ALESSANDRO El vapor del baño se cuela por cada rendija mientras preparo la regadera. El agua cae con fuerza, golpeando los azulejos como una descarga de nervios. La tengo ahí, sentada en el banco especial que le mandé hacer, con una toalla en las piernas y la mirada decidida, como si no estuviera a punto de desnudarla frente al hombre que ha estado reprimiendo el deseo durante días. —¿Estás seguro? —pregunta, arqueando una ceja. —No me hagas repetirlo, Elena. Asiente. Y se deja llevar. Se quita la bata con un gesto lento, como si no fuera consciente de lo que me provoca. Pero lo está. Lo sabe. Esa mujer lee cada respiración mía como si fueran líneas escritas en su piel. Y ahí está, frente a mí, desnuda, con los moretones desvaneciéndose, con la herida de la pierna cicatrizando, con las

