ALESSANDRO Ella se sienta a mi lado, con esa altivez que le sale natural, como si le debiera algo. Lleva las piernas cruzadas, el vestido le marca las curvas como si lo hubieran cosido directamente sobre su piel. Y yo, que debería estar pensando en el maldito evento, en los tratos, en la política... solo pienso en cómo suena cuando jadea mi nombre. Mierda. —Te ves jodidamente hermosa esta noche —le digo. No me sale suave, no sé hablar suave. A lo mucho bajo la voz. Me estoy conteniendo para no levantarle ese vestido y cogérmela aquí mismo, contra la pared de la limusina. Se sonroja. Lo nota, y se molesta consigo misma por reaccionar. Eso me gusta. Me calienta. Me mata. —¿Puedes dejar de ser un cerdo al menos una noche? Pide peras al olmo. Pero esta vez no quiero pelear. No ahora. Qui

