ALESSANDRO Y entonces lo hizo. Mordió mi lóbulo, con esos malditos dientes que me ponen loco, y su mano se deslizó por mi muslo hasta posarse sobre mi v***a, dura, palpitante, al borde de explotar solo con su contacto. —Jódete —susurró con una sonrisa traviesa. Fue suficiente. Frené de golpe. Me salí del camino y orillé el auto entre los árboles, con el corazón golpeándome en las costillas y la respiración tan pesada que me dolía el pecho. —Te lo advertí —le gruñí mientras me giraba hacia ella. Elena ya estaba gateando sobre mí antes de que terminara de hablar. Se sentó sobre mi regazo, sus rodillas en cada lado de mis caderas, sus ojos brillando como brasas. —Cállate y bésame —me ordenó. Y yo obedecí. La besé con hambre. Con furia. Con los cuatro meses de abstinencia acumulada en

