ALESSANDRO Elena estaba sobre mí. A horcajadas. Su cuerpo sudado, tibio, todavía temblando, tumbado sobre mi pecho. Tenía la respiración entrecortada, y el corazón le galopaba justo encima del mío. Juro por lo que más amo… nunca me había sentido tan completo. Tan jodidamente vivo. La rodeé con los brazos, presionándola contra mí como si el mundo pudiera arrancármela si aflojaba un milímetro. Tenía la cara enterrada en mi cuello, y sus labios apenas rozaban mi piel mientras recuperaba el aliento. —Joder, Elena… —murmuré, pasando una mano por su espalda desnuda, acariciando cada línea de su columna—. Me vas a matar un día de estos. Pero qué forma de morir... Ella soltó una risa suave, ronca. De esas que nacen del pecho y terminan en la punta de los dedos. —¿Eso es una queja, Vannicelli

