ALESSANDRO —Tenemos que movernos antes de que esos cabrones lo hagan —dije, mientras extendía los planos sobre la mesa del despacho. Salvatore estaba de pie, apoyado en la pared con los brazos cruzados. Su rostro serio, su mirada afilada. El tipo no solo era familia, era uno de los pocos hombres en los que confiaba con los ojos cerrados. Su voz era grave, como si cada palabra viniera cargada de historia, de guerra, de experiencia. —Rusia —repitió, mascando la palabra como si fuera pólvora—. Vaya puto clima para una guerra. —No vamos a hacer turismo, Sal —le respondí, medio sonriendo mientras marcaba con el dedo los puntos de infiltración en el mapa —. Vladimir necesita nuestra ayuda para evitar el ataque, y además, sirve que Elena vea a su familia. Nos matamos dos pájaros de un tiro.

