El aire se cortó cuando Christian me miró de esa forma—con esos ojos oscuros que parecían incendiar todo lo que tocaban. La distancia entre nosotros desapareció en un segundo. Sus manos me envolvieron la cintura con firmeza, posesivas, como si tuviera derecho a reclamarme.
Y lo peor es que una parte de mí quería que lo hiciera.
—¿Así que quieres que te ayude? —susurró contra mi cuello, bajando la voz hasta hacerla casi un ronroneo peligroso—. Entonces, prepárate para lo que viene, pequeña. Porque cuando firmes conmigo, no será solo un papel.
Me temblaban las manos. El calor que irradiaba su cuerpo me envolvía, me sofocaba. Era humillante cómo reaccionaba ante él, cómo la soberbia que había llegado a construir se desmoronaba bajo sus dedos.
—¿Es una amenaza? —logré preguntarle, aunque mi voz salió ronca, traicionera.
—No. —Christian levantó mi barbilla con un dedo, forzándome a mirarlo a los ojos—. Es una promesa.
Bajó la cabeza lentamente. Sus labios apenas tocaron los míos en un roce que no era beso, pero era algo peor, era posesión disfrazada de caricia. La tensión entre nuestros cuerpos se volvió sofocante, casi insoportable.
Mis pulmones pedían aire. Mi cuerpo pedía más.
—¿Quieres saber qué se siente? —continuó, sus labios ahora estaban contra mi oreja—. Déjame entrar. Permite que alguien más fuerte que tú te domine, porque eso es lo que pasará aquí. Yo no pido permiso, Lina. Yo tomo lo que quiero.
Mi respiración se aceleró. Cada palabra era una provocación, cada roce de su piel contra la mía era fuego puro.
—Eres arrogante —susurré, pero mis manos se aferraban a su chaqueta como si fuera el último salvavidas en un océano de deseo.
Christian rió contra mi cuello, un sonido grave y profundo que me hizo cerrar los ojos.
—Quizá. Pero te gusta. —Pasó sus labios por mi mandíbula, lentamente, saboreando cada centímetro—. Admítelo.
—Nunca —escupí, aunque mentía. Mi cuerpo lo sabía. Mi pulso desbocado lo sabía.
—Luego lo harás —prometió, y con una última caricia en mi mejilla, se alejó.
El aire frío golpeó mi piel expuesta y casi grito por la privación. Christian me observaba con esa sonrisa de depredador, sus ojos brillando con deseo y dominación, como si supiera exactamente qué estaba pasando en mi interior.
—Este es solo el comienzo, pequeña loba —susurró, sus ojos me taladraron—. Pero escúchame bien: en este juego, no hay segundas oportunidades. La alianza que te ofrezco viene con un precio. Tu lealtad. Tu obediencia. Y si intentas traicionarme...
No terminó la frase. No necesitaba hacerlo.
Me enderecé, intentando recuperar la compostura, limpiando el deseo de mis labios con un dedo tembloroso. Algo fundamental había cambiado entre nosotros en esos minutos. Ya no era solo un acuerdo de negocios. Era algo más peligroso, más complejo. Algo que podría destruirme.
—Acepto —dije, porque sabía que no tenía opción, porque una parte perversa de mí lo deseaba.
Christian asintió lentamente, su expresión cambió a algo más calculador y se disponía a decir algo más cuando una presencia extraña cortó el aire entre nosotros.
De la oscuridad emergió una figura envuelta en una capa negra, sus pasos lentos pero decididos. La malevolencia irradiaba de él como un aura palpable. Sus ojos brillaban en la penumbra con una luz inquietante, casi sobrenatural.
Christian se tensó instantáneamente, puso su cuerpo entre el extraño y yo como un escudo de acero.
—¿Quién demonios eres? —preguntó con voz firme—. Estás pisando territorio que no te pertenece.
La figura se detuvo a metros de nosotros. Cuando la luna iluminó su rostro, sentí el frío recorrer mi columna vertebral. Unos ojos fríos e inquietantes, una boca dura como la piedra, una presencia que parecía succionar toda la energía del lugar.
—Busco a Lina —dijo una voz grave, casi medieval—. No pienso irme sin ella.
Christian avanzó un paso, colocándose frente a mí completamente.
—Pues toma nota: ella no va a ningún lado.