ALESSANDRO El silencio en el auto era espeso. Podía cortar con un cuchillo lo que flotaba en el aire. Samuel iba al volante. Manejaba como siempre: rápido, limpio, sin mirar atrás. Yo iba en el asiento trasero, al lado de Elena. Y sentía su mirada. No necesitaba verla para saber que me miraba. Con intensidad. Con algo que aún no podía descifrar. Mi pulso todavía no bajaba. Tenía el zumbido de la tortura en los oídos. El sabor metálico del miedo de Costa aún en la lengua. Las manos… todavía manchadas de su sangre. Y entonces la miré. No había miedo en sus ojos. Ni confusión. Ni siquiera rabia. Había algo más. Un brillo oscuro. Un fuego contenido. Algo tan intenso que me hizo apretar la mandíbula. —Samuel —dije sin apartar los ojos de ella—, oríllate. No discutió. Sab

