El golpe resonó en la sala de aquella casa, las lágrimas en los ojos de Gianna se desbordaron por sus mejillas, su mano ardía después de abofetear a Massimo Bianchi, quien tenía el rostro girado en dirección contraria y una marca visiblemente roja en la mejilla.
—¿Cómo te has atrevido a besarme? ¡¿Quién crees que soy?! ¡No tenías derecho a robar mi primer beso! —gritó furiosa, —¡eres un imbécil! — saliendo de la sala con prisa, su pierna dolía, pero no tanto como su corazón. Había sido, no solo maltratada verbalmente, sino también callada de una manera nada decente. Abrió la puerta de la habitación, se lanzó sobre su cama y lloró, lloró como no lo había hecho desde hacía tiempo. Parecía ser que su visita al orfanato le había dejado sensible y expuesta, sus barreras habían caído y no las levantó a tiempo, para evitar este colapso.
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Massimo observó el camino por donde Gianna se había marchado, sintiéndose un completo idiota por la actitud empleada con la joven ¡Era su paciente! ¿En qué diablos estaba pensando al besarla? ¡Su primer beso! Le recordó la conciencia y aunque hubiese querido gritar que era mentira, no podía hacerlo. La chica se había quedado de una piensa mientras el castigaba sus labios, ni siquiera intentó corresponder. Subió las escaleras de dos en dos, al estar en la plata alta, se dio cuenta que no sabía qué habitación era la de la joven, pero los sollozos le guiaron hasta la puerta correcta.
—¿Por qué yo? ¿Por qué me tiene que pasar esto a mí? —las preguntas de la chica tocaron las fibras de su corazón y su alma. El sollozo desgarrador y el dolor en cada palabra le hicieron sentirse realmente miserable ¿La estaba juzgando a base de qué? Quizás Carlo tuviese razón, necesitaba ser más inteligente para darse cuenta de lo que sucedía con la joven bailarina ¿Por qué tenía que preocuparse por ella? Se preguntó, al tener la mano sobre el picaporte de la puerta, dispuesto a entrar en permiso.
>> ¡No debí ser la elegida, no debí venir jamás! —sollozo de nuevo la joven mujer dentro de la habitación, un lamento que caló mucho más profundo en el doctor.
—Gianna ¿Puedo pasar? —se atrevió a preguntar. El silencio se hizo, los sollozos cesaron casi de manera instantánea
—¡Vete no quiero verte! ¡Vete de mi casa! ¡Vete de mi vida! —exclamó, el dolor había sido reemplazado por furia. Gianna nunca creyó que Massimo, la seguiría hasta su habitación, nunca podría verle a la cara de nuevo, después de que la escuchara llorar.
—No fue mi intención Gianna, por favor —se sentía miserable, había sobrepasado su límite, como profesional había actuado erróneamente, nunca bajo ninguna circunstancia debió besarla ¡jamás! Pensó con furia contenida; pero lo había hecho. Había profanado los labios vírgenes de Gianna Romano.
—¡No me interesa escucharte Massimo! ¡Vete! —insistió desde su cama, las lágrimas rodaban silenciosamente, de tal manera que nadie pudiera escucharla, es así como Carina, le había enseñado que podía llorar ¡Nadie puede saber tu sufrimiento, lo usaran en tu contra y sufrirás el doble!, esas palabras resonaron en su mente sin piedad.
Massimo no insistió consciente del error cometido, giró sobre sus pies y se marchó, bajo hasta el primer nivel, asegurándose de que todo estuviera cerrado correctamente ingreso el código de seguridad que Lorenza le había dado. ¿No había sido eso una imprudencia de la mujer? El prácticamente era un desconocido con el conocimiento de tener acceso a la casa a placer. Quizás debía hablar con Carina al respecto. Caminó fuera de la casa, subió a su auto y observo la habitación de Gianna, las luces estaban encendidas, pero no podía ver nada gracias a las espesas cortinas.
—¡Soy un completo idiota! —gruño, golpeando el volante de su flamante Ferrari, sus manos se apretaron hasta que los nudillos se tornaron blancos. Encendió el auto y salió a toda velocidad, quizás debía renunciar al cargo, no se consideraba apto para estar cerca de Gianna después de hoy “Eres un cobarde” le gritó su conciencia. Decidido a no pensar, condujo de regreso a casa, llamar a Alfonsina sería una buena terapia.
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—Para cuando te sientas sola y puedas recordarme, tu estarás conmigo y yo estaré contigo —la voz infantil de Nicoletta atravesó la bruma de dolor en el cual se había sumergido, se levantó con un poco de dificultades, no sabía cuánto tiempo llevaba ahí tirada sobre la cama, ni lo espantosos que debían verse sus ojos verdes y su rostro rojo por el llanto, metió la mano en el bolsillo de su pants y apretó con fuerza el pequeño obsequio que la niña había depositado en su bolsa después del baile.
—Nicoletta. Desearía tener tu misma fuerza y entereza para ver la vida, quisiera sonreír tan libremente como lo haces tú, te prometo que así me cueste la vida un día bailaras, mi pequeña —musitó mientras apretaba el pequeño mechón de cabello entre sus manos.
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—¿Qué has hecho? —la persona al otro lado de la línea preguntó con seriedad.
—No quiero seguir siendo su fisioterapeuta Alfonsina, si puedes regresar a la brevedad, daré instrucciones para se le administre los medicamentos adecuados y las compresas, pero estoy renunciando si no vienes a hacerte cargo —Massimo apretó el móvil entre sus dedos, su puño estaba vendado, no había podido contenerse y terminó por golpear la pared de su cuarto de baño.
—¿Qué tan mala es, o la estás juzgando por lo que se dice de ella? —preguntó la mujer, había escuchado muchas cosas de la joven, sin embargo, algo dentro de ella, quería darle el beneficio de la duda, lastimosamente no había podido hacerse cargo de ella, debido a que su paciente actual había sufrido una recaída al desafiar sus recomendaciones.
—La he escuchado hablar y en más de una ocasión me ha sorprendido. Hay demasiada soberbia en ella, es irritante, ni siquiera podría hacer un listado de sus defectos —se negaba a pensar en el beso que él le había robado.
—Nadie es perfecto Massimo, todos tenemos una historia a cuestas, algunas son buenas y bonitas, otras como en nuestro caso no tanto, tú perdiste a tus padres siendo muy joven, te hiciste responsable de la vida de tus hermanos, de tu casa y de la educación de cada uno de ellos. Yo perdí a mis padres y a mi pequeña hermana en un accidente y aunque ya era adulta, debo decir que estuve renegando de la vida durante algunos meses e incluso hasta la fecha, no sabemos lo que hay detrás de la vida de esa joven —Massimo pensó por un momento que, en efecto, no era la primer persona con la que se encontraba con un carácter como el suyo, era más bien que Gianna provocaba algo en él, le desesperaba no tener el control de su boca y sus acciones cuando estaba en su presencia.
—Te esperaré Alfonsina apenas tú vuelvas, te dejaré el caso de Romano entre las manos —se despidieron después de una corta conversación sobre ellos. Massimo estaba cansado y frustrado, Gianna estaba convirtiéndose en un dolor de cabeza innecesario. Cerró los ojos dispuesto a dormir, eso sí la conciencia se lo permitía, hoy parecía ser su peor enemigo.
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—Estás jugando con fuego Gianna, mi paciencia tiene un límite y sabes lo que puede suceder si lo sobrepasas —dijo con frialdad, había aprovechado que era domingo y no tenía ningún testigo para amedrentar a su hija adoptiva.
—¿Qué harás mamá? ¿Vas a matarme de hambre como cuando era niña? ¿O vas a golpearme donde nadie pueda ver? —preguntó con enojo, no sería la primera vez que le hiciera algo parecido en todo caso.
—¿Te crees muy lista verdad? Aterriza Gianna, ¡no eres nadie sin mí, te hice y puedo destruirte en un abrir y cerrar de ojos! —gritó con furia la mujer
—¡Hazlo y deja de amenazarme! ¡Grita al mundo quien soy y de donde me sacaste, diles que no soy más que una huérfana a quien has utilizado todos estos años, a quien has convertido en una extensión de ti, para superar tu maldita frustración! —el rostro de Gianna giró al recibir el golpe de Carina, no lo había visto venir, era la primera vez que ella la golpeaba en un área visible.
—¿Qué está pasando? —Massimo estaba parado frente a la puerta, había entrado con el código de seguridad, nunca pensó que le sería útil, la conversación le dejó frío, sólo el sonido de un golpe seco, le hizo salir de su estupor.
—¡Massimo! —Cariña dejó correr sus lágrimas apenas escuchó y vio al fisioterapeuta, maldijo para sus adentros ¿Cómo diablos había atravesado la seguridad y entrado a la casa? Se preguntó. Tuvo que pensar rápido antes de quedar en evidencia.
>>No puedo más con esta niña, he hecho de todo, la he querido y amado toda mi vida —sollozo acercándose hacia Massimo, la poca dificultad para caminar no pasó desapercibida por el hombre, ya que la primera vez le había visto con un bordón y hoy parecía no necesitarlo.
—Ve al gimnasio Gianna —pidió sin verla, la sangre le hervía y no sabía exactamente el motivo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó. Él había evitado verla y ella lo agradecía por el momento, aunque no le hacía gracia tenerlo como espectador, esperaba no hubiese escuchado nada; pero ¿Cómo había entrado?
—Ve al gimnasio Gianna —ella no discutió, no tenía ganas, ni ánimos de nada, solo quería hundirse en su miseria y olvidarse de todo. El pequeño mechón acarició sus dedos al introducirlos en su bolsillo
>>Nicoletta —murmuró, asomando un intento de sonrisa en su rostro hinchado.
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Lamento que hayas presenciado este alterado —Carina se sentó volviendo a fingir como si nada, su cambio era asombroso, toda una actriz consumada. Pensó Massimo.
—No vi nada fuera de lo normal, una madre tratando de corregir a su hija —fingió no haber visto ni escuchado nada, quizás llegará a encontrarse con algo más.
—Gracias por comprender, nunca le había levantado la mano, Gianna es mi tesoro más preciado, mi vida es completamente suya —dijo mientras sus lágrimas caen como cascadas por sus mejillas.
—Me haré cargo de ella, me aseguraré que vuelva a los escenarios cuanto antes señora Carina —dijo con seriedad.
—Estaré agradecida con usted toda la vida, ella no puede volver a lesionarse o nunca más bailará, es algo que ella no es capaz de comprender —dijo con una sonrisa en los labios. Era una suerte, no haber quedado al descubierto.
—No tiene nada que agradecer, es mi trabajo y recibo un pago por ello —Gianna apretó los dientes al escuchar las palabras de Massimo. El muy desgraciado la había besado el día anterior; pero ella solo era un trabajo bien pagado para él.
—¡Idiota! —murmuró, mientras caminaba al gimnasio…