ALESSANDRO No me gustaba irme. No cuando por fin tenía paz en casa. Cuando mi mujer estaba sana y jodidamente hermosa, y mi hija se reía cada mañana. Pero había cosas que no se resolvían desde un sofá. Y Rupert… ese bastardo ya había cruzado demasiadas líneas. Me vestí en silencio, con el traje n***o, reloj en la muñeca, el arma en su lugar. Mirra ya tenía el jet listo para llevarme a Gales. Pero antes, tenía que verlas. Faby desayunaba cereal con chocolate mientras Samuel le leía un cuento. Me agaché, besé su cabeza, y ella me miró con esos ojos grandes que me rompían el pecho. —¿Te vas, papá? —Sí, princesa. Pero vuelvo pronto. —¿Promesa? —Promesa de mafioso —le guiñé un ojo, y ella sonrió como si no tuviera idea del tipo de monstruo que soy fuera de estas paredes. Cuando entré a

