ALESSANDRO Elena seguía dormida cuando Samuel tocó la puerta con lo que le pedí. Tomé el sobre discreto, le agradecí con un gesto y cerré antes de que pudiera decir alguna de sus malditas bromas. Cuando volví a la cama, ella despertaba lento, con esa expresión entre confundida y satisfecha que me revienta la cabeza. Me agaché, besé su cuello y le extendí la pastilla. —Tómala, principesa… antes de que tenga que metértela a la fuerza —murmuré con una sonrisa torcida. Ella soltó una risita y se la tomó sin protestar. Después notó la caja que yo guardaba en el cajón. —¿Y eso? —Condones. Por si algún día decido contenerme. Spoiler: no va a pasar. La forma en la que se rió me calentó más que cualquier gemido. Esa risa, jodida risa… podía levantarme de entre los muertos. Desayunamos liger

