ALESSANDRO La noche rusa se sentía densa. Como una maldita neblina cargada de furia y deseo. Tenía las manos en el volante, apretando como si con eso pudiera arrancarme la rabia que me ardía por dentro. Elena iba a mi lado, en silencio. Pero su mirada me perforaba, podía sentirla en mi piel como si fueran dedos acariciándome el cuello. —Gracias por defenderme —murmuró de pronto. Su voz fue como una cerilla prendida en gasolina. No respondí. Solo gruñí un “a la mierda”, giré bruscamente el volante y salí del camino. Los neumáticos crujieron contra la tierra húmeda, y sin pensarlo, frené en seco junto a un pequeño claro, oculto por los árboles. Me bajé del auto, lo rodeé, y abrí la puerta de su lado con una mezcla de ira y necesidad. Ella me miró, sorprendida, pero no dijo nada. Solo to

