Kayline iba completamente perdida en sus pensamientos mientras el auto avanzaba hacia lo que sería su nuevo hogar. No podía dejar de pensar en Luisa, su hermana menor desaparecida. Aún recordaba su sonrisa pícara y esa insaciable sed por aprender. Aprender a ser una buena cazadora.
Los Harrison eran cazadores de vampiros desde generaciones atrás, y Kayline no era la excepción en esa tradición. Había nacido para matar, sobrevivir y proteger. De hecho, su sueño era convertirse en policía para tener acceso más directo a los archivos sobre casos sobrenaturales. En Chicago habría tenido mucho trabajo; la enorme ciudad estaba llena de crímenes relacionados con vampiros.
Pero eso había quedado atrás. Sus padres decidieron mudarse a una ciudad más pequeña y tranquila. A Kayline le quedaba solo un año más de escuela antes de entrar a una academia especial para prepararse e ingresar en la policía.
El auto se detuvo frente a una casa beige en un vecindario silencioso. Kayline salió de inmediato y abrió el maletero para sacar algunas pertenencias que no podían ir en el camión de mudanza. Sin decir una palabra, entró a la nueva casa y subió las escaleras, no tenía ánimos de hablar con nadie.
Estaba furiosa con sus padres. Los culpaba por haber abandonado a Luisa. Se negaba a aceptar que su hermana estuviera muerta. Para ella, Luisa seguía viva y encontraría al monstruo que la mantenía prisionera.
—¿Kayline? Llegaron los camiones de la mudanza, ¿puedes bajar a recoger lo que es tuyo? —llamó su madre desde abajo.
Con una expresión impasible, Kayline bajó las escaleras y cargó con todas las cajas que pudo. Su padre se encargó de armar la cama y el colchón con ayuda de los trabajadores. Después de una hora y media, Kayline quedó sola en su habitación vacía, rodeada de cajas con sus pocas pertenencias. Su cama doble estaba contra la pared izquierda, frente a su cómoda. Sacó un pequeño marco blanco y lo puso sobre la cómoda; era una foto de ella junto a Luisa. Apretó los dientes y se dio vuelta.
Luego abrió una bolsa de deporte que contenía armas de plata: principalmente dagas y flechas. Podría portar un arma de fuego con balas de plata cuando cumpliera los veintiún años. También sacó su arco compuesto n***o y lo apoyó contra la pared. Las demás armas las guardó bajo la cama. Esperaba no tener que usarlas en este lugar.
El resto del día lo pasó navegando en la red, intentando acceder a los archivos de la policía de Chicago para ver si había alguna pista nueva sobre la desaparición de su hermana. Lamentablemente, no hubo ningún avance. Soltó un suspiro frustrado y cerró la laptop. Su celular vibró y lo tomó al instante al ver el nombre en la pantalla.
—¿Matt? ¿Sabes algo? —preguntó de inmediato.
Al otro lado de la línea, su antiguo mentor suspiró, y su esperanza se desmoronó de inmediato. Conocía a Matt lo suficiente para saber cuándo tenía noticias o cuándo no.
—Kayline —murmuró—. Tu madre me contó lo mal que la estás pasando. Sé que es difícil, pero no debes culparlos.
—¡Ellos se fueron! ¡La abandonaron! —gritó, enfurecida.
—Lo hicieron para protegerte, Kayline. Ponte en su lugar también, ellos acaban de perder a su hija.
Kayline tomó aire profundamente, intentando contener las lágrimas que se acumulaban en sus ojos. Odiaba llorar, especialmente frente a él. Matt la había formado, la había entrenado, y gracias a él era quien era hoy. Le debía todo, pero sobre todo, le debía su fortaleza.
—Perdí a mi hermana, Matt. No pasa un solo segundo en que no piense en ella. Esto me está destruyendo por dentro. Me siento impotente y eso me está volviendo loca.
A pesar del temblor en su voz, Kayline consiguió no llorar. Matt guardó silencio durante unos segundos.
—¿Qué vas a hacer al respecto? —preguntó finalmente.
—Voy a terminar el último año y luego ingresar a la academia de policía. Incluso estoy considerando entrar en algo más... clandestino.
—Kayline, hablemos en serio. ¿Qué harás con respecto a Luisa?
—Voy a encontrarla. Y en cuanto al vampiro que se la llevó, lo torturaré hasta que me ruegue que termine con él. Y cuando me canse de jugar, lo mataré con una satisfacción que no podré esconder —dijo con una sonrisa torcida.
Matt suspiró de nuevo.
—No puedes hacerlo sola —le advirtió.
—Lo sé perfectamente. Por eso, vas a ayudarme.
*
Dylan tenía un libro frente a él, pero no lograba concentrarse. La manada había pedido más seguridad, ya que otras manadas estaban mudándose a la ciudad. Incluso había visto algunos Betas de un grupo desconocido en la escuela. Mientras tanto, el profesor seguía dando su clase, ignorante de que a ninguno de sus alumnos les interesaba la historia de países a los que jamás irían.
Un papel aterrizó en su hombro. Dylan lo atrapó antes de que cayera al suelo. Reconoció la letra desordenada de John, su Beta.
—Luna llena esta noche. ¿Nos reunimos como siempre? ¿Viene Melanie también?
Dylan volteó y asintió. John le devolvió una mirada aliviada. Había tenido problemas controlando sus transformaciones durante la luna llena, y Melanie, otra de las Betas, lo estaba ayudando a mantener el control. Los resultados no habían sido concluyentes, por lo que se reunían una vez al mes en el bosque para correr y disfrutar en su forma lobuna, de modo que la noche fuera más llevadera.
Dylan sacó su celular discretamente y le envió un mensaje a Melanie, pidiéndole que se reuniera con ellos esa noche. Melanie era más joven que ellos y aún no entraba a la secundaria. John estaba desesperado por acabar su último año para no tener que lidiar más con ella. Siempre hacía comentarios sobre eso frente a Melanie, lo que provocaba interminables discusiones, y Dylan terminaba interviniendo.
El timbre sonó anunciando el final de la clase. Todos los alumnos se levantaron de inmediato y salieron corriendo. Dylan se reunió con John, quien lo esperaba afuera del aula.
—¿Todo bien? ¿Listo para correr esta noche? —preguntó John, dándole una palmada en la espalda.
—Iré, pero no me quedaré mucho tiempo. Mañana tengo que estudiar para un examen —respondió Dylan mientras guardaba algunos libros en su casillero.
John puso los ojos en blanco.
—¿En serio, Dylan? Pensé que eras más cool que eso. ¡Ven a divertirte!
—No es cuestión de ser cool, John. Ser Alfa no me garantiza una vida cómoda. Un buen trabajo, sí.
—Pero te harás cargo de la empresa de tu papá. No es que no seas rico.
Dylan cerró el casillero con fuerza y se enfrentó a John con el ceño fruncido.
—El hecho de tener dinero y un futuro asegurado no significa que debo ser un irresponsable. Quiero aprender y ser un buen Alfa para mi manada.
John soltó una risita.
—Y conseguir muchas chicas —bromeó, guiñándole un ojo.
Dylan sonrió de lado.
—Quiero escoger una buena Luna. La manada la necesita.
—¡Pero si solo tienes diecisiete años!
El joven Alfa se encogió de hombros. Sabía que su decisión era correcta. Aunque fuera joven, los tiempos no eran seguros para los hombres lobo. Entre las guerras entre manadas y los cazadores, Dylan no podía simplemente sentarse en el trono que su padre había dejado. Tenía que hacer algo. Tenía que restaurar la confianza de su manada, y la mejor forma de hacerlo era teniendo una Luna.
—Necesito encontrar una Luna para la manada —dijo Dylan con convicción.
No le importaba si esa Luna era hermosa o dulce. Solo necesitaba que aportara fortaleza a su manada. Necesitaba una Luna a toda costa, aunque supiera que jamás sentiría nada por ella.