Dylan sintió vibrar su teléfono. Con un movimiento ágil, lo sacó del bolsillo. Era un mensaje de Melanie.
—Estoy en camino. No llegues tarde.
El alfa sonrió levemente y negó con la cabeza. Melanie se había unido a la manada hace un año y ya parecía parte fundamental, como si hubiera estado allí desde el principio. La noche caía y Dylan ya sentía los efectos de la luna llena: una irresistible necesidad de transformarse y correr por el bosque.
Estaba en su habitación, sentado frente a un escritorio, intentando concentrarse en un libro que solo le provocaba frustración por lo complejo que era. Lo cerró de golpe y, sin perder tiempo, se despojó de la ropa antes de transformarse. El crujido de sus huesos resonó cuando tomó la forma de un lobo. Se estiró, aliviando el dolor habitual de la transformación, luego saltó por la ventana y aterrizó en el jardín que limitaba con el bosque. Se paseó un rato, hasta que llegó a un pequeño círculo de rocas.
Esperó, caminando de un lado a otro. Minutos después, escuchó pasos acercándose. Entreabrió los ojos, olfateó el aire y sonrió para sí mismo. Cuando una pequeña loba se abalanzó sobre él, la esquivó con tal agilidad que ella soltó un gruñido.
—¿Cómo es que nunca logro atraparte?
Melanie le hablaba telepáticamente, una habilidad que había adquirido al unirse a la manada. Los licántropos solo se comunicaban así cuando estaban en su forma animal.
—¡Porque haces más ruido que un elefante y hueles más fuerte que un Zorrillo!
Dylan escuchó una risa. John apareció de entre los árboles, trotando hacia ellos. Parecía tenso, lo cual era inusual en él. Su pelaje marrón claro brillaba con el movimiento de sus músculos. Melanie, en su forma de lobo, se parecía mucho a John, solo que era más pequeña, delgada y claramente femenina. Dylan, en cambio, era de un n***o profundo. Sus intensos ojos rojos dejaban claro que él era el Alfa, aunque oficialmente su madre seguía siendo la líder de la manada.
Cuando su padre murió, llegaron a un acuerdo: Dylan terminaría sus estudios y su madre lideraría en su lugar hasta que él tomara una Luna. Se convertiría en el Alfa completo una vez que se enfrentara a ese desafío, algo que pensaba aún le quedaba unos pocos años. Sin embargo, los recientes acontecimientos lo obligaban a tomar esa decisión mucho antes de lo que había anticipado.
—¿Cómo te atreves? —gritó Melanie mientras saltaba hacia él, pero Dylan la apartó fácilmente con una pata, haciéndola rodar por el suelo. Ella se levantó, gruñendo. Dylan puso los ojos en blanco.
—Eres demasiado lenta, Melanie. Deja de comportarte como una niña. Vamos a correr un poco, tengo que volver a casa pronto, todavía tengo tareas que hacer.
Con esa declaración, salió disparado a través del bosque, seguido de cerca por sus Betas. Corrieron durante horas sin sentir agotamiento alguno. Melanie intentó varias veces saltar sobre ellos, pero falló en cada ocasión, lo que provocó más de un roce entre ella y John. En cada enfrentamiento, John salía victorioso, lo que solo incrementaba la frustración de Melanie.
Finalmente, Dylan se detuvo y esperó a que Melanie y John lo alcanzaran. Les informó que se dirigía a casa. Les advirtió que no salieran del bosque, que tuvieran cuidado con los cazadores y que lo contactaran si había algún problema. John aceptó de inmediato, mientras que Melanie, en tono burlón, lo llamó "viejo gruñón y sobreprotector". Dylan solo sonrió ante su comentario y se fue a casa con una expresión de satisfacción.
*
Kayline respiró hondo. No podía creerlo. Sus padres le habían dado la tarea de patrullar el bosque. Como si un vampiro fuera a pasear tranquilamente por una zona desierta, sin ninguna presa a la vista.
Sabía que era solo una distracción. Sospechaba que sus padres sabían algo sobre su hermana, pero no querían que ella lo descubriera. Kayline pensó por un momento en regresar a casa y seguirlos, pero decidió no hacerlo. Se había prometido a sí misma que cumpliría con las órdenes que le dieran. Sus padres eran grandes cazadores de vampiros, sabían lo que hacían, y ella aún no tenía mucha experiencia.
Oh, claro que había matado a algunos vampiros, pero solo a los recién transformados que Matt había localizado para ella. Matt también le había aconsejado que escuchara a sus padres. Este pueblo tenía algunos vampiros bien escondidos. Si quería cazarlos a todos, tendría que obedecer.
Y ahí estaba, en un bosque desierto, armada con su arco, a mitad de la noche, justo antes de su primer día de clases. Se ocultó entre los árboles y observó a su alrededor. No veía ni escuchaba nada. Todo estaba en calma, hasta que...
Kayline se agachó y notó huellas en el suelo. No eran de humanos, sino de animales. El crujido de una rama la puso en alerta. Se levantó y tensó su arco, apuntando hacia el lugar de donde provenía el ruido. Contuvo el aliento.
Un lobo enorme y pardo la miraba fijamente con sus brillantes ojos amarillos. La observaba sin moverse. Kayline mantenía el arco en alto, y el lobo lo notó. Gruñó suavemente. Kayline apretó más fuerte el arco. El lobo se agachó, listo para atacar, pero no dejó de mirarla.
Estuvieron así durante unos segundos, hasta que Kayline, inexplicablemente, bajó su arma. El lobo había tenido muchas oportunidades de atacarla, pero no lo hizo. Sorprendentemente, ella no sentía miedo. El lobo la observaba, intrigado.
—No te dispararé, pero si decides atacarme, me defenderé —dijo ella con calma.
El lobo seguía observándola, y para su sorpresa, se sentó. Kayline no podía creerlo. Este lobo era extraño. Su tamaño, sus ojos, su comportamiento... Todo era inusual. Una idea se coló en su mente.
—Imposible... —murmuró. No podía ser...
El lobo se levantó y dio un paso hacia ella. Kayline retrocedió, alerta, pero el lobo no detuvo su avance. Llegó hasta ella y le olfateó la mano. Levantó la cabeza, y Kayline se inclinó hacia él. Ahora era más alto que ella.
—Increíble —jadeó.
Con cautela, acarició el pelaje del lobo, que no apartaba sus ojos de ella. Él lamió su brazo, arrancándole una sonrisa. Un aullido resonó en el bosque, sobresaltándola. El lobo miró hacia el origen del sonido. Le lanzó una última mirada antes de desaparecer en la oscuridad.
Kayline se quedó quieta, atónita. No podía creer lo que acababa de suceder. El sonido de su teléfono la sacó de su asombro. Contestó, aún con la mirada fija en el lugar por donde había desaparecido el lobo.
—Kayline, soy yo. He estado investigando sobre el vampiro que podría haber secuestrado a Luisa. No me equivoqué, no es muy poderoso, pero creo que trabaja para alguien más fuerte. Deberías contárselo a tus padres. Si no lo haces tú, lo haré yo.
Kayline no respondió, seguía inmóvil.
—¿Kayline? ¿Estás ahí?
—Sí, estoy aquí —respondió.
Matt seguía tecleando en su computadora.
—¿Escuchaste lo que te dije?
—Sí, lo escuché.
—Bien, entonces...
—Matt —lo interrumpió.
El lobo no había vuelto, y el bosque estaba tan tranquilo como antes.
—¿Qué sucede, Kayline? ¿Estás bien?
—Creo que acabo de encontrarme con un hombre lobo —exhaló.