ALESSANDRO No sé cuánto tiempo pasé ahí, abrazado a ella, con la frente apoyada en la suya, respirando su aliento débil como si eso bastara para mantenernos a los dos con vida. Pero fue ella quien rompió el silencio, con esa voz rota que me rompió el alma. —¿Estás enojado conmigo? —preguntó, apenas un susurro. Me separé un poco para verla a los ojos. Había culpa en los suyos. Dolor. Y eso me destrozó más que todo lo que había visto en esa maldita mansión bañada en sangre. —¿Cómo voy a estar enojado contigo, Elena? —le dije—. Te dispararon, salvaste a mi hija... hiciste lo que ni mis hombres pudieron hacer. Joder... si te hubieran hecho algo... Me detuve. No pude decirlo. No podía nombrar esa posibilidad. Ella volvió a llorar, en silencio. Me tomó del rostro con la poca fuerza que ten

