ALESSANDRO Me estaba riendo. Así, sin filtro. Sentado en el sillón del estudio, viendo cómo Leila se paseaba como si le perteneciera el maldito lugar. Se creía irresistible, una femme fatale de manual, pero para mí, era solo una sombra patética de lo que alguna vez pudo haber sido. —¿Matar al alcalde? —reí otra vez mientras me servía un trago de whisky—. ¿Qué clase de estupidez es esa, Leila? —¡Es un cabrón infiel! —bufó ella, sus caderas bamboleándose mientras caminaba como modelo de pasarela. —Me confesó que cada noche se acuesta con una puta diferente. Que una de ellas le dará el heredero que tanto desea y yo no le he dado. —Oh, pobrecita Leila —dije, sin una pizca de compasión—. Qué tragedia… ¿Y tú? ¿No llevas años follando conmigo detrás de su espalda? ¿O ya te olvidaste? Ella se

