ALESSANDRO Tras casi dos días, Elena seguía dormida, recuperándose. Cuando Marcos nos dio el visto bueno, no perdimos más tiempo. Ordené todo para trasladarla a una de mis casas de seguridad, una que muy pocos conocen. Nadie fuera de Samuel, Marcello y yo tenía acceso. Ni siquiera la mayoría de mis hombres sabía su ubicación exacta. La camioneta blindada nos llevó por caminos secundarios. Samuel iba al volante. Yo, en la parte trasera, con Elena acostada en una camilla móvil. Iba sedada, conectada al suero, pero respirando estable. Faby iba sentada a mi lado, abrazando su muñeca y sin decir mucho. No preguntaba, pero no dejaba de mirar a Elena. Yo le pasaba la mano por el cabello, esperando que el movimiento del vehículo la adormeciera. No quería que viera nada más. Ya había visto sufici

