ALESSANDRO La casa estaba en silencio, ese tipo de silencio que no pesa... ese que parece respeto. Samuel patrullaba afuera, Elena hablaba con Zita en la cocina, y yo… yo caminaba solo por el pasillo. No lo apresuré. No lo forcé. Cada paso que daba hacia el cuarto donde estaba Faby era como un suspiro contenido en mi pecho. A veces, me gusta pensar que el infierno puede esperar... pero esta vez, me dio miedo que el infierno ya se la hubiera llevado. Cuando abrí la puerta, la luz tenue iluminaba su pequeño rostro dormido. Pero no dormía. Sus ojos estaban abiertos. Azules. Despiertos. Llenos de vida. Mi corazón se encogió. Faby giró lentamente la cabeza hacia mí. Estaba débil, claro que sí, pero no me importó. Me bastó verla viva, respirando, consciente. —Papi... Su voz fue un eco

