ALESSANDRO Seguíamos en el carro rumbo a Mollens. Elena estaba hecha un ángel maldito con falda corta y labios hinchados por mis besos, mientras yo manejaba con los nudillos blancos de tensión. No por el volante. Por ella. Por tenerla tan cerca, por su perfume envolviéndome, por la jodida paz que me daba verla sonreír. Me daba un tipo de calma peligrosa. La calma que precede a una tormenta. Y entonces, el teléfono vibró. —¿Sí? —contesté sin apartar la vista del camino. —Jefe... el departamento. Está en llamas. —Era uno de mis hombres. Frené de golpe. El cinturón de Elena se tensó contra su pecho y ella me miró, alarmada. —¿Qué mierda dijiste? —Lo que oyó. La alarma sonó hace diez minutos. El lugar arde. Ya está llegando la policía y los bomberos. Mi mandíbula se tensó tanto que sen

