El aire se siente espeso, cargado de poder que casi puedo tocar con las manos desnudas. Me arrodillo sobre la piedra fría porque las piernas no me sostienen, pero levanto la barbilla porque Christian necesita verme como alguien que aún tiene dignidad.
Camina en círculos alrededor de mí. No se molesta en ocultarlo. Sus ojos dorados brillan mientras me estudia como un depredador evaluando si su presa vale la pena.
—¿Qué clase de loba se atreve a venir sola a mi territorio? —pregunta con furia.
—Una desesperada —contesto, porque mentir sería insultar su inteligencia.
Christian se detiene frente a mí. Levanta la vista hacia él, obligándome a casi romperme el cuello en el proceso. Sonríe. Dios, esa sonrisa es peligrosa.
—¿Y qué esperas que haga yo, pequeña? ¿Que arriesgue mi imperio por una loba que no conozco? —Extiende una mano hacia mi rostro, pero no me toca. Su poder flota entre nosotros como una barrera de fuego—. ¿Que invoque una guerra que podría destruir todo lo que construí?
Mi corazón late acelerado. Tengo miedo. Mucho miedo. Pero ese miedo es combustible.
—No te estoy pidiendo favores —digo, encontrando algo de coraje en las cenizas de lo que solía ser mi vida—. Estoy pidiendo un trato.
Se ríe. El sonido retumba contra las rocas, resuena como un trueno que sacude las raíces del mundo.
—Un trato. —Repite la palabra como si fuera el concepto más absurdo que ha escuchado en siglos—. Me encanta. Dime entonces, pequeña loba, ¿qué tienes que ofrecerme que sea lo suficientemente valioso para mí?
Las palabras se atascan en mi garganta. He ensayado esto en mi cabeza mil veces, pero nada me preparó para estar frente a Christian en persona. Es casi sobrenatural. Es casi demasiado.
—Todo lo que desees.
El silencio que sigue es ensordecedor. Puedo escuchar mi propio corazón golpeando, mi sangre corriendo a través de mis venas. Christian se acerca más. Puedo oler el bosque en él, la tormenta, el poder puro que emana como vapor.
—¿Sabes lo que eso significa? —su voz es más grave ahora—. ¿Entiendes realmente lo que me estás ofreciendo?
—No. —Admito la verdad porque no tengo otra opción—. Pero lo hago de todas formas.
Extiende una mano. En ella, un relicario antiguo. El metal es oscuro, grabado con símbolos que parecen vivos bajo la luz de la luna. Palpitantes. Como si respiraran.
—Esto es un accesorio especial —dice, acercándolo a mi rostro—. Un artefacto que puede controlar tus poderes. Tu voluntad. Tu conexión con la manada. —Sus ojos encuentran los míos—. Con esto puesto, serás mía, Lina. Completa y totalmente mía.
—¿Y si lo rechazo?
—Entonces estás sola. —su sonrisa desaparece—. Sin poder. Sin protección. Sin mí. Y cuando los que te buscan te encuentren, desearás haber aceptado.
Pienso en mi madre con la sangre manchando las paredes. Pienso en la masacre. Pienso en la sed de venganza que arde en mi pecho como un fuego que nunca se apagará.
Cierro los ojos.
—Está bien. Hazlo.
Christian coloca el relicario alrededor de mi cuello. El metal se siente frío contra mi piel, pero inmediatamente comienza a calentar. Es como si algo dentro de mí reconociera el artefacto. Como si siempre hubiera estado destinado a estar allí.
Siento algo cambiar. Una conexión. Un control que no es mío pero que puedo sentir en cada fibra de mi ser, como si mis nervios estuvieran siendo, redireccionados hacia él.
—Muy bien, loba.
Su voz es diferente ahora. Más satisfecha. Más peligrosa.
Christian extiende una mano para ayudarme a levantarme, pero no es un gesto amable. Cuando mis dedos tocan los suyos, siento una descarga que me recorre desde la punta de los dedos hasta la médula ósea.
—Pero esto no termina aquí —murmura, atrayéndome hacia él—. Ahora te enfrentarás a tu primera batalla de poder y dominación. Será una prueba, pequeña y solo quien tenga el control podrá salir de aquí con vida.
Cierro los ojos para defenderme de lo que viene, pero no hay defensa posible. Christian concentra toda su energía en mí, y siento cómo una oleada de calor y presión comienza a envolverme. Es como si un torrente invisible intentara invadir mi mente, mis pensamientos, mis sentimientos, ajeno a mi voluntad.
Mi espíritu quiere resistirse, gritar, luchar, pero mi cuerpo reacciona de otra manera. Empieza a abrirse. A rendirse. Es como si Christian estuviera alcanzando algo mucho más profundo que mi carne.
Imágenes vuelan a través de mi mente. Mi vida en la manada. Las voces de mi familia. Las conexiones telepáticas que he evitado a toda costa desde que decidí no transformarme. Christian no es un hombre-lobo cualquiera. Es un alfa poderoso. Un maestro en manipular mentes y dominar voluntades con solo su presencia.
Durante lo que parece una eternidad pero probablemente son segundos, lucho por mantener algún tipo de control. Alguna parte de mí que sea solo mía, pero Christian es implacable. Es como estar en el ojo de una tormenta, siendo desgarrada desde adentro.
Cuando finalmente abre los ojos, el contacto se rompe como un hilo cortado.
Me desmorono. Literalmente, mis rodillas ceden, pero Christian me sostiene contra su pecho. Su corazón late bajo mi oído. Fuerte. Posesivo. Seguro.
—No pensé que resistieras —murmura, sorprendido—. Has demostrado ser más fuerte de lo que parecías.
Levanto la vista hacia él, y veo que algo ha cambiado en Christian. La arrogancia sigue ahí, pero hay algo más. Curiosidad. Atracción. Un interés que no esperaba despertar en él.
—¿Eso fue todo? —pregunto, intentando recuperar algo de dignidad, aunque aún tiemblo. Aunque aún puedo sentir el tacto de su poder corriendo a través de mis venas.
—No, eso fue solo el inicio. —Se acerca, su mirada devora cada parte de mí—. Ahora, tú y yo compartimos algo más que palabras y promesas.
La distancia entre nosotros desaparece. Christian me toma por la cintura con una mano, y la otra sube por mi espalda. No es delicado. Es una imposición envuelta en un roce que me quema.
—¿Quieres que te ayude? —pregunta, bajando la voz—. Entonces prepárate para lo que viene.
Baja su rostro lentamente. Sus labios apenas rozan mi piel, y el aire entre nosotros se vuelve pesado, cargado de una tensión que va más allá de lo físico.
—Porque ahora no solo te dominaré con mi fuerza... —susurra contra mi cuello.
El silencio que sigue es ensordecedor. Su presencia es un peso que me ancla en este momento, en esta realidad donde ya no soy la niña que huyó del bosque. Soy algo diferente. Algo que aún no entiendo completamente.
—¿Cuál es el fuego que quema ahora, alfa? —pregunto, sin poder evitar el desafío en mi voz.
—Tú, pequeña loba. —su sonrisa es puro pecado—. Tú eres el fuego.
Y en ese instante, cuando sus labios casi encuentran los míos, sé con absoluta certeza que acabo de hacer un trato que cambiaría mi destino para siempre. Lo único que no sé es si ese cambio me salvará o me destruirá.