Dylan detuvo el auto justo frente a la entrada y esperó. Bajó la ventanilla y echó un vistazo a su alrededor. De repente, una extraña sensación lo invadió. Un escalofrío le recorrió el cuerpo mientras un irresistible aroma llegaba a sus fosas nasales. Inhaló profundamente, disfrutando del olor. Finalmente salió del coche y volvió a mirar a su alrededor. Vio a John acercándose con una sonrisa de oreja a oreja, y luego notó a una chica detrás de él. Dylan se quedó paralizado por un momento, sacudió la cabeza y volvió a subirse a su auto.
Cerró la puerta y caminó hacia ellos. John apareció frente a él y lo abrazó con entusiasmo, pero Dylan lo apartó de manera brusca.
—¿Qué te pasa, imbécil?
—Dylan, esa chica…
—¿Qué chica?
—La cazadora… es que... Dios, ¡estoy enamorado!
Dylan fingió abanicarse, como si lo que John decía fuera un chiste. Notó que la chica se había marchado y sintió un extraño vacío.
—Tranquilo, idiota. ¿Dónde la viste otra vez?
—Acaba de llegar al pueblo y, ¿adivina qué?
El Alfa lo miró con desaprobación; no estaba de humor para acertijos.
—Está en nuestra clase —dijo John con emoción.
—¿Una cazadora en nuestra clase y tú estás contento por eso?
Dylan alzó una ceja, conteniendo las ganas de llamarlo “Beta idiota y hormonalmente descontrolado”. Gruñó y se subió al auto. John se acomodó a su lado y, durante todo el trayecto de regreso a casa, no paró de hablar sobre lo hermosa que le parecía la cazadora.
—¿Qué vas a hacer en los próximos días? —preguntó John, al bajar del auto.
—Voy a Seattle.
John lo miró con sospecha.
—Vas a ver a Sol, ¿verdad? Sabía que lo de ustedes iba a seguir, a pesar de la distancia.
Dylan puso los ojos en blanco. Sol era su novia, pero hacía unos meses se había mudado para unirse a una manada poderosa en Seattle. Se había ido con sus padres, pero le había prometido a Dylan que, cuando cumpliera dieciocho, se uniría a su manada. Sólo tenía que esperar un año más.
—Voy a ver a su Alfa —le explicó Dylan.
—¿Quieres una alianza? Si ya somos aliados, que te quede claro.
—Quiero que Sol se una a nuestra manada.
John frunció el ceño, pensando profundamente.
—¿Vas a hacerla tu Luna? —dijo el Beta, finalmente entendiendo.
Dylan no respondió y se quedó mirando al vacío. Aún no sabía si estaba tomando la decisión correcta, pero necesitaba una Luna.
—No estoy seguro, aún no lo sé.
—Pero no será la Luna Suprema, ¿lo sabes?
—La Luna Suprema es un mito, John. No conozco a nadie que haya encontrado a su alma gemela.
—No es un mito —protestó el Beta, cruzándose de brazos—. La cazadora es mi alma gemela, lo sé.
Dylan suspiró y rodó los ojos, molesto con las constantes menciones de su cazadora. Decidió que, cuando regresara, interrogaría a la chica. Despidió a su Beta y éste se fue a casa. Dylan miró su maleta en el asiento trasero, se subió al coche y condujo hacia el aeropuerto de la ciudad más cercana.
*
Kayline entró a su casa y encontró una nota pegada en la nevera:
"Estamos de patrulla. Puedes volver al bosque, así será una preocupación menos para nosotros."
—Qué amorosos que son… —comentó con ironía.
Tomó una botella de jugo de naranja y bebió antes de subir a su habitación. Su computadora portátil estaba sobre la cama, así que la abrió y una página sobre hombres lobo apareció en la pantalla. La grotesca imagen de un lobo monstruoso parecía diseñada para asustar a los niños. Kayline negó con la cabeza, era ridículo. El lobo que había visto no se parecía en nada a eso.
El sonido de su teléfono la sobresaltó. Miró el nombre en la pantalla: Matt. Contestó sin dudar.
—Matt —susurró.
—Hola, Kayline. Encontré el libro que me pediste. Te lo envié por correo, debería llegarte en unos días.
—Gracias, Matt.
—¿Ya le contaste a tus padres sobre los lobos?
Kayline suspiró. Ni siquiera estaba segura de lo que había visto. Quizás solo fue un lobo normal.
—No tuve oportunidad —admitió, con timidez.
—Kayline… —suspiró Matt—. Tienen que saberlo.
—Pero no estamos cazando hombres lobo —replicó ella.
—Eso no es excusa. Quizás ellos puedan ayudarte.
Kayline lo dudaba. Los vampiros eran difíciles de rastrear y si los lobos sabían algo sobre ellos, probablemente ya estarían en guerra en ese pueblo. Pero el lugar estaba extrañamente tranquilo. Si realmente había lobos en el pueblo, entonces debía averiguar más sobre ellos.
No le gustaba moverse en territorio ajeno sin conocer las reglas. Matt le había enseñado bien: siempre conocer las reglas antes de jugar.
—Hablaré con ellos, lo prometo.
Pero no ahora, pensó. Primero quería volver a ver a ese lobo. Aceptaba el juego de sus padres de mantenerla fuera del bosque, pero solo para observar al lobo.
Matt colgó poco después, pero no sin darle su rutina habitual: cuídate, piensa antes de actuar, mantente alerta. Kayline conocía esos consejos de memoria y había seguido su entrenamiento con mucho entusiasmo. Después de pasar unas horas en Internet y revisar los archivos policiales, se dio cuenta de que no había novedades sobre Luisa. Cerró la computadora con frustración, agarró su arco y salió hacia el bosque, que no estaba muy lejos.
Ya había oscurecido cuando llegó entre los árboles. Esta vez, no quería encontrarse con un vampiro, sino con el lobo. Tras una hora de caminata, se dio cuenta de que estaba perdida. Miró a su alrededor y se percató de que estaba en el centro de unas pequeñas rocas que formaban un círculo perfecto.
—Vamos, Kayline, no es momento de entrar en pánico. Estás bien —se animó a sí misma.
Un aullido resonó en el bosque y su corazón dio un vuelco. Minutos después, escuchó pasos que se acercaban. Apuntó con su arco hacia la fuente del ruido y sintió alivio al ver al lobo que había encontrado el día anterior.
El lobo miró con desdén el arco que ella sostenía, así que Kayline rápidamente lo bajó y lo envolvió alrededor de su cuerpo para que no pareciera una amenaza. El lobo avanzó hacia ella y se detuvo a un metro de distancia. Kayline se sentó en el círculo de rocas y ambos se miraron fijamente, sin moverse.
—Muy bien… —comenzó la joven—. Sé que no eres un lobo cualquiera. Eres un hombre lobo, ¿cierto?
El lobo no se inmutó. Por un momento, Kayline pensó que estaba equivocada. Justo cuando el desánimo comenzaba a apoderarse de ella, el lobo asintió sin apartar la mirada de sus ojos.
—Oh. ¿Puedes adoptar tu forma humana? —preguntó con esperanza.
Realmente quería saber quién era. Sabía muy poco sobre los hombres lobo y el libro de Matt sería inútil en comparación con la enciclopedia viviente que tenía frente a ella. El lobo negó con la cabeza y dio un paso atrás.
—¿Quieres mantener tu identidad en secreto, verdad?
El lobo asintió de nuevo. Bueno, esto se iba a poner complicado, pensó Kayline.
—¿Has oído hablar de los vampiros, por casualidad?
El lobo se estremeció y, antes de que ella pudiera decir algo más, sus huesos comenzaron a crujir. Se transformó en un hombre alto, bien formado y... desnudo. Kayline abrió los ojos, completamente atónita.
—¿Cazadora de vampiros? —dijo una voz familiar.
El hombre lobo parecía sorprendido. Sus ojos azules la miraban intensamente, y no parecía tener la más mínima vergüenza de estar desnudo, a diferencia de Kayline.
—¿John? —murmuró ella, incapaz de pensar en otra cosa.