Gianna abrió la puerta de su habitación tan lento como pudo, no quería encontrar a nadie en su camino y menos a Lorenza. Caminó sigilosamente, su pierna dolía menos, con un poco de reposo quizás mejoraría pronto, aun así, no podía faltar a esta cita, de todas esta era la más importante de su vida. Mucho más que volver a los escenarios y ser Odette. Esta cita no tenía comparación y no fallaría así no volviera a bailar jamás.
Bajo lentamente cada peldaño, los zapatos eran cómodos y silenciosos, una vez logró salir por la puerta del jardín sonrió con triunfo. Massimo podía esperar sentado a que volvería, una vez en su auto aceleró tan rápido que los gritos de Lorenza se perdieron ¡Lo había conseguido! Una vez afuera, nadie podría dar con ella.
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—Vaya hasta que recuerdas que tienes casa —Massimo observó a Carlo llegar con Romeo ¿Es que no se cansaba de estar junto a su amigo?
—Buenos días para ti Massimo —Carlo saludo sentándose a la mesa y ofreciendo un lugar a su amigo.
—Buenos días —Romeo observó al hombre, sentía el ambiente tenso y sabía que su presencia era la razón, razón por la que se había negado en primera instancia a venir, pero Carlo, no le dio oportunidad y lo arrastró con él
—Buenos días —saludo cortante, bebió un sorbo de su taza de café n***o y sin azúcar, pensando en el día que le esperaba por delante.
—¡Buenos días! —Adriano saludó con una sonrisa mientras entraba en el comedor, por fin los tres hermanos se reunían desde la llegada de Massimo días atrás.
—¿Cuánto tiempo piensas quedarte esta vez? —preguntó Carlo, mientras se llevaba un trozo de tocino a la boca.
—¿Por qué te interesa saber? ¿O tienes prisas por que me marche? —preguntó con enojo. Adriano carraspeo para llamar la atención.
—Relájate hermano, no tenemos la culpa de que tu paciente no sea una sumisa y blanca paloma —dijo con seriedad, había escuchado sin querer la conversación que sostuvo con Alfonsina la noche anterior y también sus quejas sobre la arrogante señorita Romano.
—¿Paciente? —Carlo quien no sabía nada del tema preguntó. Era raro ver a su hermano en Italia, siempre estaba atendiendo a pacientes por toda Europa, sino eran jugadores, eran corredores, siempre algún deportista de élite.
—¿No lo sabías? Nuestro hermano es el doctor personal de Gianna Romano —Adriano enarco una ceja mientras daba la información.
—¿Bromeas? —preguntó viendo a su hermano, mientras éste negaba.
—No, pero al parecer la señorita es de armas tomar.
—¡Es arrogante y cruel! —Massimo dijo al recordar la manera en que la rubia echó a Carina, era su madre ¿Qué clase de persona era Gianna?
—Me parece linda, tiene un rostro hermoso y sus cabellos de oro —Carlo la había visto bailar en algunas ocasiones, podía decir que era su fan.
—Por Dios, trata con ella dos segundos y cambiará tu perspectiva de ella —Massimo dejó la taza de café, tenía que visitar a la chiquilla para asegurarse de iniciar a la brevedad la rutina de recuperación.
—Lo dudo basta ver sus hermosos ojos verdes para adivinar lo que su alma esconde del mundo.
—Dudo siquiera que tenga alma —dijo tajante ante las palabras de su hermano, Massimo más bien creía que Gianna, no era siquiera un ser humano.
—Si eres observador e inteligente, lo descubrirás por tu cuenta —Carlo no dijo más, no quería discutir con su hermano, pero le parecía extraño que una chica como Gianna tuviese una mirada triste, aunque no siempre la dejaba ver.
—Tonterías, me marcho tengo trabajo que hacer. Carlo te quiero aquí a la hora de la cena —había una clara advertencia en su voz
—Si papá, como tú digas —se burló el menor de la familia Bianchi.
—Cuídalo —Adriano asintió. Esperaba de todo corazón que Carlo y Romeo solo fueran amigos, Massimo lo mataría a golpes si el caso fuera distinto, conocía lo temperamental que podía ser su hermano mayor y de cierta manera temía su reacción.
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—¿Cómo que no sabes dónde está? —Carina gruñó al escuchar las palabras de Lorenza, esa niña era una idiota ¿Cómo se le ocurría desafiarla de esa manera?
—Lo siento señora Romano, me di cuenta demasiado tarde que estaba escapando —se disculpó la asistente mientras maldecía a la joven rubia. Por su culpa bien podía terminar sin trabajo.
—No te preocupes, no ha sido tu culpa —se obligó a no gritar a la mujer o de lo contrario su teatro se vendría abajo, no necesitaba testigos Gianna sabía muy bien que debía callar, si deseaba que todo continuara como hasta ahora. Aunque debía enseñarle una buena lección.
—Lo siento, usted siempre tan comprensiva, aun así… —Lorenza fue interrumpida por la mujer.
—Basta Lorenza, mi hija es la única responsable, no te martirices mujer, ¡por Dios! cualquier creería que soy una mala empleadora. Déjame arreglar esto con mi hija.
—Gracias señora —Lorenza cerró la llamada. Suspiro mientras observaba el auto del fisioterapeuta estacionarse frente a la casa. Esperó a que llamara a la puerta para abrir.
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—Gracias por venir Gianna, no sabes lo mucho que significa para ellos tenerte aquí —Gianna sonrió.
—Nada que agradecer Pía, siempre será un honor venir hasta ellos —la mujer de mayor edad se puso de pie, para salir de la oficina y dirigirse al salón donde al menos veinte niños esperaban por Gianna, ella era algo así como su hada madrina
—¡Niños les tengo una sorpresa! —anunció con evidente emoción, mientras los niños entre tres y diez años prestaban atención.
—¿Adivinen quién ha venido hoy? —preguntó logrando que los ojos de cada uno de ellos brillasen.
—¡Gianna! ¡Gianna! —exclamaron los niños como si fueran un coro, la joven rubia sonrió ese era su momento mágico, este pequeño secreto era la única felicidad conocida, y a pesar de eso luchaba por no apegarse a ellos, temía un día perderlos y sufrir.
—¡Hola! ¿Cómo se han portado? —preguntó, la última vez que había estado en el lugar, había sido divertido y doloroso, ya que su lesión había sido ocasionada mientras intentaba jugar al fútbol con los niños.
—¡Bien, Gianna, nos hemos portado bien! —gritaron los niños, ella sonrió al escucharlos.
—Me alegró porque he traído obsequios para todos —Pía con ayuda de otras mujeres bajaron las cosas del auto de la joven bailarina, había desde balones de fútbol, muñecas y otras tantas cosas más. Ella conservaba una pequeña caja entre sus manos, era un regalo especial para alguien especial…
—¿Nicoletta? —preguntó al no verla entre los veinte niños en el salón
—En su habitación, sabes que por su condición es difícil que baje —Gianna asintió, salió del salón para ir en busca de la pequeña tenía siete años y era una niña risueña pese a todo, parecía ver la vida de manera positiva. Una vez frente a la habitación, tocó dos veces hasta escuchar la pequeña y suave voz concederle permiso para entrar.
—¿Cómo estás Nicoletta? —preguntó mientras ella bajaba el volumen de la sonata que escuchaba.
—¡Has venido! —La niña estaba emocionada. El corazón de Gianna latió emocionado al ver los hermosos ojos de la niña y la alegría que se reflejaba en ella al verla.
—Te lo prometí hermosa —con una sonrisa en los labios, le entregó la pequeña caja
—¿Para mí?
—Recuerda tu deseo de cumpleaños —preguntó, esperando no haberse equivocado.
—¿Tus zapatillas de Ballet? —preguntó emocionada. Gianna asintió, tratando de sofocar los recuerdos, que acompañaban a ese par de zapatillas, entonces tenía la edad de Nicoletta.
>>No entiendo porque no has deseado un par de zapatillas nuevas, pero tienes lo que has deseado, espero que te guste —sonrió, mientras ella sacaba unas zapatillas doradas y usadas, las mismas que ella había utilizado.
—Porque quiero sentirte cerca Gianna, si tengo tus zapatillas será como tenerte a mi lado siempre ¿Me ayudas a ponerlas? —Gianna asintió, con cuidado de no lastimar su pierna herida se sentó sobre la cama, tomó los pies de la pequeña para colocar los zapatos con tal ternura, como la que imaginaba una madre debía hacer con su hija, como observó muchas veces a las madres de sus compañeras hacerlo. Ella lo hacía sola siempre.
—¡Son de mi talla! —grito emocionada Nicoletta, para luego ponerse triste.
>>Es una pena que no pueda caminar —Gianna contuvo las ganas de llorar, cuando las lágrimas amenazaban con dejar sus ojos, ante la mirada triste de la pequeña.
—¿Quieres bailar Nicoletta? —Estaba siendo imprudente lo sabía, pero no podía marcharse sin más.
—Nada me gustaría más, que poder ponerme de pie y bailar tan bien como lo haces tú —declaró.
Gianna no lo pensó más, respirando profundo se puso de pie y tomó a la niña entre sus brazos, acomodó el cuerpo de Nicoletta, de tal manera que pudiera sostener su peso y evitar que ambas terminaran en el piso. Con el sonido de la música se movió, su pierna se resintió, pero nada le hizo detenerse, bailo con a la niña entre sus brazos, bailo hasta que la escucho reír de felicidad.
—Gracias Gianna —la niña se acomodó de nuevo en la silla de ruedas con la ayuda de la rubia, se negó a quitarse los zapatos, por lo que no insistió, su ingle ardía, pero la felicidad en su corazón opacaba cualquier otro dolor.
—Un día bailaras Nicoletta, te prometo que haré todo lo posible para que puedas lograrlo, solo si tú lo deseas —la niña asintió y sonrió, Gianna nunca le había fallado, desde el día que la conoció, dos años atrás.
—Solo espero poder un día ser tan buena como tu —respondió la niña. Gianna se despidió de ella, debía volver, Bianchi seguro la mataría por faltar a su sesión, pero hoy podría morir feliz por el simple hecho de hacer feliz a la niña.
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Massimo maldijo entre dientes ¿Cómo era posible tanta irresponsabilidad en ella? Le había mentido, le engañó haciéndole creer que acataría las reglas y encima preocupaba a Carina y Lorenza de esa manera, llevaba más de cuatro horas esperando por ella, mientras Gianna brillaba por su ausencia, eso hasta que escuchó el auto estacionarse afuera de la casa. Había pedido a Lorenza fuera a casa de Carina, quien al parecer no estaba bien después de la locura de su hija.
—Vaya hasta que te dignas a aparecer ¿Quién crees que soy Gianna? —preguntó en tono molesto.
—Yo… lo siento tenía una cita a la cual no podía faltar Massimo, pero te prometo que pondré de mi parte para…
—No hagas promesas que no pienses cumplir, eres una desconsiderada, mala hija, mala profesional, no entiendo porque tu madre te tolera dicho comportamiento —espetó con enojo
—No tienes ningún derecho a hablarme de esta manera, me estoy disculpando porque sé que he faltado hoy a la cita contigo, pero por lo menos déjame explicarte —era la primera vez que sentía la necesidad de contarle a alguien su felicidad.
—No necesito explicaciones Gianna, eres arrogante, imprudente, no mereces nada de lo que tienes —Gianna se acercó a él con furia en los ojos, había llorado lágrimas de sangre para estar aquí sin desearlo.
—¡No eres nadie para juzgarme, tendrías que vivir en mi cuerpo y en mis zapatos para entender la miseria que he vivido! —gritó con lágrimas en los ojos ante el ataque del hombre
—¡¿Cómo puede hablar de miseria teniendo una madre como la que tienes?! Es una desagradecida
—Y tu un idiota que no es capaz de ver más allá de sus narices, no te confundas conmigo Bianchi, no soy lo que crees y en última instancia no necesito darte explicaciones. Mi vida no es de tu incumbencia y mucho menos la relación que tenga con Carina Romano —espetó furiosa, sus mejillas sonrojadas por la furia y sus hermosos ojos cristalinos por el llanto contenido.
—No eres más que una niña mimada y engreída que se cree el ombligo del mundo, pero una cosa te dejaré clara Gianna, si no quieres recuperarte, no tengo nada que hacer aquí, arréglate con la compañía, decepciona a tu madre y a todo aquel que tenga esperanzas puestas en ti —sus miradas se trabajaron verde y n***o se enfrentaron.
—¡Te odio, Massimo Bianchi!
—Pues ni creas que tú me agradas, eres el peor ser humano que he conocido —se acercó peligrosamente a ella.
—Pues tú no te quedas atrás, solo te fijas en las apariencias, juzgas mi vida sin conocerla, eres un ciego, un cretino.
—Cállate Gianna, porque no responderé de mis actos, tienes la habilidad de sacar lo peor de mi
—Cállame si puedes Massimo ¿No soy el peor ser humano que has conocido? ¿Por qué tengo que hacerte caso? no voy a dejarme, cállame si te atreves —retó con los puños cerrados pegados a sus costados.
Massimo no midió sus actos y sin previo aviso estampo sus labios con los de la joven rubia, callando sus palabras...