El bosque nocturno respira conmigo. Cada árbol es una sombra, cada rama un susurro de advertencia. He caminado durante horas, descalza y temblando, con nada más que la ropa mojada con la que escapé y un papel arrugado que mi padre me entregó hace meses. Si algo sucede, lee esto.
Lo he leído. Lo he memorizado. Una sola frase entre el cifrado emerge clara: Busca al alfa que todos temen. Su nombre es Christian.
Ahora estoy aquí. En su territorio. Sin protección. Sin plan.
La luna llena me guía hacia un claro que reconozco de las historias que escuchaba en la manada. Las Rocas Ancestrales. El lugar donde solo los más poderosos se atreven a pisotear.
Dentro de la penumbra, una figura emerge.
Es él, lo sé incluso antes de verlo. Lo siento. Una presencia tan abrumadora que el aire se vuelve espeso, imposible de respirar. Sus ojos brillan dorados bajo la luz de la luna, y cuando sonríe, veo depredador puro.
—¿Qué clase de loba se atreve a venir sola a mi territorio?
Su voz es terciopelo sobre vidrio roto. Cada palabra es una amenaza envuelta en seducción.
Mis manos tiemblan. Mantengo la cabeza en alto. Necesito que crea que soy más fuerte de lo que me siento.
—Necesito tu ayuda —digo, y maldigo mi voz por temblar—. Mi familia fue asesinada. Traicionada. Y no sé quién fue ni por qué. Pero tú eres el único que puede responder eso. El único que tiene ese poder.
Christian camina en círculos alrededor de mí. No como un lobo examina una presa, sino como un maestro estudia a su alumna. Su cercanía me quema.
—¿Y qué esperas que haga yo, pequeña? —Se detiene frente a mí. Su altura me obliga a levantar la cabeza—. ¿Que arriesgue mi imperio en favor de una loba desesperada que no conozco?
—No te estoy pidiendo favores —respondo, encontrando algo de coraje en el fuego del dolor—. Estoy pidiendo un trato.
—¿Un trato? —Ríe, y el sonido resuena como un trueno—. Me encanta. Dime entonces, ¿qué tienes para ofrecer que sea lo suficientemente valioso para mí?
Las palabras quedan atrapadas en mi garganta. He ensayado esto mil veces en mi cabeza, pero ver a Christian en persona es diferente. Él es casi sobrenatural. Casi demasiado.
—Todo lo que desees —susurro.
El silencio que sigue es ensordecedor. Christian se acerca más. Puedo oler el bosque en él, la tormenta, el poder puro.
—¿Sabes lo que eso significa? —pregunta, su voz ahora es más grave—. ¿Entiendes lo que me estás ofreciendo?
—No completamente, pero lo hago de todas formas.
Extiende una mano. En ella, un relicario antiguo. El metal es oscuro, grabado con símbolos que parecen vivos. Palpitantes.
—Esto —dice, acercando el objeto a mi rostro— es un accesorio especial. Un artefacto que puede controlar tus poderes. Tu voluntad. Tu conexión con la manada. Con esto puesto, serás mía, Lina. Completa y totalmente mía.
—¿Y qué pasa si lo rechazo?
—Entonces estás sola. Completamente sola. Sin poder. Sin protección. Sin mí. —Su mirada se vuelve helada—. Y créeme, cuando los que te buscan te encuentren, desearás haber aceptado.
Levanta el relicario. Sus dedos lo sostienen como si fuera la vida misma.
Respiro profundo. Pienso en mi madre. En mi padre. En la sangre que salpicaba las paredes de nuestra casa. En la masacre. En la sed de venganza que arde en mi pecho como fuego vivo.
Cierro los ojos.
—Está bien. Hazlo.
Christian coloca el relicario alrededor de mi cuello. El metal se siente frío contra mi piel, pero inmediatamente comienza a calentar. Siento algo cambiar dentro de mí. Una conexión. Un control que no es mío pero que siento en cada fibra de mi ser.
Cuando abre su cuerpo de golpe, lanza sus brazos alrededor de mí y me sostiene contra su pecho. Su corazón late bajo mi oído. Fuerte. Posesivo. Seguro.
—Ahora eres mía —murmura contra mi cabello—. No por obligación, sino porque lo elegiste, y eso, pequeña loba, lo hace infinitamente más mío.
La noche se detiene. El bosque se silencia. Y en la penumbra de esas rocas ancestrales, sé que acabo de hacer un trato que cambiará mi destino para siempre.
Lo único que no sé es si ese cambio me salvará o me destruirá.