ALESSANDRO Antes de regresar al hotel, decidí comprarle algo. Un símbolo. No por redención, ni por remordimiento. Tal vez solo porque su voz me perseguía. Porque sus palabras en la nota me taladraban el pecho. Porque era la primera vez en mucho tiempo que alguien me decía gracias sin miedo en los ojos. El chofer me dejó en una calle estrecha del centro, donde el empedrado parecía más viejo que la ciudad misma. Caminé entre puestos de flores, cafeterías y vitrinas brillantes, hasta que encontré lo que buscaba: una joyería antigua, discreta, sin pretensiones. Una tienda de las que no se anuncian, porque no necesitan hacerlo. Quien sabe, llega. Dentro, olía a madera, a terciopelo y a historia. Un anciano me atendió al principio, pero cuando le dije lo que buscaba, apareció una mujer más jo

