte de mí quiere entrar a la casa y encontrarla montada sobre otro, que me mire a la cara mientras se corre por venganza. Y la otra parte… La otra parte está lista para arrastrarlo por los pasillos con la puta cabeza abierta. Entro. Silencio. Todo oscuro. Camino por el pasillo con cuidado, esperando escuchar risas, jadeos, cualquier cosa. Pero nada. Hasta que abro la puerta de mi cuarto. Y ahí está. Dormida. En mi cama. Con mi camiseta puesta. Y uno de mis shorts. —¿Qué mierda…? Me quedo en el marco de la puerta. Nunca, nunca, ha dormido una mujer en esta cama. Esto es mi espacio. Mi casa. Las putas son para el penthouse. Aquí no entra nadie. Y ahora ella está ahí, envuelta en mí. Miro la ropa. Me doy cuenta de que no tiene nada suyo aquí. Por supuesto que no. Saco el celular y le escribo a Mirra: "Compra ropa para Elena. Básica, pijamas, interior, lo que sea. Talla chica. Ponlo todo en mi vestidor. Y organiza su espacio ahí. Que sea hoy mismo." Antes de enviar, agrego: "Y asegúrate de que huela bien. Y no barato." Le doy enviar. Guardo el teléfono. Me acerco. Se ve distinta. Sin maquillaje, sin gritos, sin ese ceño fruncido de niña rica emputada con el mundo. Y entonces pasa. Una lágrima. Suavemente, se desliza por su mejilla. Frunzo el ceño. Me detengo. —¿Qué mierda…? Ella susurra. Apenas. Como si lo dijera soñando: —Alessandro… Otra lágrima. Trago saliva. No sé por qué me incomoda tanto. Me siento como si alguien me hubiera metido un puño en el pecho y apretara fuerte. ¿Llora por mí? ¿Me odia tanto como para soñar con eso? ¿O me quiere lo suficiente para que le duela? No sé qué mierda pensar. No me gusta. No quiero pensar. Me quito la camisa. Luego los pantalones. Me quedo solo con los boxers y me meto del otro lado de la cama. Su respiración se estabiliza cuando me acomodo. No la toco. Ni siquiera me acerco. Pero el calor de su cuerpo está ahí. Y el olor a mi ropa. Y su nombre escapando de sus labios. Cierro los ojos. "Esto es una bomba." Pienso. "Y ya le prendimos fuego." Y me duermo.
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