ELENA Mi cuerpo aún duele, pero hay una ternura suave en ese dolor. Es la prueba de que sobreviví. De que pude protegerla. De que, aunque casi no lo logré, Faby está viva. Ella entra al cuarto con pasitos suaves, como si supiera que no debe hacer ruido. Sus manitas llevan un dibujo que hizo para mí. Son palitos de colores, un sol con cara feliz y un garabato que según ella soy yo… con una corona de flores. —Mira, Elena. Te puse como princesa porque eres fuerte —dice, y mi garganta se cierra. La atraigo con cuidado y se sienta a mi lado en la cama. Jugamos un poco, lo que mi cuerpo permite. Ella acaricia mis dedos, me cuenta cosas de sus muñecas, y en un momento me toma el rostro con ambas manitas y me dice: —Gracias por salvarme. Y yo… simplemente lloro en silencio. Faby es una niña

