ALESSANDRO
Pip. Pip. Pip.
La alarma suena en la mesilla.
Abro los ojos, parpadeando como si me hubieran arrojado luz directa a la cara.
Me pesa el cuerpo.
La boca me sabe a mierda.
Y hay algo —alguien— encima de mí.
Mi pecho sube y baja, tibio, cubierto.
Volteo.
Y ahí está.
Elena.
Durmiendo, con la cara en mi pecho, una pierna por encima de las mías y los labios entreabiertos.
Se ve... jodidamente tranquila.
No está gruñendo.
No está retándome.
No me está lanzando nada.
Respiro profundo. Su perfume es suave, casi dulce.
Y mi cuerpo reacciona sin permiso.
Despierto por completo cuando siento la presión entre mis piernas.
Joder…
Una erección brutal.
Tensa. Dolorosa.
Pero lo peor… lo que me desarma un poco…
es que se siente bien.
Su respiración se sincroniza con la mía.
Su cuerpo encaja perfecto.
Y sin pensarlo —sin siquiera decidirlo— mi mano sube por su espalda.
Rozo su piel por debajo de la camiseta.
Está caliente… viva.
Y cuando mis dedos llegan a su cintura, cuando la siento respirar profundo como si lo disfrutara también…
una maldita paz me inunda el pecho.
Eso no me gusta.
No me gusta sentir paz.
—Mierda.
Me levanto de golpe como si me quemara.
La empujo sin querer, no con fuerza, pero lo suficiente para que caiga a su lado de la cama.
—¡¿Qué te pasa, imbécil?! —gruñe, adormilada y ofendida.
—¡Nada! —me llevo la mano al rostro.
Mi corazón late como si hubiera corrido un maratón.
Mi erección sigue ahí, jodiéndome.
Ella me jode. Todo de ella me jode.
—¿Qué hiciste? ¡Me estabas tocando, enfermo! —su voz sube como látigo.
—Ni que fuera la primera vez, Elena —le suelto, cínico—. No parecías quejarte cuando te tenía gimiendo en el sillón del hotel.
Ella se levanta de la cama de un salto.
Mi camiseta le queda suelta, le cae hasta medio muslo, y aún así la muy cabrona logra verse sensual sin querer.
Los pezones se le marcan bajo la tela.
Las piernas al descubierto, la boca roja, desordenada.
—¡Eres un cerdo! ¡Un asco de ser humano!
—¿Y tú? ¿No ibas a gritarme que me odiabas mientras te venías en mi cara?
Ella me lanza una mirada que podría matar a un ejército.
Pero no me detengo.
Estoy prendido.
Jodidamente encendido.
—¿No ibas a pasar la noche con tu puta? —me escupe con veneno.
Por un segundo me detengo.
¿Está hablando de Faby?
Pero no…
Faby es mi hija.
Mi hija.
Nadie sabe de ella. Solo mis hermanos.
Ella no podría saber.
Entonces recuerdo… la conversación de anoche.
Le dije que saldría a ver a una puta.
Literalmente.
—Tranquila, señora Vannicelli —le digo con una sonrisa torcida—. No iba a faltar a dormir con mi flamante esposa.
—¡Eres un maldito bastardo!
—¿Eso te prende o te asusta? Porque yo recuerdo muy bien lo mojada que estabas la última vez que me dijiste eso.
Ella me lanza una almohada. Directo a la cara.
Ni lo pienso. Se la regreso.
Le pega en el pecho, y me suelta un chillido de furia.
—¡Te juro que antes me corto una teta que tener que rogarte algo!
Me río.
Fuerte.
Y me acerco un paso.
—Tranquila, bruja. No te voy a tocar…
no a menos que me lo ruegues.
Ella se queda helada un segundo.
Después me apunta con el dedo, con los ojos convertidos en carbón encendido.
—¡¿Rogarte a ti?! ¿Estás enfermo? Antes me meto una pistola en la boca, pedazo de mierda.
Me acerco otro paso.
La miro directo.
No le toco un pelo.
Pero mi voz baja, gruesa, sucia:
—Sabes que te gustó. Sabes que me necesitas.
Y el día que lo aceptes, voy a hacerte pedazos en esta misma cama.
Pero no antes de escucharte suplicar, con mi nombre en la boca y las piernas abiertas.
Ella me da una bofetada verbal con la mirada.
—Eres despreciable.
—Ya veremos, señora Vannicelli.
Le guiño un ojo con toda la arrogancia que tengo encima y me voy al baño.
Cierro la puerta.
Me apoyo contra ella.
Mi pecho sube y baja, aún caliente.
Me miro al espejo. Estoy duro. Jodidamente duro.
No me voy a mentir.
Esa maldita mujer me tiene como adolescente.
Y no puedo más.
Bajo el boxer.
Mi mano me envuelve, firme.
Y en mi cabeza, ella aparece.
La imagino en esa misma cama, boca abajo, con la camiseta alzada.
Su culo redondo, expuesto.
Su espalda arqueada.
Mis manos en sus caderas.
Mi lengua en la base de su espalda, subiendo despacio hasta su nuca.
Ella gimiendo bajo mí, apretando las sábanas.
—¿Vas a rogarme ya, Elena? —le susurro en mi mente.
Ella no responde.
Pero se mueve, se frota.
Y en mi fantasía, me suplica con la mirada.
Con los labios temblorosos.
Mordiéndose los dedos para no gritar.
—Esa boca… —gimo bajito mientras me muevo más rápido—. Esa boca me va a matar.
La imagino con mis dedos dentro de ella, retorciéndose, jadeando.
Llorando de placer.
Gritando mi nombre como si fuera la única palabra que existe.
Estoy a punto.
Aprieto la mandíbula.
—Elena… joder…
Y me vengo.
Fuerte.
Descargando con una maldita intensidad que me deja temblando.
La imagen de su cara sudada, con el labio mordido, los muslos abiertos y mi nombre en su boca... no se me va.
Abro los ojos.
Me veo en el espejo.
Y lo digo sin pena, con media sonrisa torcida:
—Estoy jodido. Bien jodido.
Todavía estoy respirando con fuerza. Mis costillas se expanden como si acabara de salir de una pelea. El espejo empañado, mi reflejo distorsionado… pero los ojos siguen igual. Negros. Ardientes. Como cuando tengo una idea que sé que puede romper algo. O a alguien. La punta de mi v***a sigue roja, palpitante, brillante con mi semen. Y todavía no me limpio del todo. Ni quiero. Me gusta cómo se ve. Me gusta más cómo me hace sentir.
Estoy por tomar la toalla cuando escucho el golpe en la puerta.
Toc-toc.
—¿Ya terminaste de jalártela o vas a seguir pensando en mí como un pervertido? Quiero entrar a bañarme —dice Elena del otro lado, con esa voz que me araña el oído, siempre filosa, siempre lista para arrastrarme a un puto abismo.
Pero no es rabia lo que me provoca. Es un calor denso, maldito. Algo que se retuerce dentro de mí. Una chispa que prende fuego a todo lo que soy.
Una sonrisa perversa me cruza la cara. Se me ocurre algo. Algo muy yo.
Me quito el bóxer sin apuro, dejando que se quede en el suelo como si fuera piel vieja. Estoy completamente desnudo. Brillando. Todavía caliente. Me paso una mano por el abdomen, arrastrando semen con ella, sintiendo el calor espeso sobre la piel.
Y sin avisar, abro la puerta.
De golpe.
Elena está ahí, alzando una ceja, lista para soltarme otra de sus malditas frases con veneno. Pero se queda callada.
Completamente.
Sus ojos bajan. Rápidos. Directos. Como una bala que se clava donde no debería. Y se detienen en mi erección, dura, arrogante, apuntándola sin ningún pudor.
No dice nada. Pero yo sí.
—¿Quieres ayudarme? —le gruño, mi voz más baja, más cargada—. Aún tengo leche para ti. Mucha. Suficiente para pintarte toda la cara, la boca, la garganta…
La observo con atención. Sus mejillas se tiñen de rojo. Y lo sé. Esa reacción no es solo rabia. No es molestia. Es hambre.
Me muevo más cerca. No cierro la puerta. Me planto frente a ella con toda mi desnudez, sin una gota de vergüenza. Empiezo a tocarme de nuevo. Lento. Firme. Como si estuviera marcando un ritmo que solo ella debería seguir.
—Podrías lamer lo que se manchó… —le digo, y con mi mano libre recojo un poco del semen que resbala sobre mi abdomen—. Ya lo hiciste antes. Como una perra buena.
Me acerco más. La sujeto con fuerza de la mejilla. Con autoridad. Con hambre. Clavo los dedos en su nuca, jalándola ligeramente hacia mí. El contacto es directo, violento, íntimo.
Y entonces le unto mi semen en los labios.
Despacio. Sin prisa.
Y ella… lo lame.
Tal vez inconsciente. Tal vez porque no lo piensa. Pero su lengua pasa sobre el borde inferior, saborea. Sus pupilas se dilatan. Su respiración se agita. Y yo… sonrío de medio lado.
—Lo deseas —le susurro, mis labios a centímetros de los suyos—. Te mueres por tragármela. Por sentirla hasta la garganta. Por suplicarme que no pare.
Ella no contesta. No puede. Pero no aparta la vista. La tengo atrapada. De cuerpo y alma.
Mientras me sigo tocando con una mano, con la otra no la dejo ir. Siento cómo su cuerpo tiembla. Cómo su pecho sube y baja. Cómo traga saliva. Y eso me excita todavía más. Es como verla al borde.
—Dímelo —le ordeno—. Dime que me quieres dentro. Que te gusta el sabor. Que te mueres por más.
Silencio. Tenso. Cargado. Tan espeso que podría cortarse con una navaja.
Y entonces, decido empujarla más. Romper el equilibrio. Cierro los ojos, echo la cabeza hacia atrás, y con un gemido ronco, suelto:
—Mmm… Valeria… joder, sí… así…
El impacto es inmediato.
—¡¿QUÉ MIERDA DIJISTE, CABRÓN?! —grita Elena, apartándose como si la hubiera quemado.
Abro los ojos, y me río. A carcajadas. Como si acabara de ganar una partida que ella no sabía que estaba jugando.
—¿Así se llama la puta de anoche? ¿Esa zorra con la que llegaste oliendo a perfume barato? ¡Maldito! ¡No solo te masturbas en mi cara, encima finges que es otra, pedazo de mierda!
Camina en círculos, con las manos hechas puños, con la furia trepándole por la garganta. Pero sus mejillas siguen rojas. No es solo rabia. Es celos. Eso lo reconozco.
Me acerco. Despacio. Como un depredador que ya tiene a su presa donde quiere.
—En primer lugar, no me molesta que entres y me veas desnudo —le susurro, mi aliento chocando con el suyo.
Ella me lanza una mirada asesina. Pero no se aparta.
Entonces la beso. Despacio. En la mejilla. Su piel está caliente. Y tiembla apenas.
—Y en segundo lugar —le murmuro con la voz más grave que tengo—… me pone jodidamente duro saber que mi esposa es celosa.
Me giro. Vuelvo al baño como si nada. Dejo que vea mi espalda, mi cuerpo entero, cada gota de sudor, cada marca, cada resto de su nombre impreso en mi piel.
Y cierro la puerta. No del todo. Lo justo para que siga mirándome. Para que no pueda quitarme de su cabeza aunque lo intente.
Y sé que lo intentará.
Pero ya es tarde.
Porque Elena ya está en el juego.
Y yo ya gané.
ELENA
Me quedé ahí de pie unos segundos, mirando la puerta del baño cerrarse tras él, sintiendo el calor en mi rostro como si me hubiese quemado por dentro. Humillación, rabia, deseo. Todo enredado. Me odié por haber reaccionado así. Por dejarle ver que me tocó un puto nervio. Que me calienta. Que me desarma. Que sucio y todo, con esa sonrisa arrogante de bastardo engreído, sigue siendo la tentación a la que mi cuerpo reacciona como si no tuviera memoria de lo que me ha hecho.
Pero sí la tengo. Y me la repito. Una y otra vez. Alessandro arruinó todo. Me arrebató a Rupert. Mi estabilidad. Mi vida. Mi plan.
Y si él quiere jugar con fuego… entonces yo también puedo arder.
Me desvestí lentamente, sin prisas. Me acosté en su cama —mi cama ahora, según el jodido papel que firmamos— y abrí las piernas deliberadamente. No era por él. Era por mí. Por recuperar algo de control.
Cuando escuché el agua del baño detenerse, ya estaba tendida en la cama, completamente desnuda. Mis piernas abiertas como una invitación disfrazada de desafío, la mano hundida entre mis muslos con descaro. No había música. No había otra luz más que la del pasillo filtrándose a medias. Solo mi respiración entrecortada y el zumbido en mis oídos.
Tomé mi celular, lo encendí como quien activa una bomba y lo llevé al oído fingiendo marcar. El nombre que pronuncié fue como un disparo.
—Rupert...
No hubo respuesta, claro. Pero no la necesitaba.
—Estaba pensando en ti... en lo que me hiciste la última vez, ¿te acuerdas? —Mi voz salió baja, ronca, como si realmente él estuviera del otro lado. Empecé a mover mis dedos con más decisión, sin detenerme.
La puerta del baño se abrió y lo vi desde el rabillo del ojo. Alessandro, con la toalla baja en la cadera, el cuerpo aún húmedo, musculoso y arrogante. Se detuvo en seco.
Yo seguí hablando.
—Sí, justo así… como cuando me abriste las piernas en la cocina… ¿Te acuerdas? No me dejaste ni respirar… me dejaste temblando, tan mojada...
Mi respiración se volvió más pesada, exagerada. Mi voz casi un gemido.
—Todavía me acuerdo cómo sabías… cómo me la metiste tan… —hice una pausa dramática, como si me costara hablar— tan profundo… que no podía ni pensar.
Lo vi. Su mandíbula se tensó. El brillo de sus ojos cambió. No era solo sorpresa. Era molestia. Celos. Ese tipo de furia silenciosa que es peor porque no explota: se acumula.
Y yo… disfruté cada segundo.
—¿Quieres oír cómo me toco por ti? —susurré, fingiendo dulzura sucia— Te encantaría verme ahora, ¿verdad? Abierta, húmeda… jodidamente desesperada.
Me retorcí un poco, arqueando la espalda, haciendo que mis pechos se alzaran provocativos. No me detuve. No parpadeé. No lo miré directamente… pero lo sentía. Sentía cómo me devoraba con la mirada.
Alessandro no dijo nada. Sacó el celular. No me percaté al principio, estaba demasiado metida en el papel… o demasiado encendida de verdad. Porque aunque era una farsa, también era una venganza. Un acto de poder. De deseo disfrazado de desprecio.
Él dejó caer la toalla. Se tocó también, como si aceptara el desafío. Como si dijera dos podemos jugar este juego.
Pero no duró mucho.
Todo ese fuego que provocamos —odio, deseo, celos— estalló en segundos.
Soltó el teléfono con un gruñido y se subió sobre mí. Me sujetó con fuerza por la muñeca, apartando mi mano de entre mis piernas con brusquedad, y la llevó directo a su erección, dura, palpitante, caliente.
—No vuelvas a tocarte frente a mí pensando en otro —me gruñó, la voz baja, cargada de rabia contenida— No tienes ese derecho.
Me apretó la mano con fuerza, haciéndome sentir lo que él también estaba aguantando.
—Soy tu maldito esposo. Y si alguien va a calmarte el fuego… soy yo.
No me callé. No iba a dejar que él ganara.
—Entonces me voy a follar a Rupert —le solté con veneno, levantando el mentón.
Pero su reacción fue inesperada. Una sonrisa torcida, oscura, jodidamente peligrosa.
—¿Tantas ganas tienes de que te la bajen? —susurró cerca de mi oído, tan cerca que sentí su aliento en mi cuello— Yo puedo hacerlo, princesa.
Y sin darme tiempo, sin más aviso, se hundió en mí de una sola embestida.
Jadeé, mi cuerpo tensándose al instante. Fue como un rayo cayendo directo en el centro de mi tormenta. Sorprendida. Invadida. Y, maldita sea… encantada.
Lo odiaba.
Lo deseaba.
Y él lo sabía.